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13 de Jul de 2020

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Leopoldo E. Santamaría

Columnistas

¿Pandemia o 'pánicodemia'?... Una opinión

La nueva entidad, cuyo brote inicial tuviera lugar en la ciudad de Wuhan, República Popular China, corresponde al grupo de las enfermedades infecciosas emergentes (EIE), entre las cuales vale recordar el SIDA, el Hantavirus, la gripe aviar, la gripe porcina, el Zika, etc.

La nueva entidad, cuyo brote inicial tuviera lugar en la ciudad de Wuhan, República Popular China, corresponde al grupo de las enfermedades infecciosas emergentes (EIE), entre las cuales vale recordar el SIDA, el Hantavirus, la gripe aviar, la gripe porcina, el Zika, etc. Ya hemos visto situaciones similares, con estas y otras patologías, incluyendo enfermedades graves, como el síndrome respiratorio de Oriente Medio (MERS), el síndrome respiratorio agudo severo (SRAS) y ahora, la causada por el virus identificado COVID-19, que, según los entendidos, corresponde a la más reciente variante o mutación del virus.

Según el registro estadístico realizado en China, que incluyó 70 000 pacientes evaluados, entre 80 y 85 de cada 100, no se enteraron del contagio o si acaso presentaron un leve resfrío; 10 a 15 tuvieron mayores síntomas y buscaron atención médica. Y solo 5 tuvieron complicaciones, como dificultad para respirar o desarrollaron neumonía. Murieron de 3 a 4 de cada 100 de los afectados, con edad promedio de 85 años. En menores de 10 años, menos de 1 de cada cien (0.9 %) tuvo la enfermedad. El eminente científico Manuel E. Patarroyo, afirma que, “el virus no ha causado tantas víctimas como el hambre, que, según la OMS, mata a un niño cada 10 minutos en Yemen, y 8500 niños cada día en el mundo”. Y al compararlo con la malaria, en lo cual es una autoridad, dice: “la malaria aflige entre 230 y 250 millones, de los cuales mueren entre 1250 a 1500 diarios. O sea que, las muertes debidas al COVID-19 corresponden a dos días y medio, de malaria, aproximadamente”.

El pasado miércoles 11 de marzo, el director de la OMS, Organización Mundial de la Salud, durante un encuentro con medios de comunicación, manifestó: “hemos evaluado que el COVID-19 puede caracterizarse como una pandemia”. No obstante la trascendencia del pronunciamiento, lo pertinente, estimo, es evaluar el tema procurando objetividad; un hecho que llama poderosamente la atención es que el 18 de octubre del 2019, justo seis semanas antes de que iniciara la crisis en China, en el Centro para la Seguridad de la Salud de la Universidad de John Hopkins, Nueva York, se hizo un ejercicio contra una epidemia de coronavirus. Actividad cuyo propósito era planificar la respuesta de ciertas empresas transnacionales y Gobiernos ante una pandemia de coronavirus. Evento patrocinado por el Foro Económico Mundial de Davos y la Fundación Bill y Melinda Gates. Entre otras figuras, participaron Brad Connett, representante de una empresa líder mundial en la producción de material médico; Tim Evans, exdirector del Departamento de Salud del Banco Mundial, Avril Haines, ex directora adjunta de la CIA y exmiembro del Consejo de Seguridad Nacional de Estados Unidos y Adrian Thomas, vicepresidente de la transnacional farmacéutica Johnson & Johnson. Otro aspecto a considerar es que, según información que circulara en la prensa internacional, en un laboratorio dedicado a la manipulación genética de coronavirus relacionados con la bronquitis infecciosa viral (IBV), para la elaboración de vacunas, presuntamente, se desarrolló el nuevo virus; lo cual, de comprobarse, podría constituir un acto de bioterrorismo.

Las enfermedades infecciosas emergentes y reemergentes están íntimamente relacionadas con factores derivados de la interacción del hombre con el entorno, llámese cambios ecológicos, climáticos, demográficos, del turismo y/o del comercio mundial, y particularmente las dependientes de la política sanitaria, que en países como el nuestro, permanecen subordinadas a la política económica, que la relega por considerarla un gasto improductivo, en vez de conferirle prioridad, junto a la educación, como las más importantes de las inversiones sociales. Este convulso, confuso y hasta desquiciado escenario, que ha generado un estado de terror e inmovilización, desde la perspectiva de la salud pública, carece de justificación; impresiona más como un ardid, las razones reales podrían ser atinentes a la economía política.

Recientemente el director de la OMS dijo que “la información precisa vence al miedo”; ¿pero dispondrá el director de información precisa?, ¿sabría del “ejercicio” previo?; además, ¿tendría presente que, anualmente, en el mundo mueren muchísimos más seres humanos, sobre todo niños, a consecuencia del hambre, de enfermedades prevenibles o por carecer de acceso al agua potable y a servicios de salud, y mucha más población adulta, por malaria o por patologías relacionadas con el tabaco?

La enfermedad es inobjetable, aunque tengo reservas del manejo e incluso considero que se ocultan aspectos de importancia y lo peor, que hay mucho de manipulación, con fines distintos a los propios de la salud pública. En el 2012, la exdirectora del Fondo Monetario Internacional, Christine Lagarde, dijo: “Los ancianos viven demasiado y eso es un riesgo para la economía global. Tenemos que hacer algo, ¡y ya!”. ¿Será la “pandemia” parte del plan?; ¿por qué entonces tanta inconsistencia y laxitud con el control migratorio? ¿Por qué no restringieron o controlaron el flujo de personas, desde la ciudad capital, donde se concentran los casos identificados, hacia el interior del país?, ¿no sabrán, acaso, que un alto porcentaje de los residentes somos adultos mayores?, por tanto, más vulnerables. Rehúso pensar siquiera que haya sido por ignorancia o incompetencia y menos aún, por complicidad...

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