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16 de May de 2022

Columnistas

La guerra de Ucrania y nuestra neutralidad

“[...], hay que ser completamente soberanos en todo el territorio nacional, [...] se (lo) debemos a muchas generaciones pasadas, presentes y futuras”

La invasión rusa a Ucrania, no es realmente sorpresiva, es el producto de la lucha de poder multidimensional que se da en las postrimerías del capitalismo, con su decadente modelo neoliberal, dentro de una etapa turbulenta donde se impone el poder multipolar y nuevos actores económicos como China, Rusia e India.

Esta lucha se dinamiza en el año 1991 al disolverse la URSS, originando nuevas 15 repúblicas, entre ellas Ucrania, que son atraídas por las potencias occidentales, reunidas en la OTAN con EE. UU. a la cabeza. La OTAN, organización política-militar, cuyo objetivo es garantizar la libertad y seguridad de sus miembros, la disolución de la URSS (1991), adhiere varios países ex-URSS (Polonia, Hungría y República Checa (1999), Bulgaria, Eslovaquia, Eslovenia, Estonia, Letonia, Lituania y Rumanía (2004), Croacia y Albania (2009), Montenegro (2017) y Macedonia del Norte (2020), cercando a Rusia.

En el 2013, Rusia impide que Ucrania se una a Europa Occidental, hecho que provocó la caída de Viktor Yanukóvich, luego de una época tumultuosa llega el actual presidente, Volodímir Zelenski (asume el cargo el 20 de mayo de 2019).

En mayo de 2014, grupos separatistas y prorrusos de Donetsk y Lugansk (región de Donbás) se autoproclaman “repúblicas populares” y reclaman integrarse a Rusia. Por esta razón se desata en esta zona un conflicto bélico entre los separatistas, con apoyo político y militar de Moscú y el ejército ucraniano que cobró la vida de 14 000 personas. Rusia reconoce la independencia de la República Popular de Donetsk y la República Popular de Lugansk.

Rusia muestra la dependencia energética (en lo relativo al gas) que tiene Europa hacia Rusia, donde Ucrania juega un papel fundamental.

Hoy, al agudizarse las contradicciones políticas del poder mundial entre el multipolar y el unipolar norteamericano, que desata la invasión de Rusia a Ucrania, ambos poderes muestran sus músculos militar y económico; Rusia lleva total delantera en lo militar y la OTAN con los EE. UU. presionan económicamente, montando barreras financieras a la economía Rusa.

China Popular, segunda potencia económica mundial, apoya a Rusia y posee un avanzado poderío militar nuclear.

Por lo que no es sorprendente que este conflicto no termine en una guerra nuclear mundial, pues se acabaría con todo el mercado mundial, con la globalización y con un tercio de la humanidad actual. Pero sí se darán muchas escaramuzas militares con los países fronterizos de Rusia y con la presión de China Popular en agrandar su poder económico y político, sobre todo en Latinoamérica.

Allí entramos nosotros, Panamá, donde nuestro canal interoceánico se convierte en un objetivo militar, máxime cuando nuestro Tratado de Neutralidad (pactado a perpetuidad) nos enmarca bajo el paraguas del Pentágono norteamericano.

Esta peligrosa situación de conflicto mundial nos lleva a cuestionar el Tratado de Neutralidad y sus instrumentos conexos, sean enmiendas y reservas, que nos lleve a lograr un nuevo tratado de neutralidad que elimine cualquier intervención militar de potencia alguna en el canal y en todo Panamá. Podemos presentar esta abolición al Tribunal Internacional de Justicia de la Haya o una propuesta de renegociación a los EE. UU. basada en un plebiscito nacional.

Lo importante es hacerlo ya, no podemos dormir con los ojos abiertos, mirando si se nos vienen los misiles nucleares; no podemos seguir siendo ante el mundo una pertenencia permanente del Tío Sam.

Es un asunto de sumo interés nacional, hay que ser completamente soberanos en todo el territorio nacional, es una obligación que se la debemos a muchas generaciones pasadas, presentes y futuras.

Economista