07 de Oct de 2022

Columnistas

El aprendizaje y el currículum para el siglo XXI

Una política educativa debe reflejar las necesidades y demandas de la sociedad en un momento histórico determinado y en el siglo XXI, la sociedad requiere de aprendizajes complejos e integrales

El aprendizaje escolar es un proceso complejo e individual que demanda habilidades y voluntades especiales. Es el resultado de una acción colectiva de adquirir conocimientos, para reflexionar sobre sí mismos y de esa manera anticiparse, comprender e intervenir en su entorno natural y contribuir a la construcción de la cultura.

La noción del aprendizaje escolar está interconectada a diversas variables. Estas variables se reconocen como: desarrollo psicológico del estudiante, la diversidad de motivaciones e intereses para aprender; redefinición y búsqueda de alternativas creativas para la selección y organización de los contenidos curriculares, las estrategias y métodos novedosos para el aprendizaje, las condiciones socioemocionales, los conocimientos previos, así como el reconocimiento de los diversos tipos y modalidades del aprendizaje escolar.

Este proceso, en general, es facilitado por un profesional, docente o educador, que se guía por un conjunto de objetivos, competencias, conocimientos y actividades, así como formas de evaluación, llamadas currículum. Este currículum debe estar sustentado en una política educativa del país o la región, si éste fuese descentralizado. El currículo es un contrato social, pues de su aplicación depende, en gran parte, la formación que debe tener la población actual y del futuro.

La idea es que el estudiante sea el centro del aprendizaje esperado, cumpliendo unos estándares, mediante la motivación e interés que logre en los procesos o experiencias pedagógicas y la pasión por aprender, que se realizan en el ambiente escolar, gestionado por el docente, los conocimientos y habilidades relevantes. Se espera que este ambiente sea, por demás, estimulante, ordenado, apto para el estudio, facilite el trabajo grupal, la observación y la escucha, los juegos, ejercicio de la memoria de largo plazo, así como las aplicaciones de las herramientas tecnológicas digitales, las relaciones interpersonales y las habilidades socioemocionales.

Una política educativa debe reflejar las necesidades y demandas de la sociedad en un momento histórico determinado. En el siglo XXI nuestras sociedades requieren de aprendizajes complejos e integrales, que faciliten la interconexión entre las diversas áreas del conocimiento, que promuevan el análisis crítico, la solución de problemas, navegar en la incertidumbre, la diversidad humana, la automatización y la inteligencia artificial.

Esta política debe permitir trazar los perfiles profesionales para cada nivel del sistema educativo. Una fuerte corriente aboga por una educación para el empleo, con perfiles para trabajo sofisticados. Quienes apoyan esta postura, muchas veces desconocen que la naturaleza de los empleos cambian con los tiempos; no son iguales los empleos de principios del siglo XX, que los de la época que vivimos.

Pero también está la educación para la vida, orientada a formar ciudadanos honestos, participativos e interesados en el bien común. Una ciudadanía que vela por el cuidado del medio ambiente, forja empatías, comprende a los demás, defiende los derechos humanos, propicia la inclusión educativa y social. Ambos fines de la educación, para el trabajo y para la vida, deben complementarse, de modo tal que toda formación para el trabajo debe ser igualmente para la vida y viceversa.

Se asume que todos los empleos son homogéneos en habilidades, desestimando que en los países de la región el mercado ocupacional es muy diverso y heterogéneo; por un lado, están las empresas modernas de alta productividad que requiere de profesionales altamente competentes en el uso de las tecnologías. Por el otro, están los empleos del pasado, del trabajo manual, que no demandan mayores habilidades, conocimientos o automatización.

Según el Foro Económico Mundial, 2020, los empleos que requieren tareas cognitivas rutinarias y tareas manuales tienden a disminuir, mientras que los nuevos empleos que demandan mentalidad analítica y habilidades tecnológicas tienden a incrementarse. Se estima en unas 10 decenas de millones los nuevos empleos que pueden crearse en los próximos 10 años. Igualmente, se prevé que, en ese mismo período, una cantidad ligeramente inferior de puestos de trabajo, se perderán debido a la falta de formación tecnológica y por los efectos de una nueva división del trabajo entre los seres humanos y la automatización.

Este fenómeno no es nuevo, las diferentes etapas de la Revolución Industrial, así lo ha demostrado. La máquina a vapor, por ejemplo, sustituyó el tipo de transporte marítimo y terrestre y las formas de producir bienes industriales, que desplazaron millones personas del campo agrícola hacia las ciudades industrializadas. Con ello se cambió la dinámica de la fuerza de trabajo.

Las habilidades del siglo XXI no son enteramente nuevas, muchas de ellas son fundacionales, incluyen las digitales, las cognitivas avanzadas, las ejecutivas y las socioemocionales. Son más transversales, pues pueden ser utilizadas en diferentes puestos de trabajo o profesiones, facilitan ser aplicadas a diferentes contextos, proveyendo oportunidades para lograr en las personas puestos de trabajo altamente demandados en diversos sectores de la economía y la sociedad.

La educación tiene la fuerza de propiciar transformaciones importantes en la sociedad, sobre todo, cuando se acompaña de los cambios económicos, políticos, sociales, científicos y tecnológicos del momento.

Algunos requisitos impostergables son: disponer de docentes bien formados, investigadores y comprometidos con la educación de sus estudiantes, redimensión del currículum, integración de la escuela a la comunidad, creación de fuentes de ingreso sostenibles para los hogares más pobres, asociación de las familias a los aprendizajes de sus hijos e hijas, aplicación de las tecnologías modernas a los procesos curriculares y pedagógicos, son parte de las condiciones básicas, para que prospere una política educativa consecuente con los tiempos, la búsqueda del bienestar y la felicidad humana.

Docente