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23 de May de 2022

Columnistas

Variantes pandémicas que se eternizan

“¿Se puede crear en pandemia? Hasta el momento yo lo he hecho. Mientras no nos esté drenando de forma directa y permanente, sí”

Hace muchísimos años, me hizo mucha gracia la ocurrencia de un amigo el día que me dijo, con cara de auténtico preocupado: “¡Te has fijado que se está muriendo un montón de gente que no se había muerto nunca antes!”. La tragedia que hoy azota a la humanidad debido a los efectos, a menudo letales de la COVID-19, causando desolación a millones de familias inocentes, me produce una inmensa tristeza y un sentido de solidaridad como nunca antes en mi vida. También un deprimente sentimiento de pequeñez existencial, de inutilidad.

Porque cada vez que parece atenuarse un poco la situación por diversos motivos -todos discutibles a pesar de lo que diga la ciencia-, vuelve a surgir una ominosa nueva ola, nuevas variantes o mutaciones, y la inseguridad vuelve por sus fueros en cada país, en cada negocio, en cada hogar, en cada persona.

Creemos saber lo que hay que hacer para cuidarnos, al igual que a nuestros familiares -triple vacunación, uso correcto de mascarilla, aislamiento social, higiene de manos-, pero el virus maldito no ceja en su afán de destruir la paz individual y colectiva, y de paso la economía mundial. Y es que cada vez que parece abrirse una ventana para que podamos respirar mejor, no demora en cerrarse una enorme puerta, y para colmo haciendo mucho ruido. Tal parece que los vaivenes pandémicos se eternizan. Y obviamente, así no es posible avanzar.

Al estar jubilado, y tener ya pocos compromisos sociales, puedo darme el lujo de encerrarme a escribir a cualquier hora, sin medir el tiempo, sobre temas muy diversos, dando rienda suelta a la imaginación. A veces, sin duda, se trata de un mecanismo de evasión a fin a mi gusto permanente por la escritura creativa. Otras, nada tiene que ver. Pero finalmente sé muy bien que escribir no remedia los males del mundo de los cuales suelo estar pendiente; sobre todo en sus diversas modalidades pandémicas.

Y es cuando un creciente sentido de indefensión me permea frente a tanto sufrimiento ajeno, sumado a otros males, como la creciente impunidad nacional frente a la corrupción que va en aumento junto con las mentiras de los políticos, multiplicándose con impunidad a todos los niveles -un cinismo que no cesa-, que más bien limita mi libertad creativa, la atrofia, además de que como es lógico que ocurra, la falta de ejercicio que va con la exagerada inmovilidad sedentaria de quien se sienta por horas a escribir ya empieza a causarme estragos de salud que debo necesariamente revertir a tiempo.

No sé si la solución es no ver ni oír noticias, fingir demencia ante todo lo malo que ocurre. Evadirme por completo. Lo que sí sé es que en esta coyuntura escribir me ayuda y me frustra a un mismo tiempo. Es como ocurre en las buenas obras de ficción: realidad e irrealidad conviven, intercambian elementos, se convierten en un solo magma: la realidad se torna literariamente ficticia y lo imaginario se convierte en atrozmente real. Y heme aquí una vez más escribiendo: buscándole la quinta pata al gato, tratando inútilmente de salirme por la tangente sabiendo que este mundo hostil que nos vive en realidad no es redondo sino tajantemente cuadrado; y que de alguna siniestra manera estamos encerrados en él.

Pensaba poder socializar más este año, organizar eventos culturales, presentar libros, tanto míos que acaban de salir y aún no están siquiera en librerías, como de otros autores para cuyas nuevas obras quisiera fungir como editor, como prologista, como promotor, porque por suerte el talento literario nacional sigue brotando, no de abajo de las piedras, sino de la fuente original: el talento de sus autores; pese al ambiente negativo.

Pero como van las cosas con la reciente presencia ominosa de las variantes delta y ómicron, la tenaz presencia del virus podría perfectamente confabularse para impedirlo por un buen tiempo, para volver a paralizar la salud y la economía del país. Para encerrar otra vez a la gente, desinflar los ánimos, subvertir los recientes goces de la esperanza. ¡Qué triste sería!

La vida de un escritor puede parecerse mucho a la de ciertos personajes y situaciones de sus obras, pero no necesariamente. A menos que una obra suya se trate en realidad de una autobiografía declarada o disfrazada, sus personajes deberían parecerse lo menos posible a él, aunque alguno pueda tener rasgos similares. Porque el genuino trabajo de creatividad, de ingenio, de lograr hibridaciones novedosas consiste, más bien, en lo contrario: poder dar vida a seres que antes no existían y que no obstante son genuinos, simpáticos u odiosos; que se dejan querer o maldecir por los demás personajes y por el lector.

¿Se puede crear en pandemia? Hasta el momento yo lo he hecho. Mientras no nos esté drenando de forma directa y permanente, sí. Pero de una manera u otra habrá tristeza y desánimo en temas y situaciones. Y reflexionar sobre el asunto, como en este texto, es sin duda solo una solución temporal.

Cuentista, poeta, ensayista, promotor cultural.