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24 de Oct de 2020

Víctor Antonio Acosta Guillénopinion@lestrella.com.pa

Columnistas

Memoria de un refugiado

Cada 20 de diciembre, sólo puedo decir “prohibido olvidar”, y pido a Dios por todos aquellos que sin culpa alguna abandonaron nuestras vidas en ese diciembre negro de 1989

Eran como las 10:30 p.m. del 19 de diciembre de 1989. Acabo de cumplir 18 años y estaba preocupado, pues mi colegio había recién iniciado después de haber estado cerrado dos bimestres por orden de Noriega (El Instituto Nacional). Habían perdido los Lakers de Magic Johnson contra el Chicago Bulls de Jordan…

Recuerdo que al día siguiente tenía un examen de biología y que mi hermano Martín (quien creó la primera clínica de primeros auxilios de refugiados en Balboa como Cruz Roja), debía terminar la decoración de fin de año en la casa. Me dormí… Juraría que sólo había cerrado los ojos cuando esa madrugada escuché estruendosamente el pasar de las tanquetas frente a mi casa. Al asomarme en la ventana, las pude ver, ya no amenazantes, sino en ataque. Iniciaron sus disparos y morteros... Todo se veía; pues mi casa quedaba en frente de las faldas del Cerro Ancón “el límite de El Chorrillo”. Un edificio estratégico que apuntaba sus balcones hacia el Cerro Ancón, el Puente de la Américas y hacia el cuartel central de El Chorrillo. Algunos quizás recordarán ese edificio que daba la bienvenida al venir del interior.

Mi madre, maestra ya jubilada, nos gritaba desaforadamente ¡balas, balas! y  por instinto  natural todos nos arrastramos por nuestro pasillo de la casa y buscamos refugio en el baño, un lugar intestinal protegido por cuatro paredes del apartamento; pero, aún así, oíamos chocar los tiros en nuestra cocina y romper las vajillas.

Se podía oír un soldado gringo por altoparlante pedir la rendición, seguido de metrallas y explosiones. Cada segundo era un día, parecía no acabar… Mi mamá y mis hermanos Juan, Vicky, Martín estábamos esa noche con las oraciones más intensas que habíamos tenido en nuestras vidas por mi hermano Jorge que manejaba taxi en las noches para sostener mi hogar. No había manera de saber de él.

Se hizo intenso todo, serían líneas y líneas, páginas y páginas si relatara esta historia por completo. Casi inconsciente del humo, mi hermano Juan se dio cuenta que nuestra “casa”, se incendiaba justo encima de nosotros producto de lo que después supe fue un mortero. Vimos como las llamas devoraban el techo haciéndonos salir como animalitos de su nido.

Entre fuego y humo pudimos encontrar la salida del apartamento, no sin antes esquivar los cadáveres de los paramilitares panameños que yacían en las escaleras de mi edificio y en la calle producto seguramente de las metrallas gringas (pude contar más de 15 entre civiles y batalloneros en tan solo pocos metros).

Nos unimos en caravana a esa gran cantidad de chorrilleros que entre llanto y desolación corrían hacia lo que hoy es Mi Pueblito. El escenario era desgarrador de ver mi casa incendiarse frente a nuestros ojos mientras huíamos. Recordé a mis mascotas aún adentro y que no logramos salvar.  “Mujeres y niños a la zanja, hombres arriba”. Esas fueron las indicaciones de los soldados norteamericanos que nos encañonaban a medida que íbamos llegando a una zanja. Permanecimos durante casi 4 horas en ese improvisado lugar. Ya pasada las 5:00 a.m., cuando al fin el sol se apiadó de nosotros. Entre ruinas y cadáveres que yacían en el piso; algunos hasta hechos pedazos y mutilados, llegamos a la escuela de Balboa donde estuvimos tres semanas en una Navidad amarga y alimentos de conservas de guerra.. Al principio sólo comieron los más fuertes, pues nos arrojaban la comida y entre el tumulto y forcejeo ellos ganaban. Allí empezamos a ser refugiados, sin poder salir, durmiendo en el piso de la cancha de fútbol sobre algunas frazadas que nos habían dado los invasores.

Albrook nos acogió en unos hangares durante meses, en un cubículo de 4 mts2, aproximadamente, sin privacidad y usando baños comunitarios donde el tráfico de droga se daba en las noches. Alimentándonos de comida que muchas veces estaban crudas y hasta dañadas, suministradas por una gran cadena de restaurante en la actualidad.

1991, tras un año de vivir confinados y recibir una mezquina indemnización de $6,500.00 para supuestamente reiniciar la vida, pudo mi familia salir de Albrook y tratar de dejar atrás lo que sería el hecho más trágico vivido en nuestras vidas. Es esto parte de la historia de nuestras vidas, de la mía, de la de mi familia. Es esta parte de la historia de muchos que pasaron una gran penuria aquel 20 de diciembre de 1989, pero al menos vivimos para contarla.

Hoy en día he superado grandemente ese momento en que volvimos a nacer. Aquel día en el que salimos milagrosamente de las manos del incendio y los tiroteos que había por doquier. Pero a pesar de que perdí mucho: casa, ropa y años de mi vida, no es nada. No es nada comparado con el dolor de los padres que perdieron a sus hijos e hijos que perdieron a sus padres. No es nada comparado con los que hoy están lisiados en una silla de rueda, o en cama o con ausencia de alguna parte de su cuerpo. No es nada, absolutamente nada el precio pagado cuando hoy vemos a nuestros niños jugar y reír sin temor, creciendo en una Panamá diferente y nueva. Pero con la pregunta sin respuesta. ¿Habrá sido necesario pagar este precio? ¿Hubo justicia para aquellos que sacrificamos sangre y nuestras casas por eso?.

La respuesta sólo la puede dar quienes vivimos ese calvario en carne propia; y mi respuesta es “tanta muerte y brutalidad no fue necesaria, el fin se pudo lograr sin semejante atrocidad”.

Cada 20 de diciembre, sólo puedo decir “prohibido olvidar”, y pido a Dios por todos aquellos que sin culpa alguna abandonaron nuestras vidas en ese diciembre negro de 1989.

*El autor fue refugiado de guerra del 20 de diciembre de 1989.

Profesor universitario