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14 de Aug de 2020

Sydia Candanedo de Zúñiga

Columnistas

Las convicciones

“[...] las personas con fuertes principios, nos mantenemos fieles a nuestros puntos de vista, porque fuimos educados de esa manera, por la preparación que nos dieron nuestros padres y maestros desde que éramos niños”

Cuando la poetisa Marianne Moore expresó: “Usted no es libre hasta que no haya sido hecho prisionero de una convicción suprema”, lo hizo en sentido figurado. Aunque pareciera una contradicción, no lo es. Quiere decir que, en realidad, no hay un aprisionamiento. Viviríamos presos de las convicciones, pues estamos amarrados a ellas y no vamos a cambiar nuestro criterio, porque somos unos convencidos de que es lo correcto y eso es lo que nos hace libres.

“Cuando las creencias que sostienen nuestro pensamiento son negativas, no originan convicciones, porque estas últimas son el resultado de un proceso interior que nos lleva a objetivos positivos. Son ideas religiosas, éticas o políticas, por las que creemos [...]”

Tenemos convicciones cuando hemos elegido actuar de acuerdo a unos valores y principios, por tener la certeza de que son los mejores. Esta forma de vivir es de mucha importancia, tanto que pienso que en el caso de mi esposo, Carlos Iván Zúñiga Guardia, sus éxitos y trascendencia se basan en que vivió congruentemente de acuerdo con sus grandes convicciones; y las personas como él, que se puede decir son “esclavas de sus convicciones”, siempre tendrán el reconocimiento de los demás. Quienes siguen ideales, deben caminar constantemente en ese angosto y a la vez valioso sendero de responsabilidad, de escala de valores y comportamientos consecuentes.

Cuando las creencias que sostienen nuestro pensamiento son negativas, no originan convicciones, porque estas últimas son el resultado de un proceso interior que nos lleva a objetivos positivos. Son ideas religiosas, éticas o políticas, por las que creemos y nos conducen a comportamientos con metas y objetivos positivos. Los religiosos están atados a convicciones, por ello es que la religión persiste, al fundamentarse en normas, principios y consejos que la gente no abandona.

En nuestra existencia hemos visto cómo muchos renuncian a sus convicciones. Por ejemplo, en Panamá, el histórico Frente Patriótico fue un movimiento con Visión de Patria. Algunos de sus miembros traicionaron a ese partido, que tenía como derrotero lograr un ejercicio político independiente, justo, nacionalista y democrático. El que abandonaba estos postulados, se iba del grupo. El Partido Frente Patriótico dejó de existir, entre otros motivos, por las traiciones, pues si no, todavía existiera. Al principio, los Frentistas éramos todos idealistas, pero algunos fueron quebrándose. Otros, no claudicamos jamás y aún, después de extinguido el Partido, nos mantuvimos firmes. No obstante, uno de ellos, que originalmente seguía una sola línea, claudicó cuando nos dijo un día: “Ya estoy cansado de estar siempre fuera del pastel, me voy a subir en el último vagón, porque, si no, hasta el final continuaré siendo un fracasado” y se fue a trabajar para los militares durante la dictadura. Tenía sus convicciones y las tiró a un lado.

A los seres humanos podemos aceptarles sus contradicciones, pero nunca que sean incoherentes en su moral (que es lo que ocurre cuando traicionan sus convicciones), pues con esa decepcionante conducta hacen mucho daño a la sociedad, con la mal llamada actitud del “juegavivo”. Es que la claudicación es el germen de la corrupción. De seguro tendríamos un mejor país si tantos ciudadanos no hubieran traicionado nuestras gloriosas causas democráticas y patrióticas.

Desde que estábamos jóvenes nuestros ideales han sido defender la libertad, ser unas personas correctas, justas, a no burlarnos ni herir a los demás y ser fieles a quienes amamos. Así lo deberíamos hacer hasta el final de los días. Siempre tratar de ser consecuentes con nuestros principios, pese a las vicisitudes vividas y también como resultado de muchas experiencias que como pruebas, nos reafirman nuestros valores.

“El problema de la sociedad actual es, [...], por falta de disciplina, valores y enseñanzas. Desde muy pequeño hay que educar al ciudadano, pues la gente se cría con malas o buenas costumbres y así mismo se van formando o no, las convicciones [...]”

Todavía nos mantenemos tercos, como decía, en uno de sus poemas, nuestra querida amiga Diana Morán; comprometidos con nuestras responsabilidades en la sociedad, incluso en nuestras ideas progresistas, pero a veces, por no entrar en camisa de once varas y por tolerancia, no nos nace aconsejar a los jóvenes en cuanto a sus ideologías. Empero, las personas con fuertes principios, nos mantenemos fieles a nuestros puntos de vista, porque fuimos educados de esa manera, por la preparación que nos dieron nuestros padres y maestros desde que éramos niños.

El problema de la sociedad actual es, en gran parte, por falta de disciplina, valores y enseñanzas. Desde muy pequeño hay que educar al ciudadano, pues la gente se cría con malas o buenas costumbres y así mismo se van formando o no, las convicciones, que son el cúmulo de buenos hábitos, principios y metas positivas. Si el ser humano no se desarrolla, con disciplina, desde la infancia, difícilmente se puede corregir en el futuro. Después nadie puede cambiarlo. Decía mi madre: “Árbol que crece torcido, nunca su tronco endereza, pues se hace naturaleza el vicio con que ha crecido”. Por carecer de disciplina y convicciones es que hay tanto desorden, en Panamá y en el otros países; falta de enseñanza y de valores en las escuelas. Estamos en un círculo vicioso. De allí que le recomiendo a mis descendientes y a las nuevas generaciones, que se mantengan con carácter y valores. Y como decía el poeta inglés, Premio Nobel de Literatura, Joseph Rudyard Kipling:

“Si en la lucha el destino te derriba,

si todo en tu camino es cuesta arriba,

si tu sonrisa es ansia satisfecha,

si hay faena excesiva y vil cosecha,

si a tu caudal se contraponen diques,

date una tregua, pero no claudiques”.

Doctora en Educación, excatedrática, UP.