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07 de Jul de 2020

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Jaime Raúl Molina

Columnistas

Ley seca en pandemia y consecuencias no tan imprevisibles

Usted y yo sabemos que las prohibiciones de expendio y consumo de bebidas alcohólicas jamás han impedido que el que quiera beber licor, lo haga.

Usted y yo sabemos que las prohibiciones de expendio y consumo de bebidas alcohólicas jamás han impedido que el que quiera beber licor, lo haga. Llevábamos mes y medio con ley seca en Panamá, cuando la ministra de Salud anunció por televisión que a partir del viernes 8 de mayo se nos permitiría a los ciudadanos, comprar hasta seis cervezas o una botella de vino. Varios alcaldes y representantes de corregimiento expresaron su horror ante esto. La ley seca durante la emergencia sanitaria, nos dicen, buscaba supuestamente evitar casos de abuso y violencia doméstica. De estas prohibiciones siempre nos hablan de los beneficios, pero nunca de los daños, sin embargo, estos son reales y exceden en impacto a los supuestos beneficios.

En primer lugar, está la llamada ley de hierro de las prohibiciones de sustancias. En el caso de bebidas alcohólicas, consiste en que mientras más se persigue y castiga su fabricación, tráfico y venta, más fuertemente los oferentes ajustan la oferta y la desplazan hacia bebidas más fuertes, es decir, con mayor contenido alcohólico. En vez de cerveza, que, por su relativamente bajo contenido alcohólico, es una bebida que ocupa bastante volumen, las personas que ofrecen bebidas alcohólicas en el mercado negro pronto se desplazan a ofrecer bebidas más fuertes como seco, ron o vodka. Cualquier persona que haya bebido alcohol sabe que es más difícil intoxicarse con cerveza o vino que con bebidas destiladas. Las bebidas exclusivamente fermentadas, como lo son la cerveza y el vino, tienen relativamente bajo contenido alcohólico. Por otro lado, en bebidas como el ron, para lograr su alto contenido alcohólico, se requiere pasar el jugo ya fermentado por el proceso de destilación, y así aumentar la concentración de alcohol. Una cerveza tradicional en el mercado panameño ronda 3-4 % de contenido alcohólico por volumen. Compárelo ahora con el ron, que oscila alrededor del 40 %. La persona que aprovecha la prohibición para vender bebidas alcohólicas, más temprano que tarde, aprenderá que transportar una caja de 24 latas de cervezas lleva más riesgo de detección por un policía, que hacerlo con varias botellas de ron. Este fenómeno ha sido estudiado y fue observado en los Estados Unidos durante la Era de la Prohibición (1920-1933). En otras palabras, por el desplazamiento de la oferta, la ley seca tiende a convertir a los bebedores de cerveza en bebedores de ron, seco, vodka y otros licores destilados, que lógicamente, al ser más fuertes, implican mayor riesgo de intoxicación y daños a la salud.

La prohibición desvía recursos de policía a perseguir una falta sin víctima, en lugar de patrullar y prevenir verdaderos delitos. También crea un incentivo para la corrupción de policías y funcionarios municipales y de entidades del Gobierno central. La potestad para perseguir algo con tanta demanda como el mercado de bebidas alcohólicas, otorga a esas autoridades un poder nada despreciable. Tarde o temprano muchos terminan usando ese poder discrecional para cobrar coimas por mirar hacia el otro lado de forma selectiva frente al mercado negro. Vamos, usted y yo sabemos que esto es lo que realmente hacen muchos con ese poder.

La ley seca adoptada en Panamá durante la emergencia sanitaria probablemente ha generado también más salidas del domicilio que las que se darían sin ley seca. En tiempos normales el ciudadano hace súper y allí mismo compra el vino o cervezas que se va a tomar el fin de semana. Pero ahora no puede hacerlo en el súper, allí tienen esas cintas amarillas de escena del crimen, así que tiene que hacer un segundo y hasta un tercer viaje, para entrar en contacto con personas que le vendan licor.

Por último -concluyo, no por falta de efectos adversos para enumerar, sino por falta de espacio-, la idea de que en este momento la ley seca favorece la economía familiar, porque las personas dejan de consumir alcohol y así dedican el poco dinero que tienen a comprar comida, es otra de esas cosas que suenan bonitas, pero asume del ser humano una pasividad que no se compagina con la realidad. La demanda por bebidas alcohólicas es bastante inelástica. En realidad, la economía familiar se ve más perjudicada porque, en lugar de comprar las bebidas alcohólicas a precios de mercado normal, el ciudadano ahora tiene que comprarlos a precio de escasez, evidentemente precios considerablemente más altos, fenómeno ampliamente documentado también en la literatura sobre prohibición de sustancias. El remedio es peor que la enfermedad.

Abogado