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- 16/06/2011 02:00
La cultura de la vergüenza
Los velos de la vergüenza abundan en el Antiguo y Nuevo Testamento; igualmente, en la literatura contemporánea aparecen muchas experiencias vergonzosas.
Con la expulsión del paraíso, Adán y Eva viven la vergüenza del pecado; Caín siente vergüenza por el crimen contra su hermano Abel; Judas por su traición a Jesús, Pedro por negarlo; en su obra maestra Anna Karenina, Tolstoi describe la vergüenza del adulterio; Dostoievski en Crimen y Castigo desarrolla el sentimiento de culpa, expiación y vergüenza sentida por Raskolnikov; Joseph K, en El proceso de Franz Kafka, se esfuerza por buscar fallos cometidos en su interrogatorio. Encontramos que el oscurecimiento de los cielos ha aumentado en proporción al aumento de vergüenza en el ser humano, en su identidad, el ser solitario y privado.
La vergüenza es producto de nuestras relaciones interpersonales, la culpa es un dolor moral interno. Sentir pena, vergüenza, es incómodo y devastador, una experiencia muy angustiosa. A través de la confesión se borran las culpas, se obtiene el perdón de los pecados; en psicoterapia se da el mismo sentimiento, nos sentimos avergonzados por habernos portado mal.
La falta de valía genera vergüenza, un sentimiento de aversión hacia nosotros mismos, una visión odiosa que genera el deseo de esconderse y ocultar lo sucedido.
Cuando la persona que amamos nos rechaza, sentimos tanta vergüenza, que quisiéramos tapar el sol con la mano. Preferimos estar muertos, que nos trague la Tierra, que nadie sepa de nuestra mortificación y pena. La vergüenza moral surge cuando sentimos que somos un fraude, cuando nos descubren en faltas graves que afectan nuestra imagen ante los demás y autoimagen. El fracasar en nuestras aspiraciones y logros, competiciones, el ser víctimas del maltrato y abusos sexuales, tiende a ser una fuente de intensa vergüenza.
Cuando nuestros padres, cónyuges o maestros nos han abusado física o psicológicamente tratamos de enmascarar o amortiguar estos dolorosos sentimientos con mecanismos de defensa tales como la negación, el abuso de sustancias y otros tipos de acciones, que tapen que nos sentimos como unos perdedores o seres no deseados.
La violación y el acoso engendran vergüenza. La inestabilidad financiera también, así como puede generar violencia y sentimientos de disminución, nostalgia y tristeza. Las limitaciones en nuestro estilo de vida conllevan una profunda desesperación, así como la falta de virilidad e impotencia. Las enfermedades y las discapacidades ponen de manifiesto nuestro supuesto fracaso personal. La mutilación física, debido a accidentes y cirugías, puede llevarnos a la depresión.
El comer en exceso y la obesidad provocan vergüenza en una sociedad narcisista como esta en la que vivimos, que rinde culto a la belleza. Los trastornos alimenticios, como la anorexia y la bulimia, han aumentado en la sociedad contemporánea, donde los medios de comunicación promueven una imagen femenina delgada y esbelta, así como destacan varones bien parecidos con cuerpos perfectos y hermosos. Muchas jóvenes sueñan con ser como las modelos de pasarela, las artistas de cine o cantantes y, al no verse así, tienen sentimientos de fracaso y vergüenza de sus cuerpos.
La humillación y el bochorno, que conllevan una sensación de abandono en la infancia, rechazo o abusos sexuales ante parientes cercanos y lejanos, siembran una sombra de inferioridad que puede durar toda la vida.
El lenguaje de la vergüenza se manifiesta en posturas corporales y actitudes derrotistas, en palabras elegidas para expresar la sentencia, el dolor y la molestia, tales como ‘no sirvo para nada, soy horrible, patético(a), bruto(a), ridículo(a), me siento raro(a), soy débil, soy un/una perdedor(a), me siento estúpido(a), torpe, idiota, hay algo que anda mal en mí’.
La vergüenza y la depresión están estrechamente relacionadas con la desesperanza y el suicidio, manifestaciones graves de vergüenza.
Cuando una persona está desesperada e impotente, siente una profunda vergüenza, tiene sentimientos de culpa, necesidad de expiación y castigo, aislamiento; se llena de un sentimiento abrumador de falta de autoestima y valor, abandono, incompetencia, pérdida de prestigio, deshonra, vejez. Entonces, la idea del suicidio puede aparecer al final, producto de esa desesperación.
Para evitar estos finales o llevar una vida infeliz, debemos identificar y describir las experiencias vergonzosas, el autocastigo que conllevan las actitudes autocríticas y condenatorias. Sacar a la superficie los sentimientos de autodesprecio, hacer frente a los juicios negativos que nos llevan a la ocultación y la retirada de la sociedad, trabajar con nuestras viejas heridas ocultas, reconocer nuestros secretos cargados de vergüenza para la curación.
Es importante buscar ayuda, para quitarnos de encima el peso que nos desalienta y pasar a la acción. Esto debemos tenerlo presente, la necesidad de buscar ayuda, y decidirnos a buscarla, porque no siempre podemos enfrentar y resolver estos problemas solos; pero, habiendo especialistas para darnos ese apoyo no tenemos por qué hacerlo.
La vida, el convivir con otros seres humanos, nos puede traer desalientos, desesperanzas, decepciones; pero también, o mayormente, alegrías, el placer de hacer lo que nos gusta y planeamos para nosotros mismos. Por ello, cuando tenemos estas situaciones muy humanas, por cierto, debemos estar dispuestos a enfrentarlas con dignidad y decisión, pensando siempre en que, pese a todo, la vida, tan corta y frágil, es bella.
*PSICÓLOGA Y DOCENTE UNIVERSITARIA.