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22 de Ene de 2022

Columnistas

32 años después: crónica de un secuestro

“Cuento estas experiencias para que la juventud, […], sepa cómo se vivió antes de 1989 y que los desvergonzados políticos de hoy, […], pareciera que quieren que se repita todo aquel macabro pasado”

La práctica de secuestrar a opositores es común en las tiranías. No fuimos la excepción. Con Torrijos, el del sacerdote colombiano Héctor Gallego, en junio de 1971, a quien, después de haberlo secuestrado en su parroquia en Santa Fe de Veraguas, su cuerpo nunca apareció. Con Noriega, el secuestro y decapitación de Hugo Spadafora en septiembre de 1985. Hubo muchos más. A pesar de todo aquello, aún a nivel internacional no se aceptaba la existencia de una tiranía en Panamá. El régimen de Noriega, casi hasta su final, contaba con el apoyo de la CIA, que, por muchos años, lo tuvo en su planilla.

Nos costó mucho trabajo cambiar esa imagen pronorteamericana de Noriega. Ricardo Arias Calderón y yo viajamos varias veces a Washington, tratando de cumplir ese difícil objetivo de hacer cambiar de opinión a los sectores de poder sobre lo que ocurría en Panamá. Winston Spadafora, tras la horrenda muerte de su hermano Hugo, fue también artífice de ese cambio de opinión sobre la realidad de Panamá en el Senado de EUA. Mientras no se metieran con el Canal, ello era suficiente para que los gringos miraran para otro lado cuando violaciones de derechos humanos se dieran en nuestro país. Como decían de Somoza: “sabemos que es un h de p, pero es nuestro h de p”.

Los viajes al exterior de la dirigencia opositora sirvieron para sumar a muchos países a nuestra lucha, luego de la anulación de las elecciones de mayo de 1989. En ese contexto, la OEA nombró a tres cancilleres para que estudiaran las razones de la cancelación de las elecciones de ese mayo, ganadas por la oposición 3 a 1. En ese contexto viajamos a Washington, a la OEA, a principios de noviembre de ese año, Arias Calderón, el exlegislador panameñista Francisco Artola (q. e. p. d.) y yo. De allí seguí a Múnich, donde la Fundación Hans Seidel (Social Cristiana) me invitó para disertar sobre la situación de Panamá.

A mi regreso a Miami, mi familia y dirigentes de mi partido me advirtieron que, si intentaba regresar, me pondrían preso. El régimen había advertido que no se hacían responsables por lo que ocurriera a aquellos que hablaran mal de régimen afuera. Me quedé una semana allá y decidí regresar a Panamá junto con Artola. El 27 de noviembre de 1989, nos recibieron en Tocumen diplomáticos de siete embajadas: Costa Rica, EUA, Colombia, España, Santa Sede, Venezuela y Colombia.

Bordeando la noche llegamos y, sin entrar a la terminal, como nos habían advertido, nos secuestraron agentes del G-2. Nos taparon el rostro con una gruesa capucha de húmedo fieltro y nos esposaron las manos en la espalda. El camino hacia la ciudad se hizo interminable. Las amenazas no faltaron: “los vamos a echar a los perros para que se los coman”. Preocupado sí, pero sin mayor temor a esas absurdas amenazas, llegamos al G-2 de las Fuerzas de Defensa, diagonal al Cuartel Central de la avenida A. Allí estuvimos 22 eternas horas privados de la vista y esposados fuertemente.

Mi primer contacto con mis captores fue con algunos que parecían oficiales, donde me preguntaron, luego de abofetearme, cuál había sido mi papel en el intento de golpe de 1988, descrito en este mismo diario el 16 de marzo de 2021 (33 años después: 16 de marzo de1988). Quien me interrogaba me trataba con sumo respeto al llamarme profesor. Allí me percaté, por mi intuición, que el final de Noriega era inminente. Al día siguiente, me arengó alguien advirtiéndome que si seguía de subversivo me volverían a detener. No le hice ni pizca de caso. Ante mi inminente salida de prisión, me pidieron firmara un documento donde aceptaba que todas mis pertenencias eran devueltas íntegras y que no me habían torturado. Le dije que cómo diablos firmaría con una capucha sobre mi rostro. Ante su insistencia y mi deseo de largarme de allí, firmé sin ver lo que me pusieron enfrente. Sin quitarme la capucha, me subieron a un vehículo y me dejaron a una cuadra de mi casa en Punta Paitilla. Era 28 de noviembre, día libre.

A tres días de la invasión, acompañado de mi hija mayor, Edna Beatriz, de 13 años, visité al destruido G-2; quería saber dónde me habían detenido. Allí, entre los escombros, encontré mi expediente. La persecución que tenían sobre mí era tal, que hasta cuando salía al mercado de mi casa, en El Valle de Antón, estaba anotado allí.

Cuento estas experiencias para que la juventud, que hoy todo lo tiene gratis, sepa cómo se vivió antes de 1989 y que los desvergonzados políticos de hoy, por su desdén y no importa, pareciera que quieren que se repita todo aquel macabro pasado.

Analista político.