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02 de Jun de 2020

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Samuel Lewis Galindo

Columnistas

Las etapas en la vida de un gran panameño: Cañita Correa

Cuando era gerente general de la Cervecería Nacional, el director de Relaciones Públicas fue don Arturo Illueca (q. e. p. d). El “Gordo”, como le decían con cariño sus compañeros de trabajo.

Cuando era gerente general de la Cervecería Nacional, el director de Relaciones Públicas fue don Arturo Illueca (q.e.p.d). El “Gordo”, como le decían con cariño sus compañeros de trabajo. Cuando se retiró y murió poco tiempo después, la empresa cervecera perdió un excelente empleado. Yo le tenía mucho aprecio, pues era muy servicial, atento y siempre tenía una sonrisa a flor de labios.

Don Alberto Conte (q.e.p.d.), quien tenía varias cuentas para hacerle publicidad a algunos productos de la empresa cervecera, me recomendó para el cargo vacante a Rodrigo “Cañita” Correa. Antes de nombrarlo estudié minuciosamente su “currículum” para conocer mejor su pasado. Mientras más me adentraba en su vida, más me impresionaba favorablemente la persona que Alberto Conte me sugería.

Nació, al igual que su hermana Mayín y el resto de la familia Correa, en el pueblito de Macaracas, en Los Santos. Todos, con gran esfuerzo, fueron superándose y constituyeron un gran ejemplo para las generaciones de hoy y del futuro.

Cañita trabajó por varios años en los diarios propiedad del Dr. Harmodio Arias. Marta Joly escribía artículos sobre actividades sociales. Allí, en el periodismo, se conocieron y posteriormente se casaron. Tuvieron una familia con tres hijos que les proporcionaron gran satisfacción y alegría, los cuales siempre estuvieron a su lado.

Después de conocer otros datos de la vida de Cañita, no dudé en nombrarlo. Fue un gran acierto de mi parte.

Cañita tenía excelentes relaciones con las empresas. A cada rato me hacía dibujos que reflejaban las políticas, en distintos actos, que yo me había trazado para la empresa. Vi que él tenía en sus venas una afición por el arte.

Su relación con sus compañeros de trabajo fue excelente. Se llevaba muy bien con todos, en especial con Enoch Velarde (q.e.p.d.). Tuvo con él una estrecha relación y amistad que perduró hasta que este falleció unos años más tarde.

Con mi autorización, Cañita contribuyó mucho a que el diario La Prensa fuera una realidad; participó en la modernización del diario El Panamá América, cuando era editado por sus propietarios originales. Adquirió la radio KW Continente, que en esos días tenía muy limitada sintonía. Con el tiempo se fue convirtiendo en una de las primeras emisoras del país. Desde ella pudieron él y Mayín hacerle muchos servicios a la patria.

En cierta ocasión, le indiqué a las publicitarias, que entonces tenían algunos productos de la cervecería, que deseaba uniformar los colores que tenían las bodegas que hasta ese momento tenían diferentes colores; era en realidad una completa anarquía. También buscaba un logo que identificara a la empresa. Recibí varios diseños que no me gustaron. Le pedí entonces a Cañita un diseño sencillo, pero que recogiera lo que yo buscaba. En pocos días me trajo sus diseños, que contemplaban los colores para todos los relacionados con la empresa, así como un logo sencillo. Aprobé el proyecto, el cual se ha mantenido a través de los años por los distintos grupos que adquirieron la Cervecería Nacional.

Deseaba también recoger en un libro la historia, desde sus inicios, de la Cervecería Nacional. No sabía a quién buscar para hacer este trabajo, que para mí era muy importante.

Cañita me recomendó al periodista Mario Augusto Rodríguez que hizo un excelente trabajo.

Años después, cuando ya no estábamos en la Cervecería Nacional, me llevé a trabajar conmigo a Enoch “el Flaco” Velarde; Cañita tanto con él, como conmigo, mantuvo una estrecha relación. No había semana que no nos visitara o se comunicara vía telefónica con nosotros.

Un buen día me sorprendió con un cuadro pintado por él de un paisaje santeño. Lo coloqué en mi oficina y todos los visitantes se quedaban admirándolo y preguntando quién era el artista, pues les gustaba mucho. Cañita me contó que perfeccionó su ambición de ser un pintor con la ayuda de Elpidio Mendoza, uno de los mejores paisajistas del país. Ahora que Cañita, por la pandemia, está recluido en su casa, ha seguido pintando y no tengo la menor duda de que muy pronto exhibirá sus bellos cuadros en una de las galerías de esta ciudad.

Le deseo a Cañita, mi gran amigo, muchos éxitos en la actividad a la que ahora está dedicado.

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