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10 de Jul de 2020

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Enrique Jaramillo Levi

Columnistas

Reflexiones sobre la vigencia del cuento en Panamá

A veces hay una secreta porosidad que pone en relación la sensibilidad de los artistas, sus conceptos más personales, incluso su visión de mundo.

A veces hay una secreta porosidad que pone en relación la sensibilidad de los artistas, sus conceptos más personales, incluso su visión de mundo. Puede ser una simple casualidad o haber razones para las coincidencias, ya sea de orden emotivo, intelectual, social o ambiental, entre otras. No siempre se tiene conciencia del fenómeno. Incluso podría llegar a haber sospecha de un posible plagio, no siendo necesariamente así. Aunque hay ideas y conceptos que, sin duda, solo a los genios se les ocurren, y a ciertos sabios de mucho estudio y conocimientos, en términos generales las ideas son universales, no son propiedad de nadie; su razón de ser preexiste a los supuestos creadores, y solo esperan ser descubiertas o puestas en práctica por una muy aguda sabiduría o por el poder inmanente de la intuición.

En el mundo del arte, como en el de las ciencias y la tecnología, no es extraño que coincidan determinadas fantasías o descubrimientos, que puestos en práctica tras múltiples experimentaciones o intentos de innovar, pasan de ser simples atisbos de la inteligencia, ramalazos de luz en las tinieblas, para ingresar al complejo mundo de las posibilidades. Y más de un artista o científico puede haber estado rumiando similares acercamientos a la solución de un problema o a la ejecución de una obra de arte de gran originalidad, al mismo tiempo que otros colegas, cada quien desde su singular perspectiva, o incluso desde una perspectiva casi idéntica. Se trata de afinidades comunes, a veces sorprendentes.

En la literatura, es decir, en los procesos de creación literaria, también ocurren estas coincidencias cada tanto tiempo, porque si bien el mundo es ancho y ajeno, también, como se dice vulgarmente, a veces es un pañuelo. En todo caso, un escritor que se respete aspira siempre al mayor grado de originalidad y perfección formal posibles, sabiendo que siempre habrá limitaciones insoslayables, e incluso imperceptibles. Aspirar a la perfección será por tanto la meta consciente o inconsciente del novelista, el poeta o el cuentista como misión de vida y de trabajo, y hasta de sobrevivencia emocional dentro del caos y los absurdos que conforman las entretelas de la cotidianidad. Acaso hoy, más que nunca, quepa hacernos esta reflexión frente a la amenaza ominosa de la pandemia que nos acosa. Aunque para muchos puede no ser fácil desconectarse de una realidad externa tan agresiva y sin tiempo conocido de finalización, al mismo tiempo tenemos ahora todo el tiempo del mundo debido al encierro obligado para ponernos a pensar y a crear. Sé lo difícil que es, lo estoy viviendo, al igual que muchos colegas. En cualquier caso, estos juicios de valor buscan conjurar de manera parcial, al menos anímicamente, la actual situación de desgaste, por lo que espero que a la larga sirvan para algo.

Es archisabido que en Panamá el género literario que más destaca en cuanto a libros de buen nivel publicados desde mediados del siglo XX, es el cuento. Seguido en alta calidad, aunque no en número, por los de poesía. En cambio, la novela, y más lejanos el ensayo y los textos teatrales, van desde siempre a la zaga, en ese orden. Prevalecen, por tanto, los buenos contadores de historias, los que se esmeran por tramar sucesos verosímiles y caracterizar personajes creíbles relatando mediante técnicas atractivas o, al menos, diferentes, lo que los lectores sensibles pueden disfrutar en su aspecto humano, pero también por el lado del logro estético propio de la sensibilidad del autor. Y, por supuesto, hay cientos de razones por las cuales las historias pueden llegar a ser memorables, entre ellas su capacidad de tocar hondamente las fibras de la empatía del lector, su sentido de la solidaridad, los estrujantes gajes de su soledad.

Todavía hoy, cuando leemos los cuentos en buena medida olvidados de poetas que empezaron a darse a conocer también como cuentistas a finales del siglo XIX como Darío Herrera, Gaspar Octavio Hernández y Ricardo Miró, mucho antes de que aparecieran, por ejemplo, los cuentos magníficos de un Rogelio Sinán, comprendemos que la vena poética no pocas veces alimenta la densidad perdurable de muchas ficciones, y que por tanto los experimentos de hibridación genérica en boga ya eran en aquella época materia orgánica de la habilidad literaria de aquellos distinguidos precursores. No olvidemos que el primer libro de cuentos publicado por un panameño fue Horas Lejanas (1903, Buenos Aires), de Darío Herrera, quien mereció grandes elogios por esa obra en su tiempo, ficciones que todavía hoy leemos con deleite, si nos tomamos el trabajo de repasarlas en nuestra Biblioteca Nacional.

