01 de Dic de 2021

Columnistas

El narcotráfico en Panamá (1)

“No podemos seguir tapando el sol con un dedo, esta realidad que vive el barrio todos los días, nos llevan al despeñadero, a la incertidumbre, sobre todo a nuestra juventud […]”

La violencia delincuencial incrementada este año, las balaceras entre bandas y los ajustes de cuenta (sicariato) perfilan un ambiente permanente del narcotráfico en el país. Hecho que se vive en los barrios marginados, donde impera la ley de las bandas, donde hay ausencia de la seguridad nacional y donde el porvenir de esta nueva generación está supeditado a los negocios ilegales del narcotráfico (trasiego de drogas, tumbes, almacenaje y ajustes de cuentas). Así se levanta gran parte de nuestra juventud, adicta a la droga, desertores de la educación primaria y secundaria, padres de familia disfuncionales siendo menores de edad, nuevos valores culturales, éticos y morales, todo circunscrito a la autoridad de la banda.

En los últimos 20 años, las pandillas juveniles (Clan del Agua, Los Hijos Pródigos, Los Toca y Muere, Mom, Tiny Toon, Los Chukis, Los Millonarios, Frente 57 y Par de Tres, entre otros) se fusionaron en dos grandes bandas antagónicas que desarrollan una aguda lucha de poder y control por el dominio del narcotráfico. Los carteles a quienes se someten, les pagan con droga, la que tienen que vender y distribuir en la región, aparte del trasiego y tumbes. Desde el año 2004 se aprobó la Ley 48, que tipifica el delito de pandillerismo, el cual lleva a las cárceles a muchos jóvenes (Operación Éxodo, Volcán, Jeremías, Caribe Dos, Galaxia, Finían, Sismo y Caminante, entre otros), las penas oscilan entre los 63 y 108 meses de prisión. Panamá, en lo que va del año, ha incautado 105 toneladas de cocaína (la banda cobra 10 % del valor del kilo por el trasiego), 7 millones de dólares en efectivo, 853 vehículos y 133 embarcaciones.

Desde mediados del siglo XX, el fenómeno del narcotráfico es un problema de orden global, con grandes repercusiones a nivel regional. Tiene la capacidad de crecer dentro de un modelo de acumulación capitalista global, de fundamento y esencia criminal con poder para desestabilizar Estados, infiltrar y corromper instituciones democráticas, generar modelos económicos, sociales y políticos mafiosos.

El narcotráfico debe ser entendido como el tráfico de drogas ilegales que son transportadas clandestinamente de un lugar a otro, posee una estructura de poder que establece relaciones de influencias en decisiones políticas, económicas y sociales del país. Puede desarrollarse a distinto nivel al interior de la sociedad, pasando del interés predominantemente económico, al interés político, momento en el cual se convierte en una amenaza directa al poder del Estado y de la sociedad. Como toda actividad ilícita, los “capos” pasan por el anonimato, la discreción, constituyéndose en la base primordial de sus potencialidades y permanencia.

Hay que entender que la economía del narcotráfico debe evolucionar en un fenómeno mafioso, al transformarse de una lógica de mercado a una lógica de poder. Por tal razón, tratan de moverse hacia lo legal, de allí la necesidad del poder político. El narcotráfico, que hoy nos somete a su estructura violenta y sanguinaria, nace en el período de posguerra (segunda), los soldados norteamericanos regresan con la necesidad de consumo de drogas, unido al proceso revolucionario cubano que acaba con el narcotráfico de la isla y que creó la necesidad de reconfigurar la geografía del tráfico de narcóticos, además del dinamismo del movimiento hippie, crean un ciclo en el que participan nuevos traficantes latinoamericanos, en donde, con el tiempo, sobresaldrán colombianos y mexicanos.

Panamá, por su posición geográfica y sus puertos, es un país de paso y de llegada atraíble para llevar la droga a mercados europeos con un precio que supera cuatro veces más que los Estados Unidos (1 kilo cuesta 150 000 dólares), además nos convertimos en narcolavadores. Somos un territorio propicio para el tráfico de drogas, pero las consecuencias negativas de este ilícito negocio son inmedibles. No podemos seguir tapando el sol con un dedo, esta realidad que vive el barrio todos los días, nos llevan al despeñadero, a la incertidumbre, sobre todo a nuestra juventud, que, sin poder resolver las necesidades básicas de su disfuncional familia, entra a la banda por unos cuantos reales. Allí trunca su porvenir, la de su nueva familia, sus nuevos amigos y el futuro de su nueva generación. Algo hay que hacer para frenar esta difícil situación de la juventud de los barrios marginados, antes de que la bala los saque del negocio y dejen a la deriva a sus hijos y compañera.

Economista

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