• 22/02/2026 00:00

Narraciones y realidades

Una buena parte del pensamiento moderno y contemporáneo considera las narraciones como un aspecto de gran importancia en la experiencia humana. Algunos autores, incluso, consideran que lo humano debe limitarse a lo que se dice, a lo narrado, y ello estaría desvinculado de lo que consideramos como “realidad”.

Lo anterior podría aplicarse al pasado. Cuando la mirada se dirige a lo que habría ocurrido antes de nosotros, no serían importantes los hechos concretos, sino las narraciones sobre los mismos, lo que unos u otros puedan decir sobre cómo se pensaba, se vivía y se luchaba en un momento de la historia que nos resulta más o menos lejano.

Las narraciones pueden tener una fuerza sorprendente, sobre todo cuando se transmiten de boca a boca, cuando giran de modo “viral” en las redes sociales, cuando se plasman en libros, cuando llegan a ser parte de la mentalidad dominante.

Sin embargo, las narraciones tienen su talón de Aquiles: por más que se repita una y otra vez que cierto científico habría expresado una idea sugestiva, si tal científico nunca dijo tal idea, las narraciones estarían simplemente apartándonos de la verdad y convenciéndonos de una información falsa.

Lo falso es falso aunque aparezca en miles de narraciones, incluso aunque sea aplaudido y repetido por personalidades de gran prestigio. Al mismo tiempo, la realidad sigue siendo realidad aunque aparezca en pocas narraciones, aunque pase desapercibida para la mayoría de la gente.

Hay, ciertamente, narraciones que nos permiten asomarnos a aspectos de la realidad, y que vale la pena conservar. Pero esas narraciones, si mezclan errores con verdades, si añaden suposiciones carentes de fundamento, se convierten en un veneno sutil que atrae por su aspecto positivo (tienen algo de verdad) y que daña por su negatividad (lo falso que incluyen).

Todo ser humano, según fórmulas del pensamiento antiguo, desea alcanzar la verdad y huir del error. O, como decía san Agustín en uno de sus escritos, nadie desea ser engañado, aunque por desgracia muchos buscan engañar a otros.

El deseo de la verdad se explica, entre otros motivos, por una sencilla constatación: solo lo real “sirve” para desarrollar una vida sana, para avanzar seguros en el camino, para curar heridas, para lanzarnos a la conquista de ideales buenos, para entender mejor el presente desde los hechos (reales) del pasado.

Las narraciones que se apartan de lo real pueden crear ilusiones, pero tarde o temprano chocan con ese muro de lo concreto, lo que existe, lo verdadero, que siempre se impone, a pesar de los errores o mentiras que muchos repiten sin darse cuenta de su desorientación existencial.

Cada ser humano agradece cualquier indicio que le permita conocer mejor la realidad. Por eso, quienes aman lo real luchan por dejar a un lado narraciones sin fundamento, y se abren a toda ayuda que les permita avanzar un poco hacia verdades que iluminen su mente, su corazón y sus decisiones hacia todo lo que sea bueno, justo y bello.

* El autor es sacerdote y profesor de filosofía y de bioética
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