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17 de May de 2022

Columnistas

El chocolate sefardí de Nueva Granada

La permisividad de los aduaneros españoles y unas costas pobremente vigiladas hicieron que los holandeses pensaran en hacer venir a judíos sefardíes desde Livorno, personas muy idóneas por sus conocimientos de los mercados y del idioma

"La expedición de los negocios del gobierno de dicho Excmo. Señor Virrey, fue con mucha seriedad" (Capitán Manuel de Melina, 1724, participante de la expedición a Tucacas; citado por Groot, 1869).

El conde de la Cueva, Jorge de Villalonga, designado Virrey de Nueva Granada en 1719, decidió recorrer su jurisdicción para aplicar las medidas de reforma borbónica instruidas por el Rey. Vivía en Lima, capital del virreinato peruano, desde 1708, cuando le sorprendió el nombramiento en junio de 1717. Había dirigido hasta ese año la guarnición del fuerte de El Callao. A esa tarea dedicó muchos años, reforzando la capacidad de defensa de aquel baluarte y ganando el aprecio del Virrey del Perú Diego Ladrón de Guevara.

Uno de los episodios más sorprendentes y poco conocidos de su gobierno tiene que ver con la aparición a poca distancia de Caracas -que en aquellos días formaba parte del nuevo virreinato- de una colonia de judíos españoles, emigrados de Livorno (Italia), que vivían allí dedicados tranquilamente a la exportación de cacao, producto al que ellos llamaban “chocolate”. Tuvo su origen como consecuencia de la presencia holandesa en la isla de Curazao, a pocas millas de la costa venezolana. Los habitantes de Curazao se dieron cuenta de lo fácil que era enriquecerse con los productos de Nueva Granada, “tanto adquiriendo como vendiendo mercancías cuya demanda controlaban en ambos extremos de la cadena comercial” (De Orueta, 2018).

De acuerdo con el investigador español Zamora (2018), Livorno “[era un] puerto franco [en el pequeño estado católico denominado Gran Ducado de Toscana], un enclave en el que se desenvuelven los tráficos mercantiles [y] también un lugar que incorpora toda una serie de prácticas de tipo institucional inherentes al comercio intercultural en las sociedades mercantilistas de la época”. Los holandeses contaban con un consulado en Livorno desde 1591 y los primeros judíos llegaron al puerto procedentes de España en el mismo año.

La permisividad de los aduaneros españoles y unas costas pobremente vigiladas hicieron que los holandeses pensaran en hacer venir a judíos sefardíes desde Livorno, personas muy idóneas por sus conocimientos de los mercados y del idioma. El paso siguiente fue persuadirlos para que en lugar de volver a Curazao cada vez que visitasen las costas del virreinato español, se quedasen allí varios días para participar más activamente en los tratos. Fueron tan bien recibidos que decidieron fundar una villa judía y establecerse de forma permanente en 1693 (Acevedo, 2021). El alcalde fundador habría sido un hebreo de nombre Jorge Christian. El lugar elegido fue Tucacas, un emplazamiento paradisíaco, que ofrecía refugio para docenas de barcos holandeses, tanto de transporte como de guerra en caso de peligro. No hay acuerdo sobre la primera noticia escrita de esta particular presencia hebraica en Nueva Granada. El historiador Acevedo afirma que es 1710 con el informe de Juan Jacobo Montero de los Espinos, alcalde de Coro, mientras que De Orueta señala 1714, año del documento de Francisco de Cañas, gobernador de Caracas, con el que informó al Rey que en aquel lugar vivía una comunidad bajo la autoridad de un alcalde llamado Samuel Gradis o Gabai, con el título de señor de las Tucacas y de su Santa Irmandá (Acevedo, 2021). Sin que nadie lo impidiera, habían construido un fuerte defensivo en su entorno y una sinagoga en el centro. Ningún judío había sido molestado por la Inquisición. Si alguno -afirma De Orueta- tenía problemas por un descuido, la Irmandá se encargaba de pagar el rescate conveniente para que regresase a la villa.

En lo que coinciden De Orueta y Acevedo es en que el Virrey dispuso que fueran expulsados por la fuerza y en enero de 1718 encargó el mando de la operación al oidor don Pedro de Olavarriaga, quien debería atacar desde el mar, al mando de una flota de 40 barcos, entre navíos de guerra y transporte de tropas.

Antes de que Olavarriaga pudiera hacer nada, los habitantes habían huido en barcos holandeses a Curazao, después de incendiar sus casas y destruir la sinagoga, para evitar sacrilegios, pero ello no significó el fin de los contactos comerciales con los sefarditas de Livorno que, desde el territorio holandés en el Caribe, siguieron interesados en comprar chocolate. Una década después, en 1729, Juan Francisco Arana consigna los hechos en su “Informe sobre la costa de Tucacas, Isla de Tucacas, Puerto Cabello, Borburata y del modo que se podía impedir en parte o en todo el trato y comercio de los holandeses” registrando asimismo la presencia contrabandística de navíos holandeses de más de 400 toneladas, de entre 34 y 40 cañones, con larga estancia en los puertos (de 10 a 15 meses) hasta obtener carga total. Arana indicó “[…] el cacao y el tabaco de Barinas, el más estimado, se remitían a Flandes, Alemania y otras provincias del norte por esta vía”.

El conde fue, para muchos, un virrey poco sutil; para otros, un hombre que hizo prevalecer los derechos de la Corona ante un asentamiento ilegal. Y si bien el debate continua, la villa judía de Tucacas no deja de ser una bella anécdota para los amantes de las conjeturas históricas, de los que se preguntan “¿qué hubiera pasado con la producción de chocolate si…?”