De molinos y antifilosofía

El periodista mexicano Mauricio Schwarz no necesita presentación ni publicidad, tal como da testimonio la casi omnisciente web. No obstante, para quienes no le conozcan —y para los fines de esta columna— conviene destacar su célebre y ameno canal de YouTube El Rey va Desnudo. Allí abundan piezas de divulgación científica que deberían recomendarse a todo estudiante.

Ocasionalmente, sin embargo, cuando aborda la filosofía, lo hace con un tono distinto, mordaz, orientado a la descalificación generalizada de docentes, estudiantes o interesados en la disciplina. No obstante, su actitud respecto a la filosofía, aparte de ser idiosincrática, se inscribe en una tradición bien conocida.

En la historia del pensamiento, burlarse de la filosofía no es ni nuevo ni extraño. Desde la célebre anécdota de Tales de Mileto —ridiculizado por una sirvienta tracia por caer en un pozo mientras observaba las estrellas, pasando por la sátira de Luciano de Samósata, hasta llegar a la parodia contemporánea en filmes como La loca historia del mundo, la figura del filósofo como personaje inútil o ridículo ha sido un recurso recurrente. A ello se suma la acusación —antigua y persistente— de que la filosofía incurre en “discusiones bizantinas”, incapaces de resolver problemas concretos.

En su formulación contemporánea, esta crítica adopta una forma más pragmática: ¿debe el Estado financiar cátedras de filosofía en universidades públicas, en lugar de redirigir esos recursos hacia disciplinas científicas y tecnológicas que producen resultados tangibles? Abordaré ambos aspectos: por un lado, la supuesta irrelevancia de la filosofía; por otro, la cuestión de su financiación pública.

Con todo, conviene precisar que existe un punto en el que cabe coincidir parcialmente con el distinguido periodista: la filosofía no resuelve problemas concretos en el mismo sentido en que lo hacen la ciencia o la tecnología. Ahora bien, esta constatación es trivial si no se distingue entre tipos de problemas. La filosofía no se ocupa objetos tangibles ni de magnitudes medibles, sino de cuestiones conceptuales, normativas y existenciales. Que tales cuestiones sean irrelevantes, o que puedan ser resueltas de manera definitiva, es algo que suele estar en perenne debate. Y esto, comprensiblemente, suele disgustar a quienes tienen una orientación más práctica en la vida.

En cuanto a la financiación pública de la filosofía, no hay aquí una necesidad intrínseca, sino una decisión política. Las democracias contemporáneas, mediante sus mecanismos legislativos, han optado por sostener instituciones donde la filosofía tiene cabida. Si se considera que ello es un error, la vía adecuada no es la descalificación retórica, sino la deliberación institucional. La existencia misma de estas cátedras responde a un juicio colectivo sobre el valor de la disciplina, no a un accidente histórico sin explicación.

En lo personal, considero que el valor de la filosofía radica hoy, en buena medida —aunque no exclusivamente—, en el reconocimiento que la sociedad quiera otorgarle. Frente a la ciencia y la técnica, puede afirmarse que su valor es, entre otras cosas, estético y existencial. Estético, en cuanto constituye ‘una forma de literatura fantástica’, así como un ilustre ‘catálogo de perplejidades humanas’ (Borges); el valor de la filosofía es también existencial, en tanto ofrece marcos de interpretación y orientación para lidiar con problemas propios de la condición humana: el sentido de la vida, la muerte, el sufrimiento, o el amor. Estos problemas no desaparecen por el avance tecnológico, ni parecen susceptibles de resolución empírica.

Incluso desde una perspectiva liberal mínima, la filosofía se justifica como una expresión de la libertad de pensamiento. Su derecho a existir no es inferior al de otras prácticas culturales —artes, deportes, o la industria del entrenimiento— cuya utilidad tampoco se mide exclusivamente en términos instrumentales. Exigir a la filosofía que produzca resultados del mismo tipo que la ingeniería equivale a un error categorial.

Por otra parte, resulta fútil intentar desacreditar a la filosofía como un todo. Se trata de una tradición de más de dos milenios, con una producción textual inmensa y una presencia institucional global. Si fuera completamente irrelevante, cabría esperar su desaparición progresiva. Sin embargo, ocurre lo contrario: universidades de alto prestigio —como Universidad de Oxford o Universidad de Harvard— no sólo mantienen departamentos de filosofía, sino que promueven activamente su divulgación. Atribuir este fenómeno a una suerte de fraude colectivo requeriría una hipótesis más difícil de sostener de la que suelen ofrecer sus críticos.

En el fondo, la posición del periodista parece descansar en un supuesto no examinado: que sólo es valioso aquello que produce resultados empíricamente verificables o tecnológicamente aplicables. Pero este supuesto no es científico, sino filosófico. La descalificación global de la filosofía, por tanto, se apoya en una tesis que pertenece precisamente al ámbito que pretende invalidar.

Los ataques del Sr. Schwarz contra la filosofía podrían ser vistos como las embestidas de Don Quijote contra los molinos de viento. Con una salvedad decisiva: aquí los molinos no representan desvaríos o alucinaciones, sino una tradición intelectual que ha sobrevivido a críticas más sofisticadas y persistentes. Sus estructuras —hechas de preguntas más que de respuestas— no se derriban mediante la sorna. Quizá resulte más fructífero, para críticos y defensores por igual, detenerse a examinar por qué, a pesar de todo, siguen en pie.

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