06 de Dic de 2021

Columnistas

El clientelismo en la historia política

“Ese modelo clientelar se encuentra, y sobrevive, en cualquier sistema político en el cual no existe una administración pública profesionalizada y sustentada en un sistema de méritos […]”

El clientelismo es la práctica política que promueve la obtención y mantenimiento del poder, asegurándose fidelidades a cambio de favores y servicios (RAE). Así, como fenómeno político, el clientelismo deriva en una serie de relaciones informales, en un modelo desigual de poder en donde una de las partes (patrón) proporciona bienes materiales y amparo a otra persona (cliente), quien, a cambio, provee a aquel de lealtad y apoyo político.

Si bien, un lejano antecedente de este vicio del sistema republicano puede encontrarse en la Atenas del siglo V AEC, bajo la figura del evergetismo (que conceptualmente sería distinto al clientelismo) vigente a partir de la Guerra del Peloponeso y el derrocamiento de los Treinta Tiranos, donde la elite estaba vinculada a un deber cívico y desinteresado de distribución de la riqueza, pero que trascendió a una relación de agradecimiento al potentado por sus aportes a la polis y, en consecuencia, terminar en formas de obtención de beneficios personales para el evergeta o sus familiares.

Más familiarizados estamos con la relación clientelar en la República Romana y en el período del alto Imperio. Donde la población más pobre, al margen de la efectiva protección legal, busca en el patriciado la tan necesaria tutela que los pobres medios del plebeyo le impedían acceder. Dicho fenómeno, inicialmente propio de las relaciones de clanes y tribus, se amplió con el crecimiento de estas y la incorporación de nuevos territorios. Con ello, la clientela derivó, particularmente a finales del período republicano, en un sistema de lealtades de naturaleza personal que se expresaba en el apoyo a las candidaturas a los puestos políticos, siendo objeto del desprecio de Juvenal, quien socarronamente se mofa de la situación del cliente y cómo renunciaba su dignidad, a favor de su patrono y a cambio de bienes materiales (“Sufre, pues, tanta afrenta resignada, ya que a sufrirlas rebajarte quieres”).

Pero objetivamente hablando, es hasta el advenimiento de modernos sistemas políticos cuando el clientelismo adquiere los ribetes que hoy nos ocupan (y preocupan) y que revisten las características de la definición que utilizamos, con la creación de las maquinarias políticas de los partidos republicano y demócrata en el siglo XIX estadounidense.

No olvidemos que los primeros modelos de sufragio se restringían a la parte de la población masculina tenedora de propiedades, generando lo que BURKE denominó “conexiones honorables”, donde los incipientes partidos políticos actuaban en interés de grupos de poder y la afinidad a los conceptos que acuerpaban esos grupos organizados. En este ambiente “los candidatos compraban su ingreso al gobierno con pagos a los gobernados y luego se compensaban a ellos mismos con los fondos públicos extraídos de -entre otros- las personas a las que habían pagado sus sobornos” (Morgan, La invención del pueblo).

Sin embargo, es con la ampliación de la base electoral, a partir de 1824, (a los varones de raza blanca) que el sistema encuentra una gran cantidad de votantes en las áreas marginadas de la economía y cuya lealtad precisa desesperadamente para acceder, o mantener, los puestos de poder, iniciando un proceso por el cual el partido advierte la “necesidad” de ofrecer beneficios y canonjías a corto plazo, a cambio de la activación y participación del nuevo electorado en el sistema político, aquí los operadores políticos ejercen el patronazgo, en nombre del partido, y premian la lealtad y los votos (KEANE), famoso se haría el Círculo Tweed y Tammany Hall en la política de Nueva York en la segunda mitad del siglo XIX, pero el fenómeno se mantendría -principalmente en los cargos municipales- durante la mitad del siglo XX.

Resulta obvio que la ampliación de la administración, consecuencia de la necesidad nacida de una creciente modernización, ofreció a los partidos políticos una fuente importante de cargos, disponibles para gratificar la lealtad de sus seguidores. El puesto público se convirtió en moneda de pago, mucho más allá de aquellos que, por la naturaleza propia del relevo de poder se podía esperar y la administración del Estado se transformó en una herramienta que facilitaba la asignación de recursos para mantener satisfecha, y acaso ampliar, la base de electores.

No fue sino hasta la promulgación de la Ley Pendelton (1883) que se inicia un proceso de modernización de la administración federal que tomaría décadas y entre cuyos antecedentes estuvo, irónicamente, la muerte de un presidente (Garfield, 1881) en manos de una persona que se sentía molesta por no haber logrado un nombramiento.

Ese modelo clientelar se encuentra, y sobrevive, en cualquier sistema político en el cual no existe una administración pública profesionalizada y sustentada en un sistema de méritos, con una pobre institucionalidad, deriva invariablemente hasta convertirse en corrupción donde los políticos distribuyen los recursos públicos, siendo su interés el parámetro de las decisiones.

Abogado

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