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05 de Dec de 2020

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Enrique Jaramillo Levi

Columnistas

Al menos nos tenemos a nosotros mismos

Dicen quienes han estudiado mis numerosos cuentos que casi todos tienen algo de sexo y violencia. Lo cual es cierto, cómo negarlo. La vida tiene mucho de eso, qué duda cabe.

Dicen quienes han estudiado mis numerosos cuentos que casi todos tienen algo de sexo y violencia. Lo cual es cierto, cómo negarlo. La vida tiene mucho de eso, qué duda cabe. Pero también rebosan, no pocos, de otros ingredientes: búsqueda y pérdida de identidad de los personajes; incursiones de la realidad en mundos oníricos, fantásticos, absurdos, y viceversa, casi siempre sin previo aviso. También abundante metaficción, cuentos policíacos, sicológicos y minicuentos… Lo curioso es que, en casi todos estos casos, más que sorprender al lector, el primer sorprendido soy yo mismo, en el proceso creador. Para ello, una vez más insisto en las bondades de la llamada "escritura automática", en la que creían tanto los surrealistas de antaño.

Muy rara vez, por cierto, sé cómo va a terminar una de mis historias; escribo lo primero que me motiva y por ahí arranco. Soy el primero en querer saber cómo va a terminar la historia. Lo que sí sé es que quiero hacer lo posible por innovar mi modo de contarla; hallar nuevas vetas que permitan enriquecer situaciones cotidianas obvias; caracterizar de modos diferentes a mis personajes, a menudo sometidos al estrés de situaciones imprevisibles, perversas, terroríficas o simplemente menos “normales” de lo normal. Me explico: solo se puede ser escritor creando, recomponiendo la realidad o inventándola con la suficiente dosis de credibilidad; tomarle una foto y plasmarla en palabras no es suficiente. En todo caso, puede ser una parte del todo misterioso que es la vida misma en sus diversas facetas, secuencias, meandros, dislocaciones. Todo lo que existe o puede llegar a existir se compone de fragmentos que uno puede unir o dislocar, a conveniencia.

El mundo de allá afuera deja de existir por un rato mientras escribo, y creo que eso le pasa un poco, o un mucho, a todos los artistas que realmente se precian de serlo. Y si algo aspiro a ser cuando creo cuentos o poemas, e incluso ensayos, es un artista de la palabra, de la interpretación del mundo y sus incongruencias y satisfacciones pasajeras. Decir esto, créanme, a estas alturas de mi vida, no es falta de humildad; más bien es un modo de respetarme a mí mismo, y a mis lectores, pocos o muchos. Porque no se trata simplemente de reproducir la realidad real; de lo que se trata es de entrar en ella, diseccionarla sin parecer un cirujano, para lo cual es igual de importante la observación atentísima de las cosas, las personas, las atmósferas, como el conocimiento de las técnicas más adecuadas para hacerlo en forma a la vez innovadora y satisfactoria. Y para ello es menester tanto haber sido testigo de determinadas situaciones como, en otros casos, tener la imaginación suficiente para combinar en adecuadas proporciones documentación fehaciente con posibilidad verosímil, sin dejar por fuera el ingenio y, por supuesto un manejo óptimo del lenguaje.

¿Por qué una vez y otra insisto en aclarar estos y otros conceptos literarios? Acaso porque, además de escritor, soy docente e investigador, y hay mucho talento creativo por ahí buscando pistas para iniciar el vuelo, sobre todo gente joven que a menudo confunde, sin darse cuenta siquiera, realidad con imaginación; una sencilla anécdota con una ficción artística; crear con copiar. Si bien los talleres literarios serios son, sin duda alguna, utilísimos espacios de convergencia y aprendizaje, de disciplina y discusión crítica cuando la materia prima está dispuesta, estoy convencido de que también hay docencia benéfica en textos como este, en donde a un escritor se le posibilita entrar en materia sobre conceptos que por lo general pasan desapercibidos para legos en la materia, e incluso para algunos pretendidos (o pretenciosos) especialistas.

Si bien es cierto que sin lectores no tendría mucho sentido escribir, más cierto aún resulta tomar conciencia de que sin escritores no habría lectores, y el mundo habría avanzado mucho menos en su amplio espectro cultural y social. Además, cómo negar que el escritor es el primer lector de sí mismo, y por tanto su primer crítico innato. Cada vez que examino los procesos creativos -los ajenos y los míos- estoy más convencido de la importancia de seguir creando. Haberlo podido hacer sostenidamente durante el encierro por la maldita pandemia que no sabemos cuándo desaparecerá del todo del planeta es una certeza más de que crear es evitar volverse loco por falta de comunicación afectiva. Al menos nos tenemos a nosotros mismos.

Cuentista, poeta, ensayista y promotor cultural.