Cada semana quienes tenemos una columna fija en La Estrella de Panamá en la que escribimos sobre una variedad de asuntos, debemos someternos a la disciplina de pensar con antelación muy bien el tema que habremos de cubrir, así como decidirnos a hacerlo de la mejor manera. Y por supuesto, es de rigor ser lo más concreto posible en los criterios que se vierten, independientemente del tema tratado.

Para ello, es indispensable echar mano -y mente- tanto a nuestras más íntimas convicciones en torno a diversos asuntos de interés público, como también tratar de adentrarnos en asuntos o situaciones de índole más bien personal, pero perfectamente susceptibles de ser compartidos con lectores sensibles, siempre abiertos a una variedad de enfoques.

El problema real surge cuando, como es mi caso, llevo años realizando puntualmente este tipo de escritos, pero dándole preeminencia a los temas de carácter cultural, y específicamente de índole literaria, afines a mi propio quehacer cotidiano desde hace más de 60 años. Eso, independientemente de si el enfoque que le doy al artículo es de carácter general o si se trata de narrar o de examinar experiencias mucho más personales, o francamente autobiográficas.

En ese sentido, tengo tantas anécdotas que contar, y otras tantas de índole profesional relacionadas con mi experiencia docente inicial en colegios secundarios panameños y en diversas universidades, que no me daría abasto si sobre ello pretendiera explayarme. Me refiero, por ejemplo, a el haber sido muy joven, profesor tanto de Inglés como de Español en prestigiosos colegios secundarios panameños, tales como el Instituo Nacional, el IPA, el Colegio La Salle, el Colegio Javier y el ya desaparecido Instituto Psico-pedagógico (en donde la talentosa escritora nacional Giovanna Benedetti (hoy residente en España) sería mi alumna durante su último año.

También me tocó ser docente en universidades de los Estados Unidos (en San Bernardino, California y en Corvallis, Oregon), así como en la Universidad Autónoma Metropolitana (en Iztapalapa, Ciudad de México), y en el inmenso campus que tiene el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey en la ciudad de Querétaro de ese país. Asimismo, es sabido que laboré durante 25 años consecutivos en el área de Cultura de la Universidad Tecnológica de Panamá, que en 1981 fundara mi tío (hermano de mi madre), el Dr. Víctor Levi Sasso (1931-1995).

Por supuesto que cada una de estas invaluables experiencias laborales, narrada con detalles, da para un amplísimo anecdotario digno de formar parte de una autobiografía que no descarto animarme a emprender y a compendiar próximamente, si la vida me da tiempo para ello... Un libro voluminoso que, idealmente, titularía “Memoria de mis memorias”, y que contendría experiencias singulares hasta ahora casi desconocidas como parte vital de mi diario acontecer como escritor, docente, investigador literario, antólogo, articulista, promotor cultural y editor. Y es que cada una de estas facetas, a menudo simultáneas en el tiempo, no solo se complementan -al menos en mi caso ha sido así-, sino que han ido alimentando mi diario acontecer vital.

Así, en Panamá, modestia aparte, he creado importantes premios literarios; la revista cultural “Maga”, y un Diplomado en Creación Literaria en la UTP; así como preparado numerosas antologías de cuento y poesía panameña, mexicana y centroamericana. Y en varias pequeñas editoriales propias, así como antes desde el departamento de Letras del antiguo INAC y posteriormente la de la Universidad de Panamá, he publicado más de 180 libros de autores nacionales

Una experiencia que cambió mi vida fue cuando a inicios de 1971 obtuve una beca centroamericana de literatura que convocaba por primera y única vez el Centro Mexicano de Escritores, en donde fungían como asesores literarios los prestigiosos escritores mexicanos Juan Rulfo y Salvador Elizondo. Ahí habría de escribir durante todo ese año, poco a poco, los 40 cuentos de la primera edición del libro que más prestigio internacional me ha dado: “Duplicaciones”.

Posteriormente habría de publicarse una segunda edición aumentada en 5 cuentos más, en otra editorial mexicana denominada Katún, ya desaparecida; y lo mismo habría de pasar posteriormente en otras dos editoriales de España que reeditaron el libro. Y pasando el tiempo resultó que la pequeña editorial de Udelas, que dirigía en dicha entidad el poeta panameño Manuel Orestes Nieto publicó la quinta edición del libro (la primera panameña), que se agotó en pocos días.

Cuando en 1975 el gobierno de México abre una nueva universidad denominada Universidad Autónoma Metropolitana, y al año siguiente se me nombra como profesor titular y permanezco en ese país hasta 1982, cuando en Panamá se me ofrece la dirección del Departamento de Letras del Instituto Nacional de Cultura (INAC), y después de 12 años regreso a mi país habiendo aprendido, entre otras cosas, a ser editor de libros y revistas.

En resumen, el escritor que soy desde la década de los sesentas del siglo pasado -cuentista, poeta, ensayista, dramaturgo- durante muchos años se ha nutrido intelectualmente de las otras actividades culturales antes mencionadas. En mi caso muy particular, resultan inseparables y complementarias.

En algún otro artículo podría animarme a entrar en detalles pintorescos de cada una de esas actividades complementarias, que de una forma u otra, pese a mi edad (81 años) y a una salud precaria, sigo cultivando con fervor y renovado entusiasmo.

*El autor es escritor, profesor jubilado, promotor cultural y editor
Lo Nuevo