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27 de Ene de 2022

Columnistas

Un vicio mortal

“Desafortunadamente, hoy, veinte jóvenes, entre los doce y dieciocho años, tomarán la decisión básica de fumar o no. Y tres decidirán fumar, […]”

La lamentable historia del cigarrillo es la de una adicción mortal que ha sido adoptada por millones y millones de personas con un espíritu de inocencia infantil. Es una historia que también es relativamente breve. Los cigarrillos comenzaron a fabricarse extensamente al inicio del siglo pasado, pero no fue hasta después de la Primera Guerra Mundial que superaron al tabaco de mascar, así como a las pipas y los puros, en el consumo “per cápita”.

La popularidad de los cigarrillos fue inevitable y abrumadora. No eran ofensivos en espacios reducidos como pipas y puros. Eran fácilmente portátiles. No se veían repugnantes e indecorosos en la boca de una dama. Eran baratos de fabricar y se podían inhalar, aunque el mismo hecho de la inhalación aumenta su poder adictivo.

Lamentablemente, pocos sospecharon las consecuencias en términos de salud hasta mucho después de que el tabaquismo ganara su impulso colosal. Que este tipo de vicio es una de las principales causas de cáncer de pulmón, que también es un factor causante principal de muertes por enfermedad de las arterias coronarias, bronquitis, asma y enfisema, entre otras aflicciones, se estableció y por primera vez publicitado en los años 60. El efecto nulo que este conocimiento tuvo sobre la conciencia pública se desprende del hecho de que las ventas en 1960 alcanzaron la suma galáctica de un millón de millones de cigarrillos, doscientos mil millones más que en 1955. Cifras que siguieron creciendo hasta llegado el inicio del siglo presente.

Hay algo históricamente válido en la idea de que fumar cigarrillos coincide con un aumento del cáncer de pulmón. Nunca los seres humanos, en un espacio de tiempo tan breve y en una multitud tan grandiosa y sin malicia, abrazaron un vicio cuyos efectos nocivos no solo superarían totalmente las escasas satisfacciones, sino que acelerarían la muerte de una gran proporción de la gente que se entregó a ella.

Ciertamente, y parece haber pocas dudas de que cuando el Informe del Cirujano General se publicó en 1963, solo la lluvia radiactiva superaba al tabaquismo en gravedad como problema de salud pública. “La conclusión es ineludible”, comienza el Informe. “Vivimos en medio de una gran epidemia de cáncer de pulmón. Esta epidemia afecta primero a los hombres y con mayor dureza, pero también a las mujeres. Y hay motivos para creer que lo peor está por venir”. El Informe cita datos basados en un extenso estudio de fumadores y no fumadores, donde se encontró que la tasa de mortalidad por todas las causas se duplicó entre los fumadores empedernidos en el grupo de hombres de 55 a 75 años, y se cuadruplicó en el grupo de hombres de 35 a 55.

Pero si el Informe es espléndidamente eficaz como advertencia, también puede leerse por sus conocimientos sociológicos. Ciertamente, la historia del comercio tiene pocos ejemplos de abdicación de responsabilidad tan vergonzosa como la mostrada por la industria tabacalera, cuando, en 1962, el “miedo a la salud”, como se le conoce con tanta gracia en el mercado de tabaco, provocó la crisis que alcanzará un punto crítico en el Informe del Cirujano General. Parece claro que la industria, en lugar de intentar prevenir lo inevitable con sus mentiras y evasiones, pudo haberse desempeñado con cierto honor si hubiera tomado lo que el Informe llama las únicas opciones factibles: haber instado a la precaución a los fumadores, haber dado dinero a organizaciones de investigación independientes, haber evitado la propaganda y la controversia en favor de una investigación imparcial. Como mínimo, la industria pudo haber pedaleado suave o, de hecho, silenciado su discurso para los jóvenes. Pero el pánico y la codicia dominaron la reacción, y durante las tres décadas desde que se hizo público el vínculo entre fumar y el cáncer de pulmón, la posición oficial de la industria fue que, en lo que respecta al cáncer de pulmón, el villano es cualquier cosa menos el cigarrillo.

Mientras tanto, este año se gastaron en Panamá más de $70 millones de dólares en cigarrillos, a pesar de todas las advertencias y regulaciones existentes. Y más de mil cien personas murieron como consecuencia de este terrible vicio, ni hablar de los cientos de muertes registradas por COVID, ya que los fumadores tienen un factor de riesgo mucho mayor en estas enfermedades virales que el resto de la población. Desafortunadamente, hoy, veinte jóvenes, entre los doce y dieciocho años, tomarán la decisión básica de fumar o no. Y tres decidirán fumar, y la realidad es que ni el Informe del Cirujano General, las advertencias de salud o las estadísticas de mortalidad podrán hacer nada al respecto. Este vicio mortal es tan fuerte que una vez lo tienes, es muy difícil soltarlo. Y es lo más parecido a la misma muerte en vida.

Empresario, consultor en nutrición y asesor de salud pública.