02 de Dic de 2021

Columnistas

Armonía cósmica y mundo humano

“[…] respecto de la naturaleza que nos permite existir, tenemos la obligación de promover equilibrios benéficos para nuestra generación, y también para las generaciones futuras […]”

Los antiguos pensadores griegos, sobre todo los pitagóricos y Platón, describían el universo como algo armónico, bello, bien ensamblado. Al mismo tiempo, constataban la variedad del mundo humano, que no se caracteriza espontáneamente por la armonía, pues alcanzarla solo resultaba posible a base del esfuerzo personal y comunitario.

En cierto modo, esas ideas han llegado hasta nuestro tiempo, sobre todo entre quienes defienden que la naturaleza, los seres vivientes no humanos, se regularían de modo espontáneo y armónico, mientras que los humanos necesitaríamos trabajar seriamente para evitar daños ambientales y para armonizarnos con el ecosistema.

Este tipo de reflexiones parte de dos presupuestos importantes. El primero, considerar lo natural como dotado de una cierta perfección o armonía que merece ser respetada y protegida. El segundo, considerar lo humano como algo libre e indeterminado, abierto a opciones buenas o malas.

En esa perspectiva, de modo semejante a lo que enseñaron los pitagóricos y Platón, sería visto como bueno aquello que nos permita tutelar el ambiente, que nos lleve a conservar los equilibrios evolutivos y construir sociedades armonizadas entre sí y con la naturaleza.

En cambio, sería malo todo aquello que genere desarmonía, desorden, destrucciones arbitrarias del hábitat y de los ecosistemas, contaminación, y tantas otras consecuencias de acciones humanas opuestas a la armonía.

Algunos podrán criticar este tipo de planteamientos como dualistas. Por un lado, lo natural quedaría caracterizado como algo automáticamente bueno, capaz de prolongarse a lo largo de los años en equilibrios evolutivos complejos, pero beneficiosos para el conjunto.

Por otro lado, lo humano sería lo no natural, en el sentido de que los seres humanos tendrían características peculiares que pueden llevarlos a asumir libremente lo natural (y protegerlo), o a tratarlo como material disponible al propio antojo (hasta el extremo de dañar gravemente el planeta).

Sin profundizar en el importante estudio sobre si exista o no algo en los seres humanos que los coloque “por encima” o “en contra” o “separados” de lo natural, lo cierto es que necesitamos construir modos de vivir armónicos, sea entre nosotros mismos en cuanto seres humanos, sea respecto al mundo en que vivimos.

Cuando falta la armonía en el propio interior, en los diferentes polos o fuerzas que nos caracterizan, se producen guerras entre las diferentes partes de la psique, hasta el punto de que se generan tensiones y conflictos entre deseos, entre ideas, entre emociones, y otras dimensiones humanas.

Cuando falta la armonía en los grupos humanos, surgen tensiones, conflictos, luchas, que tanto sufrimiento han generado y generan, precisamente porque no se logran puntos de convivencia equilibrada, la cual empieza a ser posible desde la búsqueda de la justicia, y con el refuerzo (indispensable) del amor.

Cuando la armonía se rompe entre lo humano y las demás formas de vida que conviven con nosotros en el planeta, incluyendo el medio ambiente que las hace posibles, se provocan daños que, a corto o largo plazo, perjudican al conjunto, lo cual incluye también a los mismos seres humanos que causan desajustes planetarios.

“Cuando la armonía se rompe entre lo humano y las demás formas de vida que conviven con nosotros en el planeta, incluyendo el medio ambiente que las hace posibles, se provocan daños que, […], perjudican al conjunto […]”

La armonía cósmica merece, por lo tanto, nuestra atención. A través de la misma está en juego la salud y la misma supervivencia de las sociedades humanas, pues somos parte de este universo rico y complejo en el que vivimos.

Por eso, respecto de la naturaleza que nos permite existir, tenemos la obligación de promover equilibrios benéficos para nuestra generación, y también para las generaciones futuras que, esperamos, asuman el reto de cultivar la armonía entre sí y con el cosmos que hemos recibido como herencia.

Sacerdote y filósofo.

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