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13 de Jul de 2020

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Jaime Flores Cedeño

Columnistas

Impacto de la crisis sanitaria en Panamá y el mundo (II)

Estamos viviendo un capítulo de la humanidad que será recordado por las generaciones futuras, igual como se lee en el diario acontecer sobre otros virus que azotaron siglos atrás.

Estamos viviendo un capítulo de la humanidad que será recordado por las generaciones futuras, igual como se lee en el diario acontecer sobre otros virus que azotaron siglos atrás. Esta pandemia que resiste hoy el mundo nos hace reflexionar lo vulnerable que somos ante la enfermedad y lo cercano que puede estar la muerte, hecho que no solemos pensar a diario.

Las pandemias no son algo nuevo en la historia y han existido en cantidades, el problema ha sido, que muy poco hemos aprendido sus lecciones. Ejemplo fue durante el Imperio romano, donde se vivieron las mayores crisis sanitarias, al respecto, el autor Epifanio Palermo dice que: “Se enumeran en un lapso de algo más de tres siglos, siete grandes epidemias: en los años 23, 65, 79, 125, 164, 251 y 312, que corresponderían a los picos repentinos, dramáticos y recurrentes. Resulta difícil identificar la causa de cada una de estas grandes epidemias. Solo la última del año 312, ha sido atribuida a la viruela, las restantes a la peste bubónica, el tifus y la escarlatina”. Distintos historiadores coinciden en que estos continuos brotes fueron uno de los factores que dieron lugar a la caída del imperio, sumado a múltiples hechos que se gestaban desde hacía siglos.

Lo planteado como modelo histórico nos hace pensar en cuántos sistemas e imperios se verán estremecidos con la actual crisis. Observamos en esta línea lo que sucede con los Estados Unidos, que se haya subsumido en una ola de protestas que exigen al Gobierno políticas más cónsonas para conllevar el caos y en adición experimenta una caída abrupta de su economía. Ello ha estremecido las bases de su sistema económico, político y social que venía en declive desde décadas atrás, tendiendo a complicarse en el panorama existente.

Este país insignia del capitalismo lleva hasta el momento algo más de 40 mil muertos y cientos de miles de contagiados, en su mayoría gente pobre que no cuenta con seguro médico privado (los no asegurados suman alrededor de 35 millones de personas, según cifras muy conservadoras), ni lugar donde ser enterrados, lo que llevó a las autoridades a excavar fosas comunes en las afueras de Nueva York.

El coronavirus ha restringido el modo de vida de los ciudadanos y logrado la vuelta circunstancial al seno familiar, como se vivía antes del industrialismo. Ese estilo de vida urbano y disgregado propio de la sociedad capitalista, tal como lo refirió Marx en el siglo XIX, y que tuvo su salto del campo hacia la ciudad, llevaba consigo un sistema de explotación laboral, pobreza, exclusión y deterioro del tejido social que se mantuvo vigente por varios siglos y que se manifiesta en el presente con el COVID-19. Así vemos, que en el mundo una elevada proporción de las víctimas son los pobres y desplazados por no contar con servicios médicos oportunos. Esta inaccesibilidad provoca el descontrol de enfermedades crónicas y degenerativas que no son atendidas desde el nivel primario y que resultan propicias para el agravamiento de la enfermedad.

La salud en las sociedades capitalistas, a lo largo de la historia, ha sido convertida en un negocio por las élites gobernantes, por ello, es normal escuchar de manera recurrente en América Latina: La falta de centros hospitalarios y medicamentos, la mora quirúrgica, pocos especialistas y el hacinamiento en los cuartos de urgencia. Este fenómeno provoca la emigración (de los que pueden), hacia hospitales privados que son los principales beneficiarios de la falta de políticas públicas de salud destinadas a mejorar las enfermedades de la población empobrecida.

En el caso de Panamá, hemos percibido, que el virus ha atacado como un guerrero implacable las estructuras de nuestro sistema de salud, el cual fue abandonado por los Gobiernos posinvasión que hicieron caso omiso a las demandas de una mejor salud por parte de los nacionales.

La pandemia trajo consigo medidas de confinamiento o cuarentena, siendo la constante a nivel mundial. La misma debe hacerse sin olvidar que cientos de familia han perdido sus empleos formales e informales y afectado la economía de subsistencia que poseían antes de la crisis. A estas familias se les debe brindar todo el apoyo en materia de alimentación, porque nadie puede resistir una cuarentena con hambre, lo que traería a la larga otros problemas médicos que complicarían la situación. La respuesta, a mi juicio, no puede ser la represión sistemática de estos sectores, sino la búsqueda de soluciones viables y en conjunto con las autoridades locales. Por último, habría que cuantificar en este orden para entender mejor el impacto del cese laboral cuántos de los que capturan a diario desobedeciendo las normas son personas que salen a buscar el pan diario para subsistir.

Abogado e historiador.