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Hace veintidós años, desde la presidencia de la Asociación Panameña de Ejecutivos de Empresa, tuve el privilegio de concebir e impulsar la creación del Centro Nacional de Competitividad (CNC).
La idea surgió después de CADE 2004, dedicada precisamente a “Competitividad y Desarrollo en Democracia”. Al concluir aquellas jornadas pensé que sería una lástima que tantas buenas propuestas quedaran en el tintero. Panamá necesitaba un mecanismo permanente de convergencia entre los sectores público, privado y laboral que ayudara a construir una verdadera estrategia nacional de competitividad. Fue así como, en mi primera junta directiva, sin estar el tema en agenda, propuse la creación del CNC; se aprobó por unanimidad, y el resto es historia.
El próximo 16 de septiembre, el CNC celebrará la XVIII edición del Foro Nacional para la Competitividad alrededor de una pregunta que no podría ser más oportuna: ¿Qué necesita Panamá para convertir sus ventajas en mayor inversión, productividad y bienestar? La pregunta llega en un momento alentador. Un reciente informe de UBS, fechado el 1 de septiembre, lleva un título inusualmente optimista: “Panama: Let the good times roll”. Sostiene que la historia macroeconómica de Panamá ha dado un giro decididamente positivo: el crecimiento se acelera, los ingresos del Canal son fuertes y preocupaciones que dominaron los últimos años comienzan a disiparse. Más aún, afirma que Panamá continúa siendo una de las historias económicas más exitosas de América Latina.
UBS estima un crecimiento superior al 5% para 2026 y señala que la actividad económica se expandió 5.5% durante el primer semestre, el mejor desempeño entre las principales economías latinoamericanas. También destaca una consolidación fiscal más rápida de lo esperado.
Estos resultados no son producto del azar. Corresponde reconocer las acciones que el presidente José Raúl Mulino y su equipo han venido impulsando para recuperar confianza, ordenar las finanzas públicas y promover activamente a Panamá en el exterior, resaltando nuestras ventajas comparativas y competitivas como destino de inversión y plataforma de servicios. Particular reconocimiento merece la gestión diligente del ministro de Economía y Finanzas, Felipe Chapman. UBS califica el ajuste fiscal realizado como uno de los más decididos y profundos de los últimos años en las Américas.
Son resultados que debemos reconocer. Pero los buenos tiempos no deben simplemente rodar. Tenemos que convertirlos en progreso.
Panamá posee ventajas que muchos países desearían: ubicación geográfica, Canal, puertos, plataforma logística, conectividad aérea, centro financiero, economía dolarizada y una larga vocación internacional de servicios. El desafío de la próxima etapa es capturar mucho más valor alrededor de ese extraordinario hub. No basta conectar al mundo. Necesitamos que esa conexión produzca más conocimiento, tecnología, empresas, inversión, empleos de calidad y oportunidades para los panameños. En pocas palabras: pasar de hub a nación desarrollada.
Para lograrlo, la productividad resulta fundamental. Y difícilmente podremos aumentarla sin enfrentar uno de nuestros mayores desafíos: la educación de calidad. Necesitamos formar para el mundo que viene -y que en realidad ya llegó-: competencias digitales, ciencia, tecnología, innovación, idiomas y formación técnica vinculada a las necesidades del mercado laboral. La educación de calidad no es solamente política social: es política económica y de competitividad.
Resulta alentador que comiencen a articularse nuevas apuestas. La Agenda Nacional de Tecnologías Avanzadas coloca la inteligencia artificial, la microelectrónica y los semiconductores entre las áreas estratégicas para avanzar hacia una economía basada en conocimiento. Asimismo, la nueva Marca País, “Panamá, Anfitrión del Mundo”, busca proyectar nuestras fortalezas en inversión, exportaciones, turismo, logística y sostenibilidad. El desafío, nuevamente, será convertir estrategia en ejecución y posicionamiento en resultados.
Pero competitividad significa también confianza. Entre sus conclusiones principales, UBS destaca expresamente que la gobernabilidad permanece sólida y que las situaciones de tensión social parecen limitadas. No es una observación menor en un informe dirigido a inversionistas. La gobernabilidad democrática, la paz social, la seguridad jurídica y el respeto al Estado de Derecho son también activos competitivos. Debemos preservarlos.
Las grandes decisiones nacionales deben conducirse dentro de nuestra institucionalidad democrática y con respeto a las reglas del juego. Ello resulta especialmente importante ante asuntos de tanta trascendencia como las reformas constitucionales, que deben tramitarse dentro de los mecanismos establecidos por la Constitución vigente. Fortalecer nuestras instituciones no puede comenzar por debilitar las reglas que las sostienen. También exige una lucha frontal contra la corrupción, venga de donde venga, con transparencia, rendición de cuentas, independencia y eficiencia de la justicia y, sobre todo, certeza del castigo. La corrupción y la impunidad destruyen confianza, distorsionan la competencia y desalientan la inversión.
No es casual, entonces, que el XVIII Foro aborde la experiencia de Singapur para pasar de hub a nación desarrollada; productividad del Estado y educación; brechas laborales; logística; el camino hacia la OCDE; seguridad jurídica y reputación país. Son piezas de un mismo rompecabezas: cómo convertir las ventajas de Panamá en desarrollo y bienestar.
Hace veintidós años hablamos de “Competitividad y Desarrollo en Democracia”. Hoy esos conceptos mantienen plena vigencia.
Panamá vuelve a tener viento a favor. Aprovecharlo dependerá de nosotros: de nuestra capacidad para construir consensos, fijar prioridades y, especialmente, ejecutar. La competitividad no consiste solamente en construir nuevas ventajas. Consiste también en cuidar las que ya tenemos. Porque un país no es verdaderamente competitivo por lo que tiene, sino por lo que es capaz de hacer con lo que tiene.