20 de Oct de 2021

Columnistas

Regresemos a la normalidad

“Necesitamos regresar a la normalidad sin adjetivos. Es hora de levantar las restricciones que quedan”

Poco a poco se ha ido levantando algunas restricciones importantes. El toque de queda en la mayor parte del territorio del país. La toma de temperatura corporal al ingreso a establecimientos, y los pediluvios. También se flexibilizó distanciamiento mínimo en escuelas, de 2 a 1 metro, con lo que se ha facilitado que algunas escuelas particulares hayan podido retomar clases presenciales con mayor aforo de estudiantes. Todos estos son avances, pero falta levantar restricciones.

La pantalla facial en el transporte público implica una carga considerable para sus usuarios. No es algo que uno pueda meterse al bolsillo del pantalón -o la cartera de la mujer- cuando no la está usando. Quien usa transporte público usualmente también tiene que caminar importantes distancias en la vía pública. Tener que caminar con ese objeto en la mano, no es algo cómodo ni práctico. Sobre todo, si la persona ya tiene que cargar con maletín, cartera, paraguas. La pantalla facial, además, interfiere con la vista y, a pleno sol tropical panameño, se convierte en un invernadero sofocante para quien tiene que llevarlo puesto, porque ya se ha quedado sin manos al tenerlas ocupadas. Y todo esto, sin un correspondiente beneficio. La pantalla facial, igual que las mamparas de acrílico en espacios cerrados, no contribuyen en lo absoluto a impedir ni mitigar riesgo de contacto con aerosoles. Haga la prueba siguiente: colóquese una pantalla facial de esas, y luego sitúese al lado de una persona que esté fumando. Verá que el olor a cigarrillo no se hace menor con la pantalla facial puesta que sin ella. Esa pantalla facial que no hace nada para impedir que las partículas de humo distribuidas en el aire ingresen a sus vías respiratorias, no puede ejercer ningún tipo de impedimento para que usted inhale aerosoles que se distribuyen en el aire con dinámicas esencialmente indistinguibles -para efectos prácticos- del humo del cigarrillo. De hecho, la pantalla facial obstaculiza y ralentiza el que la brisa despeje el humo -y aerosoles- de las inmediaciones de vuestra nariz, manteniéndolas allí por más tiempo y por tanto aumentando la probabilidad de que usted las inhale en mayor cantidad. Esa es la razón por la que cuando hay un olor desagradable en la sala, usted corre a abrir la puerta de la sala y de la cocina, aunque ya las ventanas estén abiertas, y hasta levantaría las paredes si pudiera. Pues del mismo modo, la pantalla facial no impide que ingrese el humo de quien fuma sentado a su lado, pero sí obstaculiza el despeje de ese humo del área inmediata a su nariz. En el caso de las mamparas acrílicas separadoras de espacios en oficinas, aplica lo mismo, dichas mamparas son completamente inútiles en el mejor de los casos, y en el peor y más probable -por lo ya explicado arriba- es que netamente incrementen el riesgo que se busca reducir. Mamparas y pantallas faciales son, pues, puro perjuicio y ningún beneficio.

La mascarilla. Creí en marzo de 2020 que sería utilísima. La evidencia posterior riñe con cualquier posible beneficio del uso generalizado de mascarillas. La mascarilla es inútil para controlar epidemias, y solo seguimos con ella como medida poblacional por la misma inercia que nos ha llevado a no reconocer que los encierros y en general el resto de las medidas fueron inútiles. Pero además el daño que causan es muy palpable. Varios dermatólogos han señalado que el uso prolongado de mascarilla está causando cuadros de condiciones en la piel en muchas personas. Niños y adultos. Cualquier condición dermatológica en el rostro como acné, alergias u otras que se están dando, afectan negativamente la imagen de la persona, y por tanto pueden impactar su autoestima. En el caso de niños pequeños en edad prescolar, además, la mascarilla que llevan sus compañeros y sus cuidadores adultos impide al niño percibir expresiones faciales que son fundamentales para su adquisición de habilidades de lenguaje y teoría de la mente. Esto no es poca cosa, y es muy difícil conocer en este momento el impacto que pueda tener en el largo plazo, el hecho de que toda una generación esté siendo inhibida en su adquisición de lenguaje y teoría de la mente, dos cosas fundamentales para todo lo que nos hace humanos. Pero asumir que ese impacto será nulo, es ingenuo e irresponsable. Como mínimo, deberíamos eliminar el uso de mascarilla en niños menores de 6 años. En Europa ningún país las impuso para ese grupo etario. La mayoría de los países europeos ni siquiera las impuso tampoco en el grupo de 6-11 años, ni aun en salón de clases. De los países llamados ricos, Estados Unidos es el único en que se ha considerado sensato hacer obligatorio el uso de mascarillas para niños desde los 2 años. En Panamá, hemos copiado en esto -como en tantas otras cosas- a Estados Unidos, y no al mejor modelo europeo, mucho menos intrusivo en la vida y salud de los niños.

Necesitamos regresar a la normalidad sin adjetivos. Es hora de levantar las restricciones que quedan.

Abogado

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