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21 de Jan de 2020

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Modesto A. Tuñón F.

Columnistas

Quemadas por pirotecnia

La madre advirtió a su hijo menor sobre los riesgos de manipular fuegos de artificio durante las fiestas navideñas. Él se entusiasmó, pasó por alto las palabras de su progenitora y mientras no lo observaban, tomó varias 'bombitas' para hacerlas explotar. En algún momento, una de ellas hizo detonación antes de lo calculado por el niño y quemó su pequeña mano.

Por fortuna, la lesión solo dejó una cicatriz como para hacer referencia a la travesura pueril. Otros casos son mucho más graves y generan tristeza en el círculo familiar por laceraciones en exceso severas que dejan huellas no solo en las extremidades, sino en el rostro o con pérdida de órganos y daños permanentes que convierten un juego de esa época, en una tragedia que embarga los hogares.

Tan solo en el Hospital del Niño José Renán Esquivel hubo una estadística de 1,722 casos de quemadas infantiles en un período de cuatro años. El promedio anual es de 450 incidencias. Tan solo en diciembre de 2018, las autoridades de ese centro de salud, dejaban constancia de su preocupación porque la sala respectiva atendía pacientes en un 200% de su capacidad.

Según el Ministerio de Salud, existen dos situaciones que es necesario resaltar. “La explosión del dispositivo hace que se emita una fuerza de impacto, entre él y muchas veces las manos de quien lo enciende. Esta fuerza puede desprender la piel, uñas, dedos e incluso la mano, dependiendo del tamaño del dispositivo y la cantidad de pólvora”.

Por otro lado, “la quemadura provocada por el fuego del dispositivo, lleva a complicaciones, desde el cambio de tejido superficial, con cicatrices con incapacidad para mover adecuadamente la extremidad afectada, hasta la necesidad de amputar los dedos o manos, debido a la gran quemadura”.

Los infantes son sujetos de lesiones con mayor posibilidad que los adultos por varias razones. Una de ellas está relacionada con su inmadurez, que los hace vulnerables. Otra, con la imprudencia lógica a su edad; también por esa innata capacidad de curiosidad que les caracteriza en una etapa en que descubren el mundo y todo aquello que es nuevo, brilla, hace ruido y que les atrae.

Un factor determinante está en la venta inescrupulosa de los productos relacionados con las celebraciones propias de diciembre. Por lo general, los vendedores ambulantes adquieren sus 'cohetes' en las tiendas al por mayor donde no hay mayor control. Estas personas van por las calles y anuncian sus novedades explosivas en los tranques urbanos (circulación lenta) en la temporada y algunos deciden adquirirlos allí para no buscarlos en tiendas específicas.

También ocurre, que cercano al final de cada una de las festividades, los expendedores se preocupan que se les quede la mercancía y bajan las medidas de seguridad. Hay inescrupulosos que adquieren sus bolsas con los peligrosos explosivos y se dedican a buscar chicos que deambulen por calles y sitios públicos y les ofrecen tales artículos que después son utilizados en las noches previas o durante la madrugada para entretenimiento.

Las cifras de accidentes y casos lamentables, no disminuyen cada año, sino que se incrementan y las autoridades de salud toman medidas para prepararse frente a las contingencias. Explicaba una doctora del Hospital del Niño, que “se trata de una situación lamentable, porque por más que se hacen las recomendaciones y se pide a la población ser consciente de los peligros que generan la manipulación de pirotecnia por los niños,” hay descuidos.

No hay que bajar la guardia. Se trata de un llamado que debe hacerse a los infantes permanentemente; pero es necesario conversar sobre seguridad para ellos y quienes les rodean. La prevención es un ejercicio prolongado cuando se trata de esta población menuda.

Periodistas y docente universitario