03 de Oct de 2022

Columnistas

Formación y renuncia

El Ministerio de Educación informo que en junio pasado él ausentismo escolar era de 168,099 con relación a la matrícula del periodo, unos 840,497 inscritos

Un grupo de 75 estudiantes del centro Manuel Amador Guerrero en Barraza, Chorrillo, realizó una jornada de reforestación en el sector de Panamá Pacífico. Los niños y niñas aprendieron de la naturaleza, sobre todo hoy cuando las acciones humanas contribuyen más que nunca a acrecentar el valor de la tierra.

Para estos pequeños reforestadores, el salir del aula para impulsar tareas que contribuyen con su sensibilidad, debió ser un hito; especialmente, porque para ellos, las cuatro paredes del aula habían sido el único escenario donde se ejecutaban las labores de enseñanza-aprendizaje y comprendían que solo aquí había oportunidad de formación y de adquirir conocimientos. Su relación con las maestras constituía la única razón del encuentro en esa edificación que es la escuela.

Múltiples circunstancias obligan a otros menores que asisten a las actividades lectivas a abandonar los centros académicos; a renunciar a estos procesos de instrucción e inmiscuirse en otra realidad, que los enfrenta a los acontecimientos desnudos de la vida cotidiana, en forma directa, pero sin las herramientas para comprender, ni dominar dichos retos, mucho menos para alcanzar la satisfacción que da el conocimiento.

En junio del presente año, el Ministerio de Educación declaró que existía un ausentismo escolar de 168,099 con relación a la matrícula del periodo, que sumaba 840,497 inscritos en el sistema de la educación primaria y secundaria. La cifra asusta más que nada porque es el primer síntoma para la deserción. En 2019 esta llegó a 14,023 y un año después bajó a 11,041. Se considera que, en 2021, la fuga incrementó en un 1.9 %.

La propia ministra de Educación precisó que este fenómeno de abandono se produce desde los 15 años y apuntó que “en su mayoría son jóvenes que vienen de áreas de mucha vulnerabilidad…” La funcionaria también confesó que, aunque existan varios factores, “otros lo hacen porque sienten que no están aprendiendo”. La institución a su cargo “está evaluando el ausentismo de estudiantes en los planteles del país”.

Este diagnóstico resulta crítico para un sector nacional. De cada cinco jóvenes que acuden a los centros educativos, uno de ellos se encuentra en condiciones irregulares. Hay que sumar también a aquellos que fracasan, otro indicador de los procesos académicos, que brindan un perfil poco alentador para el futuro de la población vulnerable y que, por coincidencia, resulta la de mayores necesidades de atención.

Los expertos en esta materia consideran que hay por lo menos seis impactos del abandono de los programas estudiantiles: ingresos y calidad de vida; matrimonio precoz; fecundidad y crecimiento demográfico; salud, nutrición y bienestar; participación y toma de decisiones y capital social e instituciones. Quizás todo esto se sintetice en dos aspectos básicos: la pobreza socioeconómica y la calidad de ciudadano que resultaría de tales hechos.

Pero visto desde el punto de vista financiero, habría que considerar entonces la posibilidad de un 20% de población que estaría sumida en este deterioro. Se requeriría un esfuerzo gubernamental excesivamente costoso para dedicarlo a la vigilancia de estos problemas, en detrimento de poner en vigencia planes más amplios para alcanzar un crecimiento que haga énfasis en una prosperidad más equitativa.

Se ha hablado de considerar la educación del país como una estrella, a la que se dirigiría la atención primordial; se reconoce, ahora, que el impacto no alcanzará a toda la comunidad estudiantil. El asunto es más crítico cuando se alcanza a mirar en conjunto: ningún adelanto puede esgrimir los espacios oscuros que condicionan esta falta de entusiasmo y la huida del sector más necesitado de apoyo.

Hay que dar un salto. Se impone mayor compromiso y transformar la docencia para cautivar al sujeto que se forma. El cambio de los ingredientes brindará individuos con mejores pronósticos para estos tiempos que vivimos; por eso, los niños reforestadores del Chorrillo son un ejemplo de esperanza.

Periodista