26 de Feb de 2020

Pedro Luis Prados S.

Columnistas

La miseria como mercancía

El desarrollo de los grandes medios de comunicación con el uso masivo de la radio, el cine y la televisión trajo consigo la proliferación del espectáculo como medio de entretenimiento y recurso alternativo del proceso de socialización y, de forma paralela, un nuevo medio para la incursión del capital en la actividad creadora.

El filósofo francés Guy Debord, haciendo uso de los recursos teóricos de la crítica de la economía política, analiza el fenómeno en su obra “La sociedad del espectáculo” (1967), cuyas premisas de trabajo no solo revelan los mecanismos con los cuales el espectáculo se convierte en mercancía mediante la apropiación del valor-trabajo en el proceso de acumulación capitalista, sino que devela la enajenación colectiva con el uso de grandes medios de comunicación y la manipulación valorativa que facilita la propensión al consumo en la sociedad de posguerra. Advierte, en esos momentos, sobre las posibilidades inéditas de una sociedad mediática en la cual el espectáculo estará llamado a reemplazar la reflexión crítica.

Décadas después el Premio Nobel, Mario Vargas Llosa, haciendo uso de las herramientas proporcionadas por Debord, publica una obra orientada a explicar la degradación de la cultura en las sociedades mediáticas y las consecuencias previsibles. La civilización del espectáculo (2012), abunda en reflexiones sobre los mecanismos utilizados por las grandes corporaciones de medios de comunicación para manipular los valores y patrones culturales, con el propósito de incorporarlos como mercancía en el mercado mediático, desvirtuando su finalidad, adulterando su contenido y trastocando su simbología como instrumento de cohesión e identificación colectiva, con el propósito de hacer el mensaje más atractivo a las grandes masas desprovistas de sentido crítico y ansiosas de novedades.

El chisme, la cocina, la moda, la vulgarización de las costumbres y el envilecimiento de las tradiciones son las tónicas que, según Vargas Llosa, predominan en los programas dirigidos a las grandes masas sin ninguna previsión más allá de los indicadores publicitarios y la reorientación del consumo. El panorama sombrío que ofrece el autor de “Pantaleón y las visitadoras”, similar a los pasajes orwellianos de un apocalipsis industrial, conduce a la reducción de la cultura a una simple expresión para el disfrute de élites antes de su desaparición final.

Los panameños, con esa creatividad que los caracteriza, no solo han seguido al pie de la letra el diseño mediático del espectáculo como bien de consumo, sino que han agregado sus propias iniciativas para enriquecer y fortalecer el mecanismo de embrutecimiento que presupone el desarrollo de una modalidad llamada a reemplazar la educación. Sumado al exilio de los valores de la cultura universal, la degradación de los patrones culturales tradicionales, el envilecimiento sistemático de las expresiones folclóricas, el dominio de la vulgaridad y la exaltación del consumo, se ha introducido, con cierto grado de crueldad y deliberada truculencia, la miseria como mercancía, como bien de consumo en el mercado mediático.

La temática, cuyas innovadoras posibilidades apenas estamos a punto de descubrir, no solo tiene como beneficiarios a las empresas de comunicación, las publicitarias, corporaciones comerciales, cadenas de supermercados, organizaciones humanitarias y cultos religiosos, sino que sus beneficios se extienden a personajes políticos y al propio Gobierno que de manera institucional construye su aparato clientelista.

Las largas horas de noticiarios insustanciales, en donde la violencia, la comidilla política y las entrevistas tediosas son la materia prima, se complementan con largos reportajes de “obras sociales” llevadas a cabo por la misma televisora o por “empresas generosas” que distribuyen su plusvalía entre los más necesitados. Desde la construcción paso a paso de una vivienda para una familia marginal con donaciones y mano de obra de los empleados, a la cual han martirizado a diario haciendo pública sus carencias y limitaciones; las tomas incesantes de niños expuestos a la desnutrición en las demarcaciones indígenas; ancianos abandonados que dormitan bajo un puente; el dolor acumulado de los padres ante un niño con padecimientos crónicos, hasta la recolecta pública de pueblo en pueblo para la operación de un infante en el extranjero, todo dolor y miseria es materia del “rating” de sintonía y para el espacio publicitario. Todo, a final de cuentas, es mercancía, todo entra en el intercambio de equivalentes económicos.

Pero no hay que descartar las formas como el Gobierno se beneficia de esta innovadora forma de utilizar la miseria como mercancía. Es posible que un trasnochado psicólogo pavloviano hiciera la sugerencia del condicionamiento de los perros privándolos de comida, para que luego se muestren dóciles y agradecidos a la hora de darles alimento, analogía que me viene a la mente luego de una lectura sobre los judíos en el ghetto de Varsovia bajo la ocupación nazi por la similitud con las largas filas de mujeres, ancianos, y madres con niños desde horas de la madrugada hasta bien salido el sol o bajo la lluvia mostrando los estragos de la necesidad, solo para conseguir un jamón y una bolsa de arroz subsidiado por el Gobierno es una muestra de la aplicación de esa miseria utilizada como mercancía a cambio de posibles clientes. Ya no es la práctica de corrupción de diputados que de manera aislada hacían sus campañas navideñas, ahora es un organismo perfeccionado, estructurado y reglamentado para que el modelo funcione, acompañado por largas tomas del proceso, entrevistas de la clientela y los funcionarios, extensos “paneos” de los camiones con la mercancía y distribución final del producto.

Esa miseria programada como política oculta parece ser lo predominante para la atención de otras necesidades de la población que se angustia por la falta de agua, de caminos, de escuelas y de centros de salud hasta que la iluminación promisoria del Gobierno se presenta con todo el aparato de filmación, funcionarios engalanados y elocuentes discursos a inaugurar obras que debieron realizar hacía tiempo con el buen uso de los dineros de los contribuyentes.

Igual cuadro lastimero contemplamos en las pantallas cada fin de mes de ancianos esperando su subsidio de 120/65, de madres enfurecidas porque no llegó la beca universal, de discapacitados encamados esperando los dineros del Ángel Guardián, de campesinos e indígenas enfermos sin asistencia de salud, de pensionados sin medicamentos, del dolor de una sociedad cada vez más empobrecida para el bien de un modelos sustentando en el valor de la mercancía y la propensión al consumo.

A fin de cuentas, todo es mercancía, todo es intercambio de equivalentes.

Educador y escritor.