01 de Dic de 2021

Columnistas

Urgencia de otra cruzada civilista

“Sin lugar a duda, hace falta una vehemente nueva Cruzada Civilista. Y hace falta ya, y no cuando san Juan agache el dedo”

Admiro programas televisivos y radiales como “Mesa de Periodistas” y “Cuarto Poder”, que se transmiten cinco días a la semana, porque quienes participan en ellos evaluando lo bueno, lo malo y lo feo de los sucesos diarios en Panamá y en el mundo son profesionales del periodismo y del mundo de las ideas que no temen llamar a las cosas por su nombre y denunciar las muchas triquiñuelas y arbitrariedades que se dan en los diversos órdenes del devenir político, social, financiero y cultural. En ambos programas, con gran responsabilidad se mantienen informados y sus comentarios y evaluaciones suelen calar en la opinión pública, a veces con la presencia de invitados especiales. Una diferencia abismal a lo que sucede con no pocos espacios chapuceros, sobre todo en la radio y en las redes.

Las contradicciones constantes del sistema judicial; los negociados que se manejan tras bastidores entre empresarios y políticos; los favoritismos partidarios que con el mayor descaro rigen diversos aspectos del desempeño del país y las muchas variantes en que se hace evidente el avance incontenible de la corrupción, son temas que suelen abordarse pero que rara vez se resuelven. Y como es sabido, una de las piedras en el zapato de nuestra frágil democracia es la permanente actitud desconsiderada, a todos los niveles, de buena parte de nuestros diputados.

Por más que siempre haya sido así, la mezquindad, la irreverencia y la desfachatez de la mayor parte de nuestros políticos es un cáncer que en vez de hacer metástasis en sus almas podridas, acaba cercenando la vida de grandes segmentos de la población que, o no se dan cuenta de nada porque se dejan engañar contentándose con migajas, o callan a pesar de sus males sociales crecientes tratando de no desaparecer del mapa antes de tiempo debido a la mala leche de los gobiernos de turno.

Quienes creen que es imperativo mantener el clientelismo para asegurar los votos cada cuatro años, reservar oculto de dónde salen montones de dinero que financian las campañas electorales, desoír la inminente necesidad de instaurar la paridad de géneros en todos los asuntos claves del país y continuar nombrando no-electos diputados so pretexto de cocientes o residuos escabrosos en los procesos de votación, entre otras desfachateces, están más perdidos del mundo de la decencia que el hijo de Lindbergh, y acabarán pagando las consecuencias de su malhadado nomeimportaísmo recurrente, abierto o solapado.

Por desgracia, en este momento incierto de la historia negar que buena parte de nuestros Diputados son los que ostentan, ya sin ocultamientos, los más encumbrados sitiales de cinismo y corrupción en la historia de la República sería como negar que este es un país tropical bañado por dos altivos mares. Salvo el reducido grupo de los independientes, la mayor parte de los demás no legislan para el pueblo sino para sus propios bolsillos. Es imposible negar esta verdad de a puño. Ni ellos mismos la niegan ya. Pero tampoco se puede ignorar que a menos de que hagamos pronto algo drástico al respecto, nuestro país está destinado a sucumbir bajo el peso de su propia incapacidad.

Por supuesto, otra cosa que hace falta es acabar con la ley, deliberadamente tramposa como muchas otras, creada hace años por quienes exigen ser siempre juez y parte. No es posible que los Magistrados de la Corte Suprema de Justicia continúen juzgando a los Diputados acusados de delitos graves y viceversa, dando por obvio resultado que no pase absolutamente nada. Corrupción, pues, en grado sumo de parte y parte. Acaso, la más evidente, porque hay muchas otras maneras de salirse por la tangente haciendo trizas la justicia como si la cosa no fuera con ellos, y en no pocas los Diputados son maestros de la manipulación.

Puede que lo antes expresado suene a ratos retórico y altisonante, pero tampoco podemos acorrientar la soberanía del lenguaje en que mejor podemos expresamos, so pretexto de que todo el mundo nos entienda. Lo que en realidad es necesario comprender aquí es que tarde o temprano este país se irá sin remedio al carajo si no hacemos algo a tiempo para impedirlo.

Así, a mi juicio, lo primero sería multitudinariamente entrar a esa Casa del Pueblo que debe ser la Asamblea Nacional, cuando el pleno de ese cónclave mayoritariamente desfachatado se disponga a discutir las reformas al Código Electoral modificando solo mendrugos para que lo principal no cambie. La dirección de la Policía Nacional y sus esbirros de siempre tendrán que echarse a un lado o ser aplastados por la sed de justicia de la muchedumbre, o elegir violentarla.

Ya no quedan vías abiertas al diálogo: difícilmente el presidente de la República vetará al final las pretensiones de sus diputados perredistas y otras facciones igualmente corruptas. Quedaría solo la Corte Suprema de Justicia, pero ¿qué se puede esperar de los actuales habitantes de ese antro?

Sin lugar a duda, hace falta una vehemente nueva Cruzada Civilista. Y hace falta ya, y no cuando san Juan agache el dedo.

Cuentista, poeta, ensayista, promotor cultural.

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