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20 de May de 2022

Columnistas

Las angustias de la diplomacia argentina

“[…] estos mecanismos de autoagresión sustentan una metodología interpretativa que explica las conspiraciones en las cuales se expone a sus propias gentes a autoagresiones y explica los aún inexplicados ataques contra la AMIA […]”

Cual elefante en un bazar, así pueden catalogarse los tropiezos de la diplomacia argentina, la cual no logra expresar diáfanamente los deseos de cambio progresista de la población de ese país y marca un paso distinto al de la alta conducción del Estado argentino.

Es comprensible, si recordamos las restricciones a la soltura natural de una diplomacia genuina, la cual resulta impuesta por las consecuencias del atentado a la AMIA (Asociación de Mutuales Israelitas en Argentina), lo cual le impide al Gobierno de ese país expresarse con soltura en correspondencia con su posición de País No Alineado. Como se ve en la nada pertinente alusión que hace el Ministerio de Relaciones Exteriores argentino a la presencia de Irán en la toma de posesión del presidente Ortega en Nicaragua, por medio de la cual se censura a ese Gobierno centroamericano por haber invitado a Irán al acto comentado.

Aparte de vulnerar las normas diplomáticas al respecto, además del mal gusto que supone la falta de pertinencia en aquel momento, ello estropea la reciente condición adquirida de Presidencia Pro Tempore de Celac que le corresponde a Argentina. ¿A quién sirve el canciller Cafiero?

Repasemos la historia y veamos hechos similares a aquel atentado, perpetrados por quienes cosecharon las consecuencias.

Haciendo un esfuerzo de memoria, recordemos que, con claras instrucciones provocadoras, se produjo el hundimiento del acorazado Maine, con parte de la tripulación a bordo, salvo la oficialidad, lo cual fue el pretexto que necesitaba EUA para inmiscuirse en la guerra de liberación que libraban los mambises cubanos, denunciando a España como autora. Al proceder de esta forma, justificaban la declaración de guerra, a la cual se oponían muchos brillantes ciudadanos estadounidenses, como Mark Twain. La inmolación de sus tripulantes permitió que mediante los frutos de aquella autoagresión EUA pudiera reclamar como botín de guerra a Guam, las Filipinas, Cuba y Puerto Rico. En los últimos tres países sus poblaciones estaban en un proceso de hacer valer sus pretensiones independentistas, los dos primeros mediante rebeliones populares y el último mediante reclamaciones civiles. Al cosechar su intromisión mediante lo que se llama en la jerga delincuencial “un tumbe”, EUA logró entrar en el club de las naciones imperialistas.

Tampoco fue una fatal casualidad que las obstinadas instrucciones de llevar al vapor de pasajeros Lusitania por aguas minadas y bombardeadas por la marina alemana durante la Primera Guerra Mundial produjera el hundimiento de aquel navío, el cual llevaba un número plural de ciudadanos estadounidenses. Aquello sirvió para justificar la entrada de EUA en la guerra, muy a pesar del sentir de su ciudadanía. Al entrar en guerra a la hora de los postres EUA se sirvió con cuchara grande para quedar como repartidor del botín de los triunfadores.

Tampoco fue una equivocación la instrucción de situar en la rada de Pearl Harbor barcos en condición de inminente desguace, en provocativa exposición para inducir el ataque japonés y la consiguiente entrada de EUA en la Segunda Guerra Mundial. Aquel ataque costó la pérdida de 2400 estadounidenses, pero fue razón suficiente para justificar el involucramiento de EUA en la guerra. Los analistas posteriores han sospechado que el presidente Roosevelt había sido informado de la inminente agresión, pero la dejó proseguir para justificar su decisión de entrar en guerra.

Y como las malas prácticas en política internacional son redituables, también los nazis quemaron el “Reichstag” para culpar a sus enemigos y justificar la proclamación de la dictadura.

Tal conducta se repitió cuando los estadounidenses, necesitados de justificar la entrada directa en la guerra de Vietnam, utilizaron una embarcación que simulaba ser vietnamita para atacar a los barcos de su propia armada en lo que se llamó el incidente del golfo de Tonkín; con ello protagonizaban lo que se ha dado en conocer como “operación de falsa bandera”.

Y qué hablar de los fementidos ataques a las Torres Gemelas, denunciados como macabra autoagresión para iniciar lo que ellos han llamado una “guerra sin fin” contra el resto del planeta.

Por supuesto estos mecanismos de autoagresión sustentan una metodología interpretativa que explica las conspiraciones en las cuales se expone a sus propias gentes a autoagresiones y explica los aún inexplicados ataques contra la AMIA, los cuales han servido como una trampa mediática que mantiene al Estado argentino como un corcel pampeano atrapado y sujeto por sus partes nobles.

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