Temas Especiales

23 de Ene de 2022

Columnistas

Las paradojas de ómicron

“En Panamá se estudian indicadores sospechosos en varias personas y se ha declarado su presencia en suelo nacional. Esto supone alertar y disponer medidas drásticas […]”

La palabra ómicron está llena de paradojas que van desde su etimología hasta su aplicación actual en las políticas sanitarias. Es el nombre que designa la letra “o” pequeña en el alfabeto griego. Ocupa el lugar decimoquinto y se diferencia de la otra “O”, que se llama omega y cuyo sonido es más largo. En esa cultura no se pudo asimilar el sonido propio que se remontaba a los fenicios y hubo que crear su fonética y el nombre.

Asombra en su prosodia porque, no obstante, su terminación “cron”, tan fuerte, ella es esdrújula y se acentúa en la primera vocal, “o”, muy suave en la palabra. Por esa razón, en la mayoría de los noticieros, resulta difícil pronunciarla correctamente y hacer el énfasis sobre la sílaba. Los locutores se dejan llevar por la apariencia y se imaginan una tilde que haría agudo el concepto.

Siguiendo con la costumbre de nombrar las variantes del virus COVID, con las letras del alfabeto griego, se utilizó la menos mencionada de ellas, ómicron; quizás por ser la más parecida a la letra latina “o”, que por sus características se confunde con la cifra 0. Hay que mencionar la multiplicidad de usos que, en las corporaciones científicas, mantiene esa simple letra en forma de círculo cerrado.

Una nueva forma virulenta ha adquirido ese mal, que nos aqueja desde hace poco más de un año, en todo el planeta. Ahora se ha configurado en Sudáfrica y se expande por los diferentes territorios; en algunos, abre una sexta oleada y pone en jaque a los científicos que deben estudiar su composición, darle trazabilidad, para determinar el nivel preciso de afectación y los modelos a seguir para combatir los grados de morbilidad y mortalidad.

Es así como la Organización Mundial de la Salud (OMS) denominó ómicron la nueva variante del coronavirus surgida el 9 de noviembre en la capital africana, que ya había sido cuna de otra cepa del mismo mal (beta). La sospecha de que fuera más amenazante que sus predecesoras, hizo que se le bautizara de esa manera y, así, seguir con la tendencia. En un principio se conocían según el país en que surgían y luego se cambió a letras griegas.

Dos variantes han nacido en América Latina: la gamma en Brasil y la lambda en Perú. En este ordenamiento, resulta curioso que otras dos letras no se utilizaran. La “xi” porque se parece al nombre del presidente chino Xi Jinping y la “un”, que se asemeja a las palabras “un”, desnudo y parecido a nuevo (en francés) y para algunos países es un apellido común. Por ello se saltó a ómicron.

La OMS expidió un comunicado para advertir que se prefiere “evitar ofender a cualquier grupo cultural, social, nacional, regional, profesional o étnico”.

En consecuencia, se han iniciado estudios para determinar la agresividad y las perspectivas de sus efectos sobre los organismos humanos. Aunque algunos sugieren que los resultados de su contagio son más leves, hay investigadores que advierten sobre su potencial capacidad de daño.

Cuando se contrae un resfriado común es posible combatirlo con medicamentos apropiados y determinar su diferencia del coronavirus. Esta variante ómicron implica un rápido avance y ocasiona afección de garganta, congestión nasal, dolor de cabeza y es complicado diferenciarla de otro tipo de malestares, sin realizar una prueba pormenorizada. De allí su eficacia para alcanzar mutabilidad (cambios y alteraciones que pueden confundir).

Por esta tendencia a enmascararse, cuando los expertos hacen las pruebas, se descarta que se trate de casos con implicaciones de “delta”. Un análisis más profundo demostrará que es ómicron. En Panamá se estudian indicadores sospechosos en varias personas y se ha declarado su presencia en suelo nacional. Esto supone alertar y disponer medidas drásticas para prevenir la nefasta ola de un mal lleno de paradojas.

Periodista