Temas Especiales

12 de Aug de 2020

Roberto Díaz Herrera

Columnistas

El último vuelo del halcón (aniversario número 39)

“Él se había adaptado ya al repliegue estratégico que prometió […]. […]. Doce años y dejar la mayor causa nacional pactada era suficiente. ¿El poder, cuál?”

“Llevar estrellas en el hombro, (es) un rango; ¡reivindicar a los pobres, es jerarquía!”, OTH.

En aquel amanecer del 31 de julio de 1981, él se tomaba el café humeante, a sorbitos cortos. La brisa del sur le llegaba con un aliento de despedida. Recordó a los viejos y adustos senadores para buscar que no le negaran la anhelada soberanía a Panamá. Él se había adaptado ya al repliegue estratégico que prometió al pueblo y a Carter. ¡Los próximos a él no lo entendían ni lo querían! Sus campesinos y los pobres temían quedarse en la orfandad. No tuvo ningún esfuerzo en hacerlo. Doce años y dejar la mayor causa nacional pactada era suficiente. ¿El poder, cuál?

En su náufrago soliloquio, entretejía una red compleja de pensamientos y emociones. ¿Por qué se clavó lo “del Viejo”, cuando recién ahora tenía 52 años? ¿Por qué repitió, y más de una vez, “mi muerte ha de ser violenta”? Las biografías eran su género favorito. Le encantaba Stefan Zweig. Varias veces evocó la muerte humillante de Napoleón y a Bolívar, arruinado, rematando ante usureros sus vajillas de plata, ya sin carnes, dejadas en tantas batallas. Y aquellas frases a su prima francesa: “muero enfermo, proscrito, detestado por los mismos que gozaron mis favores”. Él también tenía sus tempestades, algunas frustraciones incorregibles, con sus propios Santander y Páez.

¿Qué era el poder? Relevó con solo 39 años a unos sesentones con tantas mañas como canas. Siempre hay ráfagas de vanidad; ¿pero no dejó una vez unas 200 mil almas que coreaban su nombre, “Omar, Omar, Omar”, y él se hundió entre lágrimas en una cama rústica en su paraje solitario y amado, mientras la voz del mexicano López Portillo gritaba “llamemos al hombre por su nombre: Omar Torrijos Herrera, es el de carne y hueso que esta multitud desea ver”. Se escondió de sus escoltas para que no vieran sus lágrimas. ¡Ningún político de antes y después cometería semejante tontería!

“Ya en la pista de aquel aeropuerto coclesano, al subir la escalerita del Twin Other, […], le vino curiosamente el rostro de su madre sonriéndole […]”

Le vino la imagen de aquella joven monjita colombiana que, siendo bonita, se hundió no solo en sus hábitos, sino en aquellos huecos sin testigos de Llano Ñopo, la comarca Guaimí. Y su pregunta: “mujer, ¿qué te hizo hundirte en estos parajes?” Ella, sonriente y chanceando le dijo: “General, usted ha tenido un gran poder que logró repartirlo entre pobres, y le pregunto: ¿se puede retener el lujo, los honores, el dinero; le hago una prueba?”. Él asintió. Ella tomó una vasija de totumo, sacó agua de una tinaja y lo retó: “Ponga, por favor, su mano cerrada mientras le vierto el agua y trate de retenerla sin que se le salga”. ¡Nunca lo había probado; apretó sus dedos cuanto pudo, sin embargo, el agua se le escapó! ¡Gran lección de esa monja graciosa! ¿Y aquella media docena de allegados que le criticaban su desprecio a los negocios? Tan común en los de antes y tal vez en los que vendrían. ¡Solo podía responder por su persona y su conciencia!

Le parecía sentir próximo el olor a la muerte. ¡No le temía ni la buscaba! Ah, su pobre Raquel, ¡cuánto la había lastimado! Entonces le llegó aquella última charla con el viejo y sabio campesino, amigo del alma, Saturnino. Una vez él le dijo: “Oye, Saturnino, si supieras las mujeres que joden a mi Raquel y le dicen “eres la que más te queman”, cuanto daño le hacen. Y aquel filósofo natural le contestó: “oiga, general, ¿y por qué esas viejas chismosas no le dicen a su esposa, que usted no es mujeriego, sino que las mujeres son hombreriegas?”. Se rio tanto al recordarlo que el sorbo último de café le mojó el pijama que aún llevaba. Entonces sintió los pasos de su escolta, escudero y amigo, el fiel sargento Machazek, quien le saludó militarmente: “Mi general, la FAP avisa que le tiene listo el avión y el helicóptero y esperan órdenes”. Le interrumpió: “Oye, ¿tú no estabas libre hoy?”. Él lo miró calmadamente: “¡Si, mi general, pero anoche me avisaron que le acompañara hoy; no hay ningún problema!”. Se quedó pensativo unos segundos, y entonces le dijo: “Avisa a la FAP que manden el 205 directo a Penonomé; de aquí nos iremos hacia allá en carro”.

Ya en la pista de aquel aeropuerto coclesano, al subir la escalerita del Twin Other, su íntimo de patrullajes, le vino curiosamente el rostro de su madre sonriéndole, pero no le prestó mucha atención. Y luego subió a lo que sería su último vuelo.

Abogado, coronel retirado.