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14 de Jul de 2020

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Eduardo Antonio Quirós B.

Columnistas

Hora de los deberes cívicos

Todos -en mayor o menor medida- conocemos nuestros derechos, sabemos que la Constitución o las leyes nos amparan y, frente a las autoridades u otros intereses, existen normas que nos protegen y permiten exigir aquello que nos favorece.

Todos -en mayor o menor medida- conocemos nuestros derechos, sabemos que la Constitución o las leyes nos amparan y, frente a las autoridades u otros intereses, existen normas que nos protegen y permiten exigir aquello que nos favorece.

Esos derechos son tanto individuales como sociales y muchos de ellos están acompañados de garantías, que sirven de palancas para hacer valer su derecho respectivo.

Como parte de una comunidad, de una sociedad, de una nación esos derechos, que nos son tan caros, tienen su contraparte: los deberes.

La lista de esos deberes no está descrita numerus clausus ni en la Constitución ni en normas inferiores, sino que van apareciendo como claras contrapartes de aquellos derechos.

Algunos derechos son, a su vez, deberes. Buen ejemplo, la cédula de identidad personal, obtenerla es un derecho y tener que portarla es un deber, todo ciudadano que no la presente a requerimiento será conducido ante la autoridad administrativa.

Un ejemplo interesante es el sufragio, el derecho a votar es de todos los ciudadanos, pero también es un deber. Sin embargo, no hay sanción por su no ejercicio. En Panamá, no votar en tres elecciones continuas conlleva la eliminación del padrón electoral, únicamente. En otros países hay sanciones más estrictas.

¿Por qué acudimos a votar? Porque entendemos que es un deber principal ser parte de la decisión trascendental de escoger a nuestras autoridades. En Panamá, el porcentaje de participación, para ser un país donde el voto no es obligatorio, es alta. Entiendo esto como un indicador de que sabemos reconocer nuestros deberes.

La pandemia nos ha impuesto múltiples deberes, algunos fáciles de reconocer, otros, más difíciles.

Cuando todo empezó, parece hace mucho tiempo, pero en realidad solo algunas semanas, las autoridades sanitarias nos pedían lavarnos las manos y cumplir algunas medidas de higiene básicas, no había allí una norma que nos obligara a hacerlo, estaba claro que era un deber cívico para nuestro propio beneficio y el de nuestra comunidad.

Luego vino la cuarentena, esa sí impuesta por decreto. Pero nuestra propia inteligencia nos conminaba a cumplirla, no por las sanciones a que estábamos expuestos, sino por su utilidad frente a la enfermedad, un deber cívico.

No encaminamos a tiempos más exigentes. Lo que nos está dejando esta pandemia es un reto de dimensiones monumentales como familias, como sociedad y a nivel global. Observo por delante un redimensionamiento de nuestros deberes cívicos; de lo contrario, nos podremos quedar cortos a la hora de remontar esta catástrofe.

Somos una sociedad muy diversa, con grandes desigualdades, que han saltado a propósito de esta pandemia, como el corcho cuando se le hunde en el agua. Esas contradicciones nos llevan de ser uno de los países de América con mayor crecimiento económico en los últimos años a tener niveles de pobreza inaceptables.

Salir exitosamente de este reto -¡todos!-, solo será posible si todos cumplimos con nuestros deberes, que van ciertamente más allá de los que están consagrados en las normas.

Ser honrado y no acogerse a un beneficio, si no le aplica, será la diferencia entre que otros se hundan más o puedan salir adelante. Buscar atención en cuanto se sienta un síntoma para evitar contagios, hará la diferencia en que tengamos lugares de trabajo sanos. Trabajadores aportando la milla extra, para los que conserven su puesto de trabajo, hará que la rueda de la economía nacional se mueva más rápido y servirá para que otros puedan mejorar sus condiciones. Empresarios comprendiendo que hay una nueva realidad, en la que los objetivos de generar ganancias exclusivamente, en estas circunstancias, se quedan cortos, y que estar más cerca de sus colaboradores, también hará la diferencia para que salgamos mejor y más rápido de esta calamidad.

El servicio público y aquí no me refiero solo al Gobierno, todo el que tenga autoridad, primero, por supuesto, pero también todos aquellos que, en una u otra dimensión, participan de “lo público” tienen la vara más alta, su nivel de influencia es mayor, entonces mayor es su nivel de cumplimiento de sus propios deberes cívicos.

La pandemia nos impone la tarea de conocer, entender y cumplir nuestros deberes cívicos, esa labor la podremos cumplir elevando, en la intimidad de nuestras conciencias, nuestros mejores atributos como personas y como panameños. En este país, ya lo hemos demostrado, tenemos madera para eso.

Abogado, presidente del Grupo Editorial El Siglo - La Estrella de Panamá, GESE.