Con un consumo per cápita de hasta 400 litros diarios —el más alto de la región—, Panamá enfrenta una crisis de eficiencia donde la mitad del agua procesada...
- 06/04/2026 00:00
Hora de elegir un modelo político correcto para Panamá
Soy de los que piensa que Panamá está en una encrucijada. No es una frase retórica: es un diagnóstico. La prosperidad que hemos construido sobre nuestra posición geográfica privilegiada, sobre el Canal, sobre nuestra vocación de servicios al mundo, se encuentra hoy amenazada. No solo por enemigos externos, -particularmente uno que no se quiere ver-; sino por la erosión silenciosa de nuestras instituciones, la corrupción que se ha vuelto costumbre, un Estado que creció sin control y sin propósito, y una clase política que confunde gobernar con repartir.
Durante décadas hemos tolerado el clientelismo como si fuera cultura, el subsidio económico como política social, y la mediocridad como un destino. Hemos visto a la justicia llegar tarde o no llegar nunca, a la educación no preparar a nuestros jóvenes para el mundo real, al campo sentirse abandonado, o a la política exterior oscilar entre un nacionalismo teórico, la irrelevancia o la improvisación. Hasta se han llegado a importar ideologías y agendas foráneas que poco, o nada, tienen que ver con nuestra realidad, permitiendo con ello que la confusión de valores se instalase en el debate público como si fuera “progreso”.
Frente a ese panorama, pienso que hay un modelo político. Uno que no viene del populismo o la demagogia, sino de principios claros: libertad responsable, orden institucional, disciplina fiscal, mérito y orgullo nacional. Una alternativa que coloca a la persona en el centro de la vida política, reconociendo a la familia como núcleo fundamental de la sociedad, a la propiedad privada y al mercado competitivo como motores del progreso, y que exige un Estado austero, limitado, pero fuerte donde debe serlo: en la justicia, la seguridad y la protección de los más vulnerables.
Este modelo defiende que el ser humano tiene dignidad intrínseca y es el fin, nunca el medio, de toda acción. Cree que la libertad, sin responsabilidad, degenera en caos y termina justificando la intromisión creciente del Estado que no debe sustituir, nunca, a la persona, a la familia ni al mercado donde estos pueden actuar con eficiencia y responsabilidad. Defiende una gestión económica, donde la propiedad privada y el libre mercado, con reglas claras y justas, son los mecanismos más eficaces para generar riqueza y bienestar. Se opone a una sociedad sin Estado de Derecho, con leyes claras y justicia independiente, pues sin ello no hay convivencia posible ni inversión productiva. Promueve un verdadero progreso construido sobre los mejores elementos de la tradición, -sin arrasar los fundamentos culturales y morales que dan cohesión a la nación-; y sobre la soberanía de Panamá, defendiendo, con firmeza, su territorio, su Canal, su reputación y su modelo de desarrollo, sin complejos ni sumisiones.
Estas ideas componen un modelo político para una transformación concreta y urgente. Una transformación que exige reformar el Estado, desde adentro, eliminando ministerios redundantes, despolitizando la burocracia, profesionalizando la carrera pública y acabando con nombramientos fantasmas y feudos partidistas. Una renovación del modelo educativo que propugne una formación exigente y humanista, con docentes que ganen su puesto por mérito, con escuelas que funcionen y con jóvenes que aprendan a pensar, a argumentar y a competir. Una economía política que propone un modelo donde el sector privado lidere, donde los impuestos sean pocos y justos, donde crear una empresa no sea un calvario burocrático y donde el empleo estatal deje de ser el ideal máximo de los panameños y donde las políticas sociales superen la lógica del subsidio permanente y apueste por la capacitación, la reinserción y la dignidad productiva. Una política de seguridad que dote al país de fuerzas profesionales, sometidas al poder civil, capaces de proteger la frontera, el campo, las costas y las ciudades, y una política exterior que defienda los intereses de Panamá con firmeza, rechazando las narrativas de culpa colectiva impuestas desde afuera, y haciendo del lema nacional, - “Pro mundi beneficio” -, no un adorno heráldico, sino una misión real.
Todas estas ideas, valores y principios no son ocurrencias aisladas: representan el pensamiento liberal-conservador, surgido de una tradición intelectual y una política sólida que, subestimado en las últimas décadas por las izquierdas populistas, está “renaciendo” como alternativa responsable, pragmática y realista, en las democracias occidentales, arruinadas y agotadas por la socialdemocracia y otras corrientes en su entorno político, y por un “centrismo político’ obsesionado con “lo políticamente correcto”. Un pensamiento político en definitiva, que no ofrece atajos milagrosos, sino un camino de reformas graduales pero profundas, orientadas por convicciones claras y por amor genuino a los ciudadanos que sería perfectamente aplicable en nuestra sociedad.
Hoy, Panamá se asoma, peligrosamente, a un “precipicio” de populismos de izquierda, -que ya campan en nuestro país-, que aprovechan el descrédito de las clases políticas vigentes, el silencio conformista de un sector privado que mira hacia otro lado sin querer ver, y la pérdida de valores y referencias entre las nuevas generaciones. El terreno está abonado para los demagogos, para quienes ofrecen soluciones fáciles a problemas complejos, y para quienes medran en el resentimiento y la división. Frente a ese riesgo, real y urgente, ojalá se unan panameños de bien, patriotas de todas las generaciones y condiciones, en torno a estos principios, para constituir una propuesta para un modelo político serio que ayude a salvar a la República antes de que la caída en ese precipicio sea irreversible. Panamá lo merece y sus hijos también.