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21 de May de 2022

Columnistas

Rubén Darío Souza: un vacío en el impulso patriota

“Se trataba de un patriota con una meridiana claridad en la interpretación de la realidad panameña que marca las rutas viables de nuestra liberación total en el concierto de la América Latina […]”

Desde los años que siguen a la injustificable invasión de 1989, nuestro pueblo ha sido sometido a una embestida feroz de control de las mentes por quienes han resultado ser los únicos beneficiarios de tal acto genocida: los dueños de los grandes capitales transnacionales junto a sus supeditados sectores oligárquicos en nuestro país. En realidad se trata de una estrategia que siempre llevan a cabo los que representan esos intereses económico y geopolíticos, haciendo uso de los mecanismos de los Estados donde ejercen su dominio a nivel mundial y localmente para someter a los grupos que se rebelen a su orden establecido, sea porque estos demanden una cuota mayor de sus exuberantes ganancias, sea porque representen el peligro de liquidar los mecanismos de control del pueblo con sus acciones claramente orientadas a un desenlace liberador de la nación como parte de un mismo proceso de liberación social o viceversa.

Contra estos últimos se ha enfilado con mayor crudeza la política de preservación del “statu quo” colonialista y neocolonialista, llegando a eventos fatales que eliminan físicamente a sus líderes (caso de Victoriano Lorenzo, del general Torrijos, de Floyd Britton y hasta de Héctor Gallego). Pero también, a través del control ideológico, atizando en el pueblo la ignorancia y la displicencia moral que lo convierte en constructor de su propia fosa funeraria. Sea convirtiéndolo en dependiente compulsivo de las veleidades que ofrece lo producido por los capitales transnacionales, sea convirtiéndolo en individuos que interpretan el mundo al revés, donde los vicios son convertidos en virtud.

Ante esa embestida ideológica, cuyos momentos más reconocidos en la historia están en los años que siguen a la Segunda Guerra Mundial y luego desde la genocida invasión de 1989, han quedado en el camino muchos que otrora enarbolaban las banderas patriotas de liberación social y nacional. Sin embargo, valga mencionar a uno que no se rindió en ese tortuoso camino: Rubén Darío Souza, que aún a sus 98 antes de acaecida su muerte el pasado 22 de enero, mantenía esa vocación e impulso patriota.

Pero no se trata de un egresado más del Nido de Águilas, que, como muchos, manifestaba sensibilidades favorables al respeto de nación. O de un activista que deseaba la descolonización política del país y menos reduciéndola a un proceso que solo diera como resultado el engrosamiento de intereses mercantiles.

Estamos hablando de un patriota que desde que se comprometió, en 1951, junto a otros integrantes del Partido del Pueblo, a dedicar su vida incansablemente a organizar la revolución nacional liberadora, sobre bases teóricas científicas y a elevar la conciencia política de la gente de pueblo, lo cumplió a cabalidad. No por azar, en la gesta del 9 de Enero de 1964 y en las subsiguientes de 1966 y hasta en la del golpe de Estado militar de 1968, a quienes el poder estatal y los organismos coloniales acantonados en la antigua zona del canal le ponen el sello de objetos de persecución prioritaria, porque les generaba temor que buena parte del sentir y conciencia anticolonialista fuera organizada y conducida por hombres patriotas con liderazgo, como el del “camarada Rubén”.

Ciertamente, hombres como él -casi todos ellos adelantados en el camino a la eternidad- generaban peligro real, porque no solo demandaban cese de corrupción, más equidad social, cese del coloniaje y sus nuevas formas, sino que lo hacían en el entendido de que los intereses de los clanes de poder económicos istmeños -la llamada oligarquía- estaban implicados, amarrados, desde el nacimiento de su república en 1903, a los intereses del poder colonialista. Por lo tanto, comprendía plenamente que la liberación social no se daría sin la liberación de la nación. Valga decir, sin derribar las estacas coloniales, no se derribaban las estacas de los que impedían el desarrollo integral de nuestras clases trabajadoras en el campo y en la ciudad, ni de los sectores estudiantiles, indígenas, de empresarios excluidos de la lógica del enriquecimiento oligárquico y hasta de comunidades religiosas con sentido liberador.

Se trataba de un patriota con una meridiana claridad en la interpretación de la realidad panameña que marca las rutas viables de nuestra liberación total en el concierto de la América Latina, pero que siempre, mientras contó con la vitalidad física, la puso en práctica organizativa. Lamentablemente, su partida nos deja un vacío en el impulso patriota que no parece fácil reponer.

Sociólogo y docente de la UP.