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17 de Ene de 2022

Columnistas

Decodificando valores: sentido común

“En el momento en que (las) interacciones disminuyan, es posible que disminuya también nuestra capacidad de entender al mundo a nuestro alrededor y tomar decisiones lógicas y apropiadas”

Henri Bergson, el filósofo francés, define al sentido común como “la facultad para orientarse en la vida práctica”. Pareciera hoy que la “vida práctica” tiene poca relevancia, pues lo más importante es la “percepción de la vida”, aquella en las redes sociales y la televisión, donde valoramos más la palabra de un líder o celebridad que la de nuestro amigo, padre o maestro. ¿Hemos perdido la facultad de pensar por nosotros mismos y aún peor, la capacidad de ver lo que pasa a nuestro alrededor y lo que nos perjudica?

Si el siglo XX vio un crecimiento exponencial de tecnologías, densidad y conocimiento, el siglo XXI es el de la “aldea global”. Esta facilidad en comunicaciones sin revisión o censura, sobre grandes grupos de personas, ha permitido llenar nuestras mentes con toda clase de ideas radicales, facilitando la división y la confusión. En un mundo en que cualquiera puede ser líder solo por tener algo de carisma y una popular cuenta de Instagram o Twitter (e irónicamente el capaz e inteligente puede verse mendingando solo por carecerla), es un mundo en el cual es más difícil orientarse, pues no contamos con el importante “filtro” que nos propiciaba el pastor, el jefe de la tribu o el editor del periódico.

Después de miles de años de comunicación personal usando palabras, expresiones corporales, faciales y entonación, ahora nos comunicamos más solo con palabras y emojis al estilo WhatsApp. Esta impersonalización de la comunicación entre dos personas, agravada con la pandemia, está contribuyendo a una desconexión entre las personas que sus consecuencias a largo plazo todavía no entendemos. Es posible que esta falta de contacto ya influye negativamente a nuestra mente social, inacostumbrada a esta comunicación parcial, a distancia. Siempre he considerado que cada individuo se comporta y funciona mejor cuando está rodeado de personas, quienes lo mantienen “balanceado”, ya sea en conversaciones triviales, en contactos breves, en chistes, bromas o simplemente observando a otros, en bares, en las aceras o en el lugar de trabajo. En el momento en que estas interacciones disminuyan, es posible que disminuya también nuestra capacidad de entender al mundo a nuestro alrededor y tomar decisiones lógicas y apropiadas.

Así como la modernidad nos trajo una falta de movilidad (corregida por los populares “gyms”), puede ser que nuestra mente se esté distorsionando por esta carencia de “estímulos sociales”, que necesitamos como el aire.

Informaciones sin censura más la falta de contacto personal combinadas con un mundo más conectado que cambia rápidamente, ha afectado a nuestra capacidad de pensar como individuos dentro de nuestra sociedad, convirtiéndonos en solitarios náufragos en una isla. Cuando vivimos solos en una isla, es fácil perder la perspectiva, pues cuando nuestra pequeña isla cambia, pensamos que el mundo cambia igual. Pero si cada isla cambia de forma diferente, esta desigualdad estimula la intolerancia y los conflictos, pues esta percepción colisiona con la realidad que todos vivimos en una misma isla. La pandemia ha acentuado que el más grande océano ya no nos separa. Esta dicotomía ha contribuido a una pérdida de tacto, de discreción, qué hacer, cómo hacer, qué decir y qué no decir. El humano es poco adaptable en el corto plazo, pero altamente en el largo y mientras más tiempo pasemos cada uno en su isla, peor.

No me parece extraño que ciertas personas todavía duden que el planeta es redondo, crean en extraterrestres, duden de la COVID-19 y demás locuras. Lo que me preocupa es que estas minorías se conviertan en mayorías y entonces sí estaremos en problemas. Esta virtualización y alienación entre personas empeorará, al menos que reconozcamos la existencia del problema y comencemos a implementar un plan de educación más progresivo, no solo en los niños, sino en todos, basado en el aprendizaje independiente, comprobación de ideas, investigación, duda y discusión. No podemos tomar ya nada como hecho, a menos que hayamos entendido las evidencias primero. Con el perfeccionamiento del “deepfake” (“ultrafalso”) ni en videos podemos confiar.

Así está pasando con la destrucción del planeta y el cambio climático que todavía demasiada gente cree no existe, cuando esta negación está patrocinada por las mismas compañías que se benefician de esta anarquía cognitiva, aún con la acumulación de pruebas: las islas de plástico, las sequias, inundaciones y tormentas. Yo solo espero que el momento “Eureka”, ese que tanto esperamos, como está pasando con el vehículo eléctrico y la sostenibilidad, se vuelva convencional (“mainstream”) antes de que sea muy tarde.

Arquitecto

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