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21 de Sep de 2020

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Jaime Raúl Molina

Columnistas

El desastre urbanístico no se debe a falta de planificación

La semana pasada examinamos por encima los muchos daños que ha causado diseñar las ciudades para lograr una baja densidad poblacional. Vimos que crea tranques vehiculares crónicos, hace inviables los sistemas de transporte masivo urbano; encarece sobremanera la infraestructura de servicios públicos; hace que las calles sean inseguras, disuade la creación de vínculos entre vecinos, y encarece la vivienda.

La semana pasada examinamos por encima los muchos daños que ha causado diseñar las ciudades para lograr una baja densidad poblacional. Vimos que crea tranques vehiculares crónicos, hace inviables los sistemas de transporte masivo urbano; encarece sobremanera la infraestructura de servicios públicos; hace que las calles sean inseguras, disuade la creación de vínculos entre vecinos, y encarece la vivienda. Entonces, ¿por qué seguimos diseñando las ciudades así? ¿Es que acaso hubo falta de planificación? ¿O el problema será que hubo demasiada planificación?

Las normas que establecen segregación de usos de suelos, por ejemplo, no surgieron de forma espontánea. Son normas inspiradas en las ideas de Charles-Édouard Jeanneret-Gris, mejor conocido como Le Corbusier, arquitecto y urbanista suizo –luego nacionalizado francés— que concibió la ciudad moderna con un centro o “downtown” lleno de megatorres de rascacielos, rodeado por una periferia donde solo ha de haber residencias y nada más. La separación funcional entre las zonas de oficinas –públicas y privadas— y comercios, por un lado, y de residencias, por el otro, que hoy día damos por sentada en ciudades como la de Panamá, es creación intelectual de Le Corbusier.

Le Corbusier era enemigo declarado de la complejidad. Le gustaban las líneas rectas, simples y repetitivas. Y como parte de su enemistad frente a la complejidad, no toleraba la actividad de la calle citadina llena de vida durante todo el día. Por eso su concepción de la ciudad tenía entre sus objetivos lograr la “muerte de la calle”. Para ello, veía necesario separar los carros de los peatones, y aun separar los vehículos transitando a altas velocidades de los que transitaban a menores velocidades. Le Corbusier fue uno de los más influyentes promotores de la visión del peatón como un estorbo para el tráfico de los vehículos.

La separación funcional de las distintas zonas de una ciudad era otro de sus principios urbanísticos. Eso que ahora llamamos usos segregados de suelos. Las zonas para residencias completamente separadas de las zonas para trabajo. Nada de usos mixtos de suelos, cosa completamente prohibida para la “ciudad radiante”, como llamó Le Corbusier a su ciudad ideal. Pero mire usted cómo eran las ciudades antes. Las zonas más codiciadas eran justamente de usos mixtos, como nuestro Casco Antiguo, los alrededores de la Plaza de Santa Ana, y Calidonia. Sé que ahora cuesta ver esas zonas como emporios, pero ello se debe precisamente a que normas urbanísticas y otros incentivos condenaron esas zonas al olvido por demasiado tiempo. Solo recientemente hemos comenzado a recuperar el Casco Antiguo y más recientemente aún los alrededores de Santa Ana. Pero cuando uno tiene oportunidad de viajar, se percata de que las ciudades que más afluencia de turistas tienen por sus cualidades de ciudades, son precisamente aquellas en que reina todo lo contrario de lo que Le Corbusier proponía. New York, Madrid, París, Barcelona, Roma, y en general las ciudades europeas, son llamativas y atractivas precisamente por su dinamismo en las calles de sus zonas-centro.

Las ideas de Le Corbusier fueron llevadas a la práctica en su forma más pura en ciudades construidas a partir de la nada, como Brasilia, construida en la década de 1950. Brasilia es el modelo de ciudad “científicamente” planificada, símbolo del alto modernismo del Siglo XX que partía de una plena fe en el racionalismo constructivista para crear un mundo mejor borrando todo vestigio del pasado cultural acumulado. Y vaya si rompió moldes. En materia de urbanismo, se abandonaron los principios del buen urbanismo sobre los que se había erigido ciudades durante miles de años, incluyendo el de los usos mixtos. Brasilia también es una ciudad fantasma, sin vida cultural, sin esa vibra bulliciosa callejera que caracteriza a las ciudades. El que viaja por turismo a Brasil quiere visitar Río de Janeiro, Sao Paulo, u otras ciudades, pero difícilmente Brasilia estará entre sus primeras opciones de turismo. Hace ya algunas décadas que, poco a poco, nos hemos ido dando cuenta de que eran más sostenibles que el paradigma modernista de la Ciudad Radiante.

Las ideas de Le Corbusier inspiraron las normativas de diseño urbano que nos llegan aún, y que modelaron la ciudad. Comenzando por la nefasta idea de la segregación de usos de suelos para separar las zonas exclusivamente residenciales de todo lo demás. El establecimiento de “retiros” frontales, laterales y posteriores como franjas no aptas para edificar, con la idea supuesta de reducir riesgo de incendios. Esos retiros reducen drásticamente la superficie utilizable de todo lote urbano, lo que necesariamente incide en aumento de costos de vivienda y de todo tipo de construcciones. La exigencia de un determinado número de plazas de estacionamiento por tipo de edificación, incluyendo residencias, plazas de estacionamiento que encarecen de forma obligada la vivienda y las edificaciones en general, aparte de que refuerzan la baja densidad y aumentan las distancias que todos debemos recorrer para llegar a cualquier sitio.

Normas de diseño como las mencionadas encarecen la vivienda y los distintos usos de espacios urbanos y aumentan necesariamente las distancias que todos debemos recorrer, con lo que hacen cada vez más necesario el uso del automóvil para que el ciudadano pueda hacer cualquier actividad dentro de la ciudad. Puede parecer contraintuitivo, pero la exigencia de un determinado mínimo de plazas de estacionamiento por edificación –según tipo de uso—, lejos de facilitar la movilidad intraurbana, la entorpece. Estas normas crean un círculo vicioso que genera más necesidad de estacionamientos y vías, alimentando la demanda inducida resultante por Paradoja de Jevons de la que hemos tratado anteriormente.

De modo que el “desorden”, la “anarquía” y la supuesta “falta de planificación” a que usualmente se atribuye el caos urbano, no fueron tales. En realidad lo fue confiar en la planificación centralizada, supuestamente “científica”, lo que nos trajo a los males urbanos que vivimos. Los desarrolladores inmobiliarios solo pueden construir constreñidos por las normas existentes. El problema está en esas normas, inspiradas en un paradigma modernista que ha resultado ser un desastre. Hace rato urge revisar el modelo.

Abogado