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03 de Jul de 2020

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Jorge Luis Prosperi Ramírez

Columnistas

Los jóvenes y la COVID-19

Tres cosas están claras en el caso de esta enfermedad en Panamá: una, que es más grave en los mayores de 60 años, y peor es el pronóstico si los adultos mayores afectados tienen alguna enfermedad no transmisible concomitante; dos, que la enfermedad está afectando principalmente a la población que vive en los corregimientos más pobres del país, donde las condiciones de empleo, vivienda, escolaridad, implican factores de elevado riesgo para contraer cualquier enfermedad, en este caso, la COVID-19, y; la tercera, que la enfermedad afecta principalmente a la población joven, aunque es causa de pocas defunciones.

Tres cosas están claras en el caso de esta enfermedad en Panamá: una, que es más grave en los mayores de 60 años, y peor es el pronóstico si los adultos mayores afectados tienen alguna enfermedad no transmisible concomitante; dos, que la enfermedad está afectando principalmente a la población que vive en los corregimientos más pobres del país, donde las condiciones de empleo, vivienda, escolaridad, implican factores de elevado riesgo para contraer cualquier enfermedad, en este caso, la COVID-19, y; la tercera, que la enfermedad afecta principalmente a la población joven, aunque es causa de pocas defunciones.

Sobre esta última, hay la creencia entre muchos jóvenes de que no les va a pasar nada si se contagian, se sienten inmunes a la enfermedad, y no toman suficientes precauciones para evitar el contagio. Pero eso no es del todo cierto, por lo que no debe ser motivo de exceso de confianza. Cada año fallecen en el territorio nacional cerca de 500 jóvenes por enfermedades del sistema circulatorio, diabetes, y la enfermedad por el VIH, lo que indica que hay un importante número de jóvenes viviendo con factores de riesgo relacionados con los estilos de vida. También, como es el grupo que sale a trabajar todos los días, tiene mayores posibilidades de contagiar a sus familiares en casa.

En ese sentido, al analizar los números disponibles, tenemos que el 45 % de los casos reportados de COVID-19 (casi la mitad) corresponden a jóvenes entre 20 y 39 años, y si les sumamos los casos entre la población de 40 a 59 años, que no es tan joven, pero está en edad plenamente productiva, este porcentaje se eleva al 76 % de todos los casos. Adicionalmente, el 6 % de los jóvenes que adquieren la enfermedad, fallece, y si sumamos a los no tan jóvenes, ese porcentaje llega a 25 %. Por tanto, es importante recalcar que los jóvenes no son inmunes a esta enfermedad, y que, aunque en menor proporción, pueden padecerla de forma grave. La enfermedad causa en este grupo daños físicos y mentales que pueden ser permanentes y son, además, el grupo más afectado por la severa crisis económica que estamos también atravesando.

Otra situación que comienza a aparecer en los millares de enfermos recuperados en el mundo se refiere a las secuelas de la enfermedad. Hay cientos de testimonios de personas convalecientes que la están pasando muy mal después de haber sido dados de alta. Muchos especialistas así lo comprueban y afirman que estamos ante un problema emergente de salud. La enfermedad producida por este virus no es una gripe común o estacional, sino una enfermedad pulmonar y sistémica que afecta a muchos órganos y sistemas del cuerpo. No sabemos si se producirán efectos posteriores, con duración de meses, años o el resto de la vida entre los jóvenes afectados, aunque no hayan padecido la forma grave de la enfermedad.

Pero el bienestar integral de nuestros jóvenes no solo se ha visto afectado por la COVID-19. También se ha visto severamente afectado por el impacto desproporcionado que ha tenido la COVID-19 entre los trabajadores jóvenes. De acuerdo con la OIT, más del 16 % de los jóvenes está desempleado y las horas laborales de los jóvenes que han conservado el empleo han disminuido un 23 %. Asimismo, el incremento rápido y sustancial del desempleo juvenil registrado a partir de febrero afecta más a las mujeres que a los hombres, y además de destruir sus trabajos, impacta su educación y formación y llena de obstáculos el camino de los que buscan entrar al mercado de trabajo o cambiar de empleo.

En ese sentido, para reactivar la economía y la esfera laboral, a la vez que se controla la pandemia y se cuida la salud de la población, la OIT urge a los Gobiernos a masificar la realización de pruebas de laboratorio para detectar los casos de COVID-19 y el rastreo de contactos. Subraya que las pruebas y rastreo reducen la dependencia en las medidas de confinamiento estrictas; promueven la confianza de los ciudadanos y, en consecuencia, estimulan el consumo y apoyan el empleo; y contribuyen a minimizar la interrupción de las actividades en el lugar de trabajo.

Este último argumento es vital para nosotros que nos encontramos precisamente en esa encrucijada y nos preguntamos cómo hacer para recuperar la economía, a la vez que contenemos la epidemia y evitamos enfermos y fallecidos. La respuesta parece clara: cuidarnos cada uno, masificar las pruebas y rastrear a todos los contactos.

Médico, exrepresentante de la Organización Mundial de la Salud (OMS).