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16 de May de 2022

Columnistas

Hasta luego, Freddy Rincón, con el alma en la mirada

“[...], hasta luego, vallecaucano, héroe de Cali, gracias por ser parte de nuestros momentos gratos en este planeta”

Un gol es un gol en cualquier parte del mundo, y despierta pasiones delirantes, sobre todo cuando se trata de clásicos entre clubes destacados o entre selecciones nacionales, porque resume en segundos un entusiasmo colectivo que rebasa fronteras e inunda corazones. Pero, aunque guarde esas similitudes, siempre hay goles con particularidades determinadas por el instante, las condiciones en las que se produce y por supuesto, por el país en el que te encuentres.

Yo acababa de entrar al restaurante El Asadero, sobre carrera séptima en Santa Fe de Bogotá, no recuerdo con exactitud las calles, pero, aquella tarde del martes 19 de junio de 1990, me disponía a almorzar, pero también buscaba un lugar donde ver el juego entre las selecciones de Colombia y Alemania, en el Mundial de Italia 90. La expectativa que se respiraba entre los colombianos la había comenzado a percibir en el camino.

A principios de los años noventa del siglo pasado, la selección colombiana era una promesa creciente con miras mundialistas, con un juego depurado y ágil, donde sobresalían la magia del armador Pibe Valderrama y su icónico pelucón amarillo, las audacias del portero René Higuita y la rapidez que desplegaban Luis Carlos Perea, Gildardo Gómez, Arnoldo Iguarán, Andrés Escobar y Freddy Rincón, entre otros. Todos bajo la dirección del histórico Pacho Maturana.

Enfrentaban a la mundialista selección de Alemania, que ya para ese momento había sido campeona y subcampeona del mundo y dirigida por el consagrado Franz Beckenbauer. No era un juego más. Así que, a parte del obvio anhelo nacional de la victoria, estaba el ascenso de los colombianos, el hambre por ganar y sobre todo a un gigante como los alemanes. Y es que el de Colombia es un pueblo que le echa ánimo y tenacidad a todo, con una pasión y una determinación muy particular. Aquel juego era como una batalla nacional, donde podía estar de por medio el orgullo del país, el cariño por la selección... y la confianza en sus jugadores al grito de: “¡Vamos Colombia!”.

-“Quiúbole, negro, ¿a quién le va hoy?”, me dijo fraternal la “mona” que me atendía.

-“¿A quién más, mija?, a Colombia”, le respondí.

Colombia se había clasificado para el Mundial de 1990 en un repechaje en el que superó a Israel en juego de ida y empató en el de regreso, y en el Mundial integró, junto a Alemania, Emiratos Árabes Unidos y Yugoslavia, el grupo D. Perdió por un gol con este último país, y le ganó dos a cero a los Emiratos, así que perder con Alemania era quedar fuera del torneo.

Durante todo el juego hubo pocas ocasiones de gol por ambas partes, pero al minuto 88 sobrevino el impacto. Littbarski traspasó la cabaña de Higuita, y alcancé a escuchar un “aaahhhh” desalentador en el restaurante, en la carrera séptima, y que con seguridad se había oído en todo el país. A pocos minutos de que terminara el juego, Colombia parecía despedirse de la más importante competencia mundialista de fútbol.

Es en momentos como esos donde se mide el peso, la determinación y el carácter de un equipo: se está perdiendo el juego, entra el minuto 90... los alemanes han perdido el balón, Gabriel Gómez lo pasa al Pibe, que ve partir por su derecha a Freddy Rincón.

Los segundos que van desde el momento en que Freddy recibe el balón y llega a la portería de Illgner hay una Colombia con el corazón detenido, los ojos paralizados y la boca abierta. Aquel negro espigado arranca como una gacela, imposible para los alemanes alcanzarlo... 40 millones de colombianos corren con él, ha cruzado la mitad de la cancha y se acerca a la cabaña rival, patea en la carrera y filtra el balón entre las piernas del portero alemán y el balón se adentra impecable hasta llegar a las mallas.

En mi vida había escuchado yo una explosión de júbilo tan impresionante como la que produjo Freddy Rincón aquella tarde. De momento la capital colombiana pareció pactar de consenso una jornada de anarquía y felicidad que duró dos días, siete semanas y miles de meses. Tanto, que el dueño del restaurante tuvo que cerrarlo con los comensales dentro.

Siempre se me quedó esa imagen, la de Freddy corriendo hacia la portería alemana como “alma que lleva el viento”, y luego el estallido, los gritos, la fiesta… lo increíble... y lo posible...

Jamás pensé, sin embargo, que 32 años después me seguiría emocionando al recordar ese instante, al escribir esta crónica. Hasta luego, Freddy, hasta luego, vallecaucano, héroe de Cali, gracias por ser parte de nuestros momentos gratos en este planeta. JBV

Periodista