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06 de May de 2021

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Roberto Antonio Pinnock Rodríguez

Columnistas

De retóricas y tecnocratismos prosperan los cuasidiálogos

El pasado jueves 26, se hizo el lanzamiento formal del “Pacto del Bicentenario Cerrando Brechas”, en el cual las distintas personas que hicieron uso de la palabra fueron fecundas en buenos deseos y atractivas retóricas que tuvieron un lugar común, a saber, la idea de que, si no se participa de este proceso consultivo, seremos culpables de que el país siga en inequidad social y en las crisis que nos agobian o dicho en términos de la coordinadora del pretendido diálogo: “no hacerlo es mantener la absurda e injustificada desigualdad (…) que conspira ciertamente contra la dignidad de la persona y contra el crecimiento económico y la democracia” (Franseschi, Paulina, 26/11/2020).

El pasado jueves 26, se hizo el lanzamiento formal del “Pacto del Bicentenario Cerrando Brechas”, en el cual las distintas personas que hicieron uso de la palabra fueron fecundas en buenos deseos y atractivas retóricas que tuvieron un lugar común, a saber, la idea de que, si no se participa de este proceso consultivo, seremos culpables de que el país siga en inequidad social y en las crisis que nos agobian o dicho en términos de la coordinadora del pretendido diálogo: “no hacerlo es mantener la absurda e injustificada desigualdad (…) que conspira ciertamente contra la dignidad de la persona y contra el crecimiento económico y la democracia” (Franseschi, Paulina, 26/11/2020).

He aquí que emerge la primera cuestión que apunta a que aquello que aspira a ser un diálogo, termine siendo un cuasidiálogo más (Ver: Pinnock, 31/08/2020, en: La Estrella de Panamá). En primer término, es retórico afirmar que la no participación en este proceso nos ponga a las puertas de la complicidad de las crisis irresueltas por décadas. Lo contrario, la participación, tampoco augura cosa distinta por una razón simple: las crisis devenidas en desigualdad están enraizadas en un modelo de sociedad y Estado hilvanado por los que fundaron la República y que ven en sus herederos actuales los beneficiarios de ese modelo insostenible. ¿El pacto bicentenario apunta hacia la liquidación de los cimientos de ese modelo de desarrollo, por otros alternativos que fomenten democracia, equidad social y ambiental?

Revisando la metodología propuesta por la tecnocracia multilateral, me deja la impresión de que no hay lugar para someter al más mínimo escarnio esos cimientos. Se advierte, por ejemplo, que ni la ética individualista -contraria a la ética solidaria necesaria para un régimen de pensiones- ni el principio mercantilista, que hoy rige el funcionamiento fragmentado e ineficiente de la atención de salud, podrán ser sometidos al cuestionamiento que debe preceder a un pacto que aspire a “cerrar brechas”. Se eximen de la discusión los principios ordenadores del Estado y sus instituciones; igual, la ética que orienta los comportamientos y moldea la vida en sociedad. Entonces, ¿cómo podemos debatir sobre el Panamá que queremos, si no partimos de la evaluación de sus cimientos reguladores y ordenadores? ¿No saben los diseñadores de la propuesta que, si esto no se pone por delante, todo lo demás terminará en cambios para no cambiar?

Se evidencia, que quienes conducirán este proceso están matriculados con los diversos esquemas de razonamiento y práctica social que soslayan la participación de sujetos sociales organizados del pueblo, que son los que en la historia han impulsado las transformaciones realmente significativas de una sociedad. A contrapelo, la metodología planteada dice de un proceso en el cual las opiniones las aportan los ciudadanos vistos individualmente, aunque digan ser parte de organizaciones que representan categorías o sectores de la sociedad. Esto es una negación de una ley científica del comportamiento de las sociedades, en la cual no son los individuos los que hacen la historia, sino conglomerados de la sociedad que representan intereses de clases sociales, a través de movimientos sociales en ocasiones, impulsados gracias a su identidad étnica, generacional, de nacionalidad u otra.

Me imagino la “olla de grillos” -todos gritando a la vez, ninguno escuchado- que se formará desde la segunda fase y en la penúltima fase de consulta, cuando el grupo de “ilustrados” -al decir de Emmanuel Kant- haya decidido cuáles temas y opiniones son los que merecen hacer parte de la redacción final de las propuestas del pacto.

Si todo estará conducido a través de la famosa fórmula informática “Ágora”, el proceso dialógico tendrá coartados los intercambios consabidos que llevan a consensos. Los consensos sobre tópicos que expresan intereses contradictorios, ¿podrán ser dirimidos con la naturalidad y facilismo desde una impersonal plataforma diseñada por humanos que están alineados con alguno de esos intereses? Como nos los describe la señora Franceschi, así será. Como lo vemos, a falta de mayor información, parece haber una verdad detrás de esa verdad, que los científicos comprometidos con el pueblo, estamos obligados a desvendar.

Así, solo atendiendo al tema de la metodología, abonado de tecnocratismo puro, se bosqueja un horizonte que no promete cumplir con el reto que planteó su presentadora: el de la generación de confianza, harto necesaria para no devenir el proceso en un cuasidiálogo más.

Sociólogo y docente de la UP.