Temas Especiales

02 de Jun de 2020

Giselle de la Hoz

Columnistas

Las pérdidas y el duelo

Lamentablemente, nuestro existir está condicionado por la dificultad, y por alguna forma de sufrimiento. Los acontecimientos que estamos viviendo nos llevan a sentirnos vulnerables y frágiles y ponen en evidencia que no contamos con el control de lo que está sucediendo a nuestro alrededor.

Lamentablemente, nuestro existir está condicionado por la dificultad, y por alguna forma de sufrimiento. Los acontecimientos que estamos viviendo nos llevan a sentirnos vulnerables y frágiles y ponen en evidencia que no contamos con el control de lo que está sucediendo a nuestro alrededor.

La amenaza de pérdida de alguien o algo significativo, la pérdida de la salud, una relación, separación y/o divorcio, trabajo, la muerte de un ser querido, implica una serie de reacciones que para algunos paraliza, anestesia, congela y cercena nuestra capacidad de respuesta para adaptarnos a la realidad viviente. A lo mejor, algunos sientan en su fuero interno irritabilidad, ansiedad, insatisfacción y en algunos momentos este malestar se desplace hacia aquellos miembros que se encuentran a su alrededor.

La incertidumbre nos conduce por este laberinto lleno de temores, enfado, tristeza, ansiedad, miedos, decepción, depresión. A este laberinto lo podemos denominar duelo, que se define como la reacción natural ante la pérdida o la amenaza de pérdida de un objeto, persona o evento significativo. O también como la respuesta emocional cuando un vínculo se rompe. El duelo provoca una serie de reacciones físicas, psicológicas, sociales y tal vez no podamos expresar de forma auténtica por qué nos sentimos confundidos, desesperanzados, oprimidos.

Esta experiencia no cabe duda de que a algunos los conduce a una serie de aprendizajes, para otros es la oportunidad de realizar cambios en sus hábitos y costumbres dentro de sus hogares y quizás otros encuentren un significado espiritual desde esta experiencia única y colectiva.

Si optamos por revisar nuestros valores, nuestras creencias, nuestros hábitos, lanzando una generosa mirada de autocrítica nos ubica en una posición, reconociendo que nunca más seremos los mismos, es la oportunidad de reinventarnos con paciencia y misericordia.

Vivir un día a la vez, es decir, vivir el presente, aceptarnos como lo que somos, seres vulnerables, capaces de enfrentar la adversidad, reconociendo nuestras capacidades y debilidades, nuestros valores y creencias. Esto es vivir un día a la vez, ya que nunca seremos los mismos después de esta experiencia…”.

Fundación Piero Rafael Martínez de la Hoz, presidente y fundadora.