Temas Especiales

17 de Jun de 2021

Avatar del Maritza Mosquera de Sumich

Maritza Mosquera de Sumich

Columnistas

Avaricia: veneno que corroe la cosa pública

"¿Y por qué tanta avaricia o codicia, y en particular, con la cosa pública? La codicia, que también es conocida como avaricia, es la tendencia a ser egoísta, tacaño y de acaparar todo para uno mismo"

“Lo que nada nos cuesta, hagámoslo fiesta”, era una frase que desde muy pequeña repetía mi difunta madre, doña Juana, mujer sabia, cuando veía el derroche que hacíamos con lo que no era nuestro o no habíamos comprado. Cuánta sabiduría sobre una realidad que no excluye a ningún habitante de nuestro hermoso país.

Este aforismo, es decir, frase o sentencia breve y doctrinal que se propone como regla en alguna ciencia o arte, encierra muchos comportamientos que se han convertido en cotidianos y muy normales y llevados al extremo de ser muy reales en la administración y manejo de la cosa pública.

¡Cuánto ha cambiado todo con el correr de los años!, por ejemplo, en la antigua Roma todo delito que se cometía contra la res pública, lo sentenciaban a la pena máxima, que era la pena de muerte y quienes la realizaban eran los lictores, ya que el ofendido era el Estado, y se consideraba que era una traición a la patria; asimismo era calificado como un delito grave en flagrancia contra la sociedad.

Sin embargo, en nuestro país, si bien la ley establece sanciones penales por corrupción de funcionarios, el Gobierno, generalmente, no implementa la ley de manera efectiva, señala la sección 4: Corrupción y falta de transparencia en el Gobierno, del documento Informes nacionales de 2020, sobre prácticas de derechos humanos en Panamá, publicado el miércoles 31 de marzo. Según el reporte, el Ministerio Público continuó investigando las denuncias de corrupción contra funcionarios, pero los tribunales desestimaron casos de corrupción de alto perfil, debido a la “falta de pruebas” o los “errores de procedimiento” de los fiscales. Resumen: a nuestro juicio, las razones son obvias, nadie se pone la soga en el cuello por “motu proprio”.

¿Y por qué tanta avaricia o codicia, y en particular, con la cosa pública? La codicia, que también es conocida como avaricia, es la tendencia a ser egoísta, tacaño y de acaparar todo para uno mismo. Una persona que es codiciosa querrá tener más de lo necesario o merecido, sobre todo cuando se trata de dinero, riqueza, alimentos u otro tipo de posesiones. La codicia también es conocida como avaricia. Epicuro sentenció lo siguiente: “¿Quieres ser rico? Pues, no te afanes en aumentar tus bienes, sino en disminuir tu codicia”.

En realidad, cualquier sociedad gobernada por la avaricia, uno de los tres venenos, según la filosofía budista y, de los siete pecados capitales en la tradición católica, y que vive con el miedo básico a no tener sin darse cuenta, irá hacia la autodestrucción. Ahora bien, la avaricia también puede ser algo normal. Para Richard F. Taflinger, en su libro “La base sociológica de la avaricia”, la codicia puede ser algo que nos ayude a sobrevivir, implica el deseo como algo que no puede ser perjudicial. El problema es cuando la codicia se torna en la búsqueda impulsiva, descontrolada y frustrante, centrada en la satisfacción de los deseos propios, incluso a costa de la felicidad ajena.

En el nivel individual, socava la felicidad, dificulta el mantenimiento de relaciones interpersonales positivas y obstaculiza el desarrollo de la creatividad. En el plano social, se convierte, por ejemplo, en causante del conflicto, la opresión, la destrucción ambiental y la desigualdad.

Como actitud tóxica no es posible erradicarla, porque anida en el corazón y porque tiene su lado positivo, hay que frenarla o controlarla para que no ocasione los daños mencionados anteriormente. Lo primero es encontrar el motivo por el que se siente la codicia para poder curar esa herida emocional. Una de las formas es desarrollando un espíritu de ofrenda o contribución. Retribuyendo los favores recibidos, participando en actividades de mejoras en la comunidad, aumentando el valor de la generosidad sobre la riqueza material, porque ayudar a los demás nos hará sentir una vida plena y llena de felicidad. Es más, las últimas investigaciones en neurociencia están demostrando que aquellos que más se preocupan por los demás, presentan índices más elevados de felicidad.

Finalmente, un consejo para los funcionarios, políticos, gobernantes, empresarios y por qué no, cualquier persona común que haya hecho propio el aforismo “lo que nada nos cuesta, hagámoslo fiesta”, como una verdad de a puño en su vida, es necesario reflexionar sobre la ley de causa y efecto en la vida, la cual es inexorable, toda acción genera una reacción. Lo que envías te regresa y muchas veces, el doble. También, recomendamos analizar el poema de Antonio Machado:

“Caminante, no hay camino,

se hace camino al andar.

Al andar se hace el camino,

y al volver la vista atrás

se ve la senda que nunca

se ha de volver a pisar.

Caminante no hay camino

sino estelas en la mar”.

(*) Catedrática universitaria, presidenta de Confiaro, presidenta honoraria de Apreppa y miembro de la SGIP.