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- 20/02/2019 01:03
El administrador del Canal y un presidente del país
Este año se estrenarán dos funcionarios en ambos cargos; uno, ya identificado y el otro, aún pendiente. Las designaciones anunciadas, que resultaron de un esfuerzo realizado al margen de consideraciones ajenas al interés de asegurar el auge de la actividad canalera, han merecido el aplauso cerrado de una comunidad que reconoce el mérito cuando es evidente, sobre todo tratándose de la productividad de la empresa más importante del país.
El proceso de selección, que tomó casi un año, se inspiró en los Objetivos Estratégicos del Canal que fueron definidos por la Junta Directiva del Canal —JDC— y sus asesores. A esos efectos, se partió de un perfil muy preciso con requisitos para cada cargo; incluyó la detenida evaluación formal de competencias, experiencias, rasgos, motivaciones, largas sesiones individuales, pruebas técnicas de medición del potencial de liderazgo de cada uno de 20 participantes y, con autorizaciones debidas, se realizaron escrutinios sobre antecedentes personales y profesionales de cada uno. El resultado, en consecuencia, no podía ser distinto al obtenido, porque ofreció la razonable certeza de que el Canal estaría en buenas manos por los próximos siete años, a partir de septiembre.
De otro lado, la identificación del segundo funcionario y su vicepresidente, que está en nuestras manos, no recorrerá un camino con características parecidas, porque una decisión adecuada dependerá de 2,7 millones de electores sobre quienes se cierne el peligro de equivocarnos por estar mal informados. El peligro latente es que buena parte del electorado se deje seducir, como lo logró el flautista de Hamelín con su seductora música, y nos encaminemos a ciegas hacia nuestra propia tragedia nacional. Cierto que ambos procesos no pueden ser iguales y la escogencia del próximo mandatario y de su vicepresidente resulta harina de otro costal; pero, para poder evaluar sus competencias, tenemos que comenzar por acordar el perfil y virtudes de las personas en quienes depositaremos nuestra confianza para los próximos cinco años.
El intenso esfuerzo, que durante largos meses ocupó el tiempo de la JDC, en nuestro caso se reduce a 60 días de campaña y a dos limitadas emisiones televisivas que ofrecen solo 15 minutos de exposición para que podamos escuchar lo que cada candidato quiera decirnos. Es ilusorio esperar auténticos debates que nos ilustren con alguna profundidad deseable, porque 120 minutos dedicados a siete presentaciones solo ofrecerán el tiempo para generalidades grandilocuentes, autobombos, exóticas promesas para resolver los problemas nacionales conocidos. Y sufridos por todos.
Ojalá estuviésemos equivocados, pero sospecho que, a falta de oportunidades para repreguntar, profundizar, confrontar, exigir concreciones claras, el ejercicio televisivo solo servirá para una suerte de cacofonía de afirmaciones oficiosas que ninguna luz añadirán.
Para aprovechar algo de la transmisión esta noche, sugeriría observar las presentaciones con sano escepticismo, como hizo la JDC, y que analicemos la existencia o ausencia de coherencia en los planteamientos esbozados, la honestidad intelectual, la experiencia, la competencia, la vocación de servicio, el liderazgo comprobado, la capacidad para construir consensos necesarios para hallar en conjunto la solución factible de los delicados problemas que enfrentaremos en los próximos años. Que no nos emborrachen con palabras bonitas, promesas evidentemente inalcanzables ni la sinfonía embrujadora del flautista de la fábula. Nuestro próximo presidente debe ser el candidato más calificado, no quien ofrezca una sinfonía embrujadora o una varita mágica, inexistentes. No es una obra de teatro, es nuestro bienestar lo que importa. Aunque alcanzar un éxito como el logrado para el cargo en el Canal sea difícil, ambas posiciones son de similar trascendencia. Así mismo debemos colocar en la Presidencia del país al mejor candidato.
EXDIPUTADA