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13 de Jul de 2020

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Rafael Carles

Columnistas

La verdadera pandemia del siglo XXI

“Esperamos que pronto inventen una vacuna para el COVID-19, a pesar de que todos los años muchas personas rechazan vacunas contra la gripe que, de hecho, son muy seguras y efectivas para reducir el impacto de la afectación viral”

Las preocupaciones sobre el exótico coronavirus están sacudiendo el mundo de todas las formas imaginables. Hasta la fecha, hay decenas de miles de casos en todo el mundo y son ya miles las muertes que se han registrado. En contraste, la humilde gripe infecta decena de millones de personas por año y causa cientos de miles de muertes. Esperamos que pronto inventen una vacuna para el COVID-19, a pesar de que todos los años muchas personas rechazan vacunas contra la gripe que, de hecho, son muy seguras y efectivas para reducir el impacto de la afectación viral.

Lo cierto es que el riesgo de enfermedades no está limitado únicamente a las de origen infeccioso o viral. Debo confesar que la alimentación y la forma en que comemos son más cruciales para nuestra salud que las vacunas o virus que aparecen todos los años. La forma dañina en que come la mayoría de las personas es la principal causa de muerte prematura en el mundo, causando hoy más de 40 millones de muertes cada año, lo que equivale al 70 % de las muertes que se producen en el mundo. Eso es más de diez veces peor que una cepa de influenza mortal que ocurre todos los años y mucho peor aún que el COVID-19 hasta ahora.

“El riesgo de [...] una mala alimentación es del 100 %; [...]. [...] para el COVID-19 equipararse al riesgo de una mala alimentación, cada uno de nosotros debe estar expuesto al virus”

La mala alimentación es la razón de tres muertes de cada cinco que ocurren aquí en Panamá. Y eso es solo la punta del “iceberg” epidemiológico, ya que una alimentación deficiente causa mucha más morbilidad que la muerte prematura. Más de un millón de adultos, casi la mitad de la población adulta, tienen prediabetes o diabetes. Hipertensión y padecimientos cardiovasculares afectan a aproximadamente un millón de personas y causan aproximadamente 5 mil muertes cada año, o alrededor de 15 muertes diarias. Dos de cada tres adultos tienen sobrepeso u obesidad. Es decir, más panameños están enfermos que saludables.

El riesgo de exposición a una mala alimentación es del 100 %; todos comemos. Lo cual significa que para el COVID-19 equipararse al riesgo de una mala alimentación, cada uno de nosotros debe estar expuesto al virus. Asumiendo que la “tasa de infección” de la comida chatarra es la probabilidad de que nos perjudique, y dado que menos del 10 % de los panameños cumple con las recomendaciones de frutas y verduras y que la calidad de la alimentación en general es pobre, podemos concluir que una dieta malsana como factor de riesgo daña, en un grado u otro, al menos el 90 % de los panameños. Entonces, para que un virus compita contra eso, 90 de cada 100 personas expuestas, casi todos, necesitarían infectarse.

Ahora bien, ¿qué pasaría con la mortalidad? Las muertes atribuidas directamente a la mala alimentación realmente no nos cuentan toda la historia. Los alimentos procesados y la comida chatarra son los principales contribuyentes a la diabetes, enfermedades cardíacas, derrames cerebrales, cáncer, padecimientos hepáticos, demencia y más. Al menos la mitad de todas las muertes prematuras pueden atribuirse a los efectos de la dieta en su totalidad o en parte, así que llamemos a la tasa de mortalidad el 50 %. Para que el COVID-19 coincida con eso, el virus necesitaría matar a una de cada dos personas infectadas. Es cierto que el coronavirus mata rápidamente cuando mata, y la mala alimentación tiende a matar más lentamente. Morir prematura y abruptamente es malo, pero morir prematuramente después de una larga enfermedad crónica, perder la vida después de años de perder años de vida, tampoco es un premio. El virus gana por velocidad, pero realmente la mala alimentación, diseñada intencionadamente para poner las ganancias por encima de la salud pública, debe provocar indignación de toda la población.

“[…] no es que no nos preocupemos, sino que nuestras preocupaciones se deben enfocar en tener un poco más de perspectiva para vacunarnos contra la gripe, pero igualmente para comer de manera saludable […]”

El COVID-19 da miedo, principalmente, debido a las incertidumbres concomitantes. La amenaza relativamente desconocida es siempre la más aterradora. Pero para que el coronavirus compita con los peligros mundanos de una mala alimentación, riesgos que se esconden a simple vista, pero coexisten rutinariamente entre nosotros, necesitaría ser órdenes de magnitud peor de lo que hasta ahora ha demostrado ser. Eso podría suceder, pero también lo sería que nos estrellemos contra un meteorito o tengamos un terremoto de 9.6 en la escala de Ritcher. Y mientras nos preocupamos por eso, me imagino que seguimos haciendo nada para comer mejor.

Porque no es que no nos preocupemos, sino que nuestras preocupaciones se deben enfocar en tener un poco más de perspectiva para vacunarnos contra la gripe, pero igualmente para comer de manera saludable y entender cuáles son las cosas que verdaderamente nos matan de forma prematura.

Empresario, consultor en nutrición y asesor de salud pública.