Cien años de bregar por la lengua

  • 13/05/2026 00:00

El abogado internacionalista y lexicógrafo Ricardo J. Alfaro se interesó en establecer una institución nacional que se dedicara al estudio, actualización y fortalecimiento de la lengua española utilizada por los panameños. En 1920 inició los trámites correspondientes ante la Unión Iberoamericana, mientras se entusiasmaba a un puñado de intelectuales y estudiosos locales, quienes consolidaron la Academia Panameña de la Lengua (APL).

El 12 de mayo de 1926 se fundó esta nueva institución y en agosto de ese año se logró el establecimiento definitivo de la corporación bajo la dirección de don Samuel Lewis García de Paredes, del poeta Ricardo Miró, como secretario y otros distinguidos miembros como Jeptha B. Duncan, Belisario Porras, Octavio Méndez Pereira, Eusebio A. Morales, José Dolores Moscote, Demetrio Fábrega y Narciso Garay, entre otros.

La experiencia era oportuna e impostergable: el país tenía solamente dos décadas de su separación de Colombia y era necesario configurar el perfil de la lengua utilizada por los istmeños para comunicarse. Las condiciones sociopolíticas y culturales panameñas pasaban por un proceso de reafirmación de valores que apenas adquirían un perfil nacional. El grupo resaltó la importancia de la conservación y preservación del idioma español.

El establecimiento de la Academia Panameña de la Lengua fue parte de un proceso de siglos y que tuvo sus antecedentes con la Gramática Castellana de Antonio de Nebrija en 1492. Sobre el texto, el autor expuso: “Después de que Su Alteza haya sometido a bárbaros pueblos y naciones de diversas lenguas, con la conquista vendrá la necesidad de aceptar las leyes que el conquistador impone a los conquistados, y entre ellos nuestro idioma; con esta obra mía, serán capaces de aprenderlo...”.

Con posterioridad, se inició la etapa de creación de las academias, siendo la primera, la Real Academia Española de la Lengua en 1713, fundada por Juan Manuel Fernández Pacheco, marqués de Villena y cuya misión fue “limpiar, fijar y dar esplendor” al idioma español. A partir de allí y sobre todo con las independencias de las naciones en América Latina, se fueron consolidando las respectivas corporaciones con iguales propósitos.

Las primeras academias fueron la colombiana en 1871, luego la ecuatoriana en 1874 y la mexicana en 1875. En el caso de la APL en Panamá, su inauguración fue la número 11 y coincidió con la cubana en 1926. La constitución de estos organismos nacionales continuó hasta la inauguración de la Academia Norteamericana de la Lengua Española en Estados Unidos (ANLE) en 1973, primera fundada en un país con otra lengua diferente.

Es digno de destacar la importancia de la lengua española y el trabajo para darle relevancia en un territorio determinado. Álex Grijelmo, periodista y expresidente de la Agencia EFE consideraba que: “...no es solo una herramienta de comunicación, sino un patrimonio cultural vivo, un elemento cohesionador de sociedades y un “genio” interno que debe defenderse y cuidarse...”.

Esta visión se sustenta con la idea que plantea Elsie Alvarado de Ricord, catedrática universitaria, poetisa y primera directora mujer de la APL, de que “[E]s obvio que el lenguaje no es aislador sino conductor en ese nexo de la ficción literaria con la realidad que le sirve de asiento hasta en las más insólitas figuraciones de la fantasía”.

De allí, la relevancia de una revisión, estudio y análisis permanente de las formas de comunicación de los miembros de una sociedad con la finalidad de fortalecer y enriquecer el habla cotidiana. La vivencia de los individuos, su contacto con la realidad y su imaginación, brindan las nuevas voces, los términos y las palabras a ese cuerpo de la lengua que identifica a una comunidad nacional.

La Academia Panameña de la Lengua ha llevado adelante ese papel fundamental, que en estos tiempos adquiere un carácter crucial por los múltiples factores inquietantes hacia este idioma, instrumento de la comunicación en el país y que hoy en este centenario, le confiere a esta institución una vigencia fundamental en su bregar por la cultura que nos encierra.

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