En lo que va del siglo XXI el cuento panameño ha ampliado considerablemente su espectro, su influencia en otros géneros y, sobre todo, sus quilates artísticos. Desde narradores vivos de ficción breve como Álvaro Menéndez Franco, Ernesto Endara, Justo Arroyo, Pedro Rivera, Moravia Ochoa, Enrique Jaramillo Levi, Griselda López, Giovanna Benedetti, Beatriz Valdés E., Consuelo Tomás F., Carlos O. Wynter Melo, Melanie Taylor Herrera, Roberto Pérez-Franco, Claudio de Castro, Lupita Quirós Athanasiadis, Carlos Fong, Yolanda Hackshaw, Pedro Luis Prados, Aida Judith González Castrellón, Jairo Llauradó, Isabel Herrera de Taylor y José Luis Rodríguez Pittí; pasando por otros destacados autores como Ariel Barría Alvarado, Félix Armando Quirós Tejeira, Allen Patiño, David Róbinson, Eduardo Soto, Francisco J. Berguido, Leadimiro González, Alberto Cabredo, Javier Medina Bernal, Rodolfo de Gracia R., Luigi Lescure, Héctor M. Collado, Héctor Aquiles González y A. Morales Cruz, hasta nuevas voces -algunas muy recientes- tales como Lilian Guevara, Sonia Ehlers, Dimitrios Gianareas, Annabel Miguelena, Klenya Morales de Bárcenas, Isabel Burgos, Lissete Lanuza Sáenz, Eduardo Jaspe Lescure, Danae Brugiati Boussounis, Arturo Wong Sagel, Nicolle Alzamora Candanedo, María Laura De Piano, Marco Ponce Adroher, Cheri Lewis, Olga de Obaldía, Pedro Crenes Castro, Ela Urriola, Maribel Wang González, Leocadio Padilla, Gilza Córdoba, Gerardo Bósquez Iglesias, Eyra Harbar, Dionisio Guerra, Gloriela Carles Lombardo y Arabelle Jaramillo, entre otros.

Es importante destacar que cada uno de estos cuentistas mantiene su independencia ideológica y formal sin someterse a tendencias de moda. Por tanto, la diferenciación es sorprendente entre sus obras. Son más de 100 las nuevas voces narrativas que surgen en lo que va del siglo XXI, muchas de las cuales son mujeres. Adicionalmente, de los buenos cuentistas de otros países que residen en el nuestro y aquí han publicado al menos un libro de cuentos sobresaliente, cabe mencionar a Carolina Fonseca, María Pérez-Talavera, Joel Bracho Ghersi y Yoselín Goncalves (venezolanos) y a Silvia Fernández-Risco (mexicana).

Aunque son muchos los autores que se forman por sí mismos, porque su talento es innato y logra mantenerse en el tiempo, la tesonera vigencia de un Diplomado en Creación Literaria durante 17 años en la Universidad Tecnológica de Panamá, así como los talleres literarios dictados por varios escritores han aportado su cuota de practicidad en el mejoramiento de la escritura creativa en el país, al igual que el reto de los concursos literarios locales y la existencia de varias pequeñas editoriales conducidas con el debido rigor crítico por autores del patio. Habría que añadir, por supuesto, la existencia de la longeva revista cultural Maga, en donde no pocos talentos muestran sus primeras armas.

Como investigador literario y antologador de vieja data puedo certificar que en este momento hay en Panamá más de 150 cuentistas vivos de al menos cuatro generaciones, con obra publicada. Una fuente de acreditación -no la única- es el sitio web cultural de la Universidad Tecnológica de Panamá, denominado Directorio de Escritores Vivos de Panamá, cuya vigencia documentada continúa actualizándose. Está de más decir que no todos los autores ahí citados tienen la misma trayectoria ni mucho menos iguales logros literarios, pero sin duda toca a los críticos e investigadores nacionales y de otras latitudes deslindar responsablemente calidad auténtica, de simple cantidad o bien de obras mediocres.

El hecho es que nuestra literatura goza de buena salud, sobre todo en el cuento y la poesía, y debe ser conocida y divulgada por quienes disfrutan sabiendo que la realidad y la imaginación -en el arte inseparables-, junto con el precioso don de la mejor escritura, continúan vigentes.

Escritor