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20 de May de 2022

Columnistas

Formación médica en Panamá

“La población merece recibir una atención de excelencia, alejada de intereses mercantiles, en materia de salud”

La pandemia ha desnudado muchas falencias en la formación médica, pero la más preocupante reside en la escasez de pensamiento crítico, en el desapego a la ciencia basada en evidencias, en el desconocimiento metodológico de la investigación clínica y en el incumplimiento del principio deontológico de “primero no hacer daño”, para evitar la iatrogenia farmacológica. Urge que las universidades rescaten la naturaleza científica de nuestra carrera académica para que, además de ética y humanismo, elevemos la calidad de la medicina panameña. La población merece recibir una atención de excelencia, alejada de intereses mercantiles, en materia de salud.

Enumero algunos errores que se cometen frecuentemente en el ejercicio profesional. El uso indiscriminado de antibióticos ha propiciado un aumento, cada vez más creciente, de la resistencia bacteriana, hasta el punto de que en la actualidad ya tenemos algunas infecciones microbianas intratables. Esta situación es considerada, por la OMS, como uno de los más acuciantes problemas de la medicina contemporánea. Durante la pandemia, por ejemplo, se abusó de la prescripción ambulatoria de azitromicina para una afección eminentemente viral (SARS-CoV-2), con mínima probabilidad de sobreinfección bacteriana secundaria, un evento más factible en pacientes críticos, hospitalizados en UCI, debido al manejo invasivo con sondas, catéteres y equipos de ventilación. En estos casos, sin embargo, otros medicamentos antimicrobianos son los adecuados.

Hace ya tiempo se abandonó la práctica rutinaria, aunque aún ocurre esporádicamente, de administrar penicilina procaínica (“despacilina”) para toda infección banal de garganta o piel. El esquema incluía la utilización de una dosis intramuscular cada día por 5 días seguidos, con la estocada final de una penicilina benzatínica (“benzetacil”), como si se estuviera sanando a militares en un escenario de guerra. Aparte del trauma por tanta inyección, particularmente en niños, era un tratamiento notablemente injustificado, porque tan solo una pequeña fracción de dichas infecciones es causada por el “Streptococcus pyogenes”, porque existen antibióticos orales de igual eficacia y porque, en caso de pacientes con vómitos, una sola dosis de benzetacil es más que suficiente. Este absurdo, por desgracia, ha sido recientemente reemplazado por el uso de la ceftriaxona (“Rocephin” y genéricos similares) para el manejo de casi cualquier proceso febril, apelando al pregón chamánico del “por si acaso”.

Dos conceptos importantes deben ser asimilados por los médicos antes de dar terapias a la ligera. La fiebre es usualmente una respuesta fisiológica a una infección y, en muchas ocasiones, no es necesario combatirla, porque representa un mecanismo de defensa del organismo contra el patógeno invasor. Salvo que sea una subida térmica que provoque malestar importante o que pueda raramente precipitar una convulsión en niños pequeños, la fiebre puede ser incluso beneficiosa para eliminar el microbio más rápidamente y para que su patrón gráfico nos ayude a orientar la sospecha etiológica. El facultativo, además, debe aprender la historia natural de cada enfermedad para no precipitarse a dar una receta, cuando los síntomas cederán espontáneamente en poco tiempo. Es típico, por ejemplo, que un resfriado común (causado por rinovirus) induzca una secreción nasal de 5-7 días de duración, que va cambiando de característica hialina a tonalidad amarilla-verdosa, sin que eso implique agravamiento o presencia bacteriana agregada. Por eso, siempre procuramos enseñar que el mejor tratamiento es un buen diagnóstico y que, en numerosas oportunidades, los pacientes mejoran con, sin y pese al médico tratante. Es la mejor forma de diferenciar entre curanderismo y medicina.

Otro de los tradicionales desaciertos es el empleo de jarabes para aliviar los episodios tusígenos. La tos es otro mecanismo de defensa que ayuda a repeler toxinas microbianas y productos contaminantes que entran en el tracto respiratorio, por lo que, si la inhibimos, podríamos prolongar la persistencia de manifestaciones clínicas. Estos fármacos están más indicados para mejorar la tos seca irritativa que aquella productiva que nos hace expectorar. Dentro de los yerros notables durante la pandemia, aparte del uso especulativo de hidroxicloroquina e ivermectina, se destaca la prescripción liberal de esteroides en la fase viral temprana de la COVID, cuando su beneficio está recomendado exclusivamente para los enfermos que entran en la fase inflamatoria de la enfermedad y que empiezan a demostrar reducción en la saturación de oxígeno. Los esteroides dados precozmente pueden ser contraproducentes, debido a que no solo se asocian a eventos adversos, sino que propician una mayor replicación del SARS-CoV-2 en el epitelio broncopulmonar.

Están proliferando, tristemente, los galenos que practican medicina alternativa, una pseudociencia carente de rigurosidad académica. Todos esos mejunjes para “reforzar” el sistema inmune no han pasado por el tamiz científico y constituyen más negocio que ciencia. Cuando algún charlatán aconseje semejante ficción, lo más seguro es que desconoce la forma en que operan las vías humorales y celulares de nuestra inmunidad innata y adaptativa para enfrentar las agresiones microbianas cotidianas. Otras publicitadas “panaceas” (acupuntura, ozono, oxígeno hiperbárico, quelación, homeopatía, medicina ortomolecular, infusiones de células madre, etc.), tampoco resisten, por ahora, un meticuloso escrutinio de eficacia y ni siquiera forman parte de las guías internacionales de consenso médico, elaboradas por prestigiosos grupos de expertos. Otros placebos costosos, sin comprobación clínica, son los tratamientos especulativos de minerales, vitaminas, antioxidantes y coenzimas para retrasar el envejecimiento de las personas. Con alimentación saludable, ejercicio físico, evitar exposición solar excesiva, buen sueño, no tabaquismo ni alcoholismo, reducción del estrés, controlar comorbilidades y tener la vacunación para adultos al día, basta y sobra para una longevidad digna. La ciencia, como no podía ser de otra manera, ya trabaja en el desarrollo experimental de estrategias para la prevención del Alzheimer, Parkinson y otros trastornos que favorecen la senescencia celular. Aunque estas investigaciones son aún incipientes, hay esperanza de que las próximas generaciones serán más longevas y tendrán una mejor calidad de vida geriátrica. Nuestros hijos y nietos quizá lo vivirán. Enhorabuena.

Médico e investigador.