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21 de Jan de 2020

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Modesto A. Tuñón F.

Columnistas

El escritor que amaba a La Habana

Pocas veces se tiene la oportunidad de contar con la visita prolongada de un escritor de prestigio para intercambiar experiencias y labor con el público panameño.

Pocas veces se tiene la oportunidad de contar con la visita prolongada de un escritor de prestigio para intercambiar experiencias y labor con el público panameño. Eso ha ocurrido hace unos días con Leonardo Padura, el multifacético autor cubano, quien vino al país y dictó un taller, conversó con lectores e interesados sobre su trabajo y presentó un libro de entrevistas a salseros, que llamó la atención a melómanos locales.

Nació y vive en Mantilla, un barrio de la periferia habanera y allí se siente como pez en el agua. En esta comunidad escribe y han tenido nacimiento muchos de sus personajes, que luego se desenvuelven en la capital de la isla, pues ella se extiende a lo largo del mar, su límite, punto de partida o conexión con el mundo. Eso lo dijo en su último encuentro con una audiencia que lo escuchó con atención y entusiasmo de conocer su pensamiento.

Es prolífico, lleno de personajes que implican profundidad y cargados de significación por sus circunstancias, ideas, acciones y el papel que desempeñan en el universo creativo de este hombre de barba grisácea, que cuenta historias de compleja estructuración no por su arquitectura, sino por la articulación de las relaciones. Ameno, oscuro, sencillo o complicado es el escenario y el conjunto de los vínculos que se forjan en él.

“El hombre que amaba los perros” es una de sus novelas más conocidas y trata del asesinato del disidente Trotski, a partir de la historia que le cuenta un hombre en una playa a un escritor lleno de pesimismo y pesadumbre. El relato hace un recorrido crítico por la historia política cubana y las andanzas del potencial asesino Mercader antes de perpetrar su crimen en la ciudad de México.

Pero con anterioridad a este metafórico y elíptico relato, Padura aportó un conjunto de novelas y cuentos que son el grueso de su repertorio literario. “Fiebre de caballos”, fue su primera novela sobre el amor y también “La historia de mi vida”, novela detectivesca, acerca del escritor José María Heredia. “Herejes”, sobre la diáspora de judíos. En cuento están “Según pasan los años”, “El cazador” y “La puerta de Alcalá”.

Un policía lleno de conflictos personales, bebedor, caótico, conflictivo en su labor cotidiana y quien, a partir del sentido común, estudia y resuelve los misterios de situaciones policiales en esa urbe y sus alrededores. Ese es Mario Conde, personaje esencial de un conjunto de narraciones de la serie detectivesca cubana. “Pasado perfecto”, “Vientos de cuaresma”, “Máscaras”, “Paisaje de tiempo”, “Adiós”, “Hemingway”, “La transparencia del tiempo”, son algunas.

Dedicar por lo menos unas diez novelas al policía Mario Conde, no surge por casualidad. Padura ha estudiado este género y escrito ensayos como “Modernidad, posmodernidad y novela policial” en que ha dedicado unos cinco ensayos para conocer a Marlowe, Maigret, los textos de Chandler y hasta rescata la variante española, casi olvidada.

Un ámbito en que Padura ha incursionado es la escritura de guiones cinematográficos. Eso ha dado origen a varias películas que junto a su esposa han sido concebidas. “Regreso a Ítaca”, dirigida por Laurent Cantet y Malavana de Guido Giansoldati, son algunas; así como la serie de historias “Siete días en La Habana” o la miniserie “Cuatro estaciones en La Habana” de Félix Viscarret.

Es un narrador completo que teoriza y aplica en el enriquecimiento de su microcosmos en diversas perspectivas. Por eso, ha merecido el premio Princesa de Asturias de las Letras. Sus estudios le han hecho un amplio conocedor de autores como Carpentier y la trayectoria de la literatura nacional y latinoamericana. De allí, su dominio de diferentes facetas creativas que nos compartió elocuentemente acá en Panamá.

Periodista