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- 28/05/2026 00:00
Decodificando valores: nuestra inteligente responsabilidad
Hasta hoy, la inteligencia artificial (IA) permite al ciudadano promedio recibir respuestas rápidas, conversar, crear imágenes y música a partir de un simple texto. Este es solo el comienzo. ¿Cuál es su verdadera promesa y cómo afectará, no tanto a los individuos, sino a los gobiernos que aspiran a una supremacía tecnológica? El nuevo documental sobre IA del cineasta canadiense Daniel Roher plantea una pregunta aún más alarmante: ¿podría la IA colapsar a la humanidad?
Los gritos de “fin del mundo” no son nuevos y persisten gracias a una curiosa atracción humana. Solo en las últimas décadas hemos “sobrevivido” varias de estas catástrofes: el Y2K, los atentados del 11 de septiembre, la crisis financiera de 2008 y la pandemia de COVID-19. No solo la humanidad no terminó, sino que estas crisis sirvieron de oportunidad para el avance tecnológico. Antes del 2020, desarrollar una vacuna tomaba entre 10 y 15 años; el COVID lo redujo a 11 meses.
El documental usa al “apocalipsis” más como gancho narrativo que como una posibilidad real. Las entrevistas con figuras clave como Sam Altman, CEO de OpenAI, y los hermanos Amodei, fundadores de Anthropic, son más prudentes, menos apocalípticas. También participan voces como el escritor Yuval Noah Harari y el especialista en ética tecnológica Tristan Harris. Todos coinciden en que la IA es una tecnología disruptiva, imposible de ignorar o frenar, pero que debe ser regulada para minimizar sus efectos negativos.
La inteligencia artificial abarca implicaciones éticas y regulatorias, además de un enorme potencial positivo como la creación de nuevas proteínas (en Isomorphic Labs, reconociéndoles el premio Nobel en 2024), la automatización de la programación, el análisis médico y el aumento general de la eficiencia. Por otro lado, se destacan sus riesgos: el desempleo, la discriminación algorítmica, ciberterrorismo, ciberacoso y la concentración del poder tecnológico en manos de unos pocos tecnócratas.
Toda tecnología ha sido usada tanto para fines positivos como negativos: la dinamita se inventó para facilitar la excavación, usándose como bomba; la energía nuclear nació para crear electricidad, convirtiéndose también en bomba. ¿Puede la IA convertirse en una “bomba”? Definitivamente. El automóvil, el cuchillo o el avión son armas, la diferencia está en la escala de valores de quienes los manejan.
En mi opinión, el mayor riesgo es la politización de la IA. A lo largo de la historia, la tecnología ha sido una herramienta de dominio, tanto sobre poblaciones propias como extranjeras. La IA amenaza con reducir la confianza entre desconocidos, uno de los pilares de las democracias modernas. La IA ya se usa en campañas de desinformación, discriminación, delitos financieros, y una lista que crecerá a medida que la tecnología se haga más accesible. Rusia y China ya utilizan IA para reforzar la vigilancia sobre sus poblaciones. Durante las elecciones parlamentarias de 2023 en Eslovaquia, un audio falso del candidato centrista Michal Šimečka hablando sobre fraude electoral contribuyó a la victoria de su oponente prorruso menos popular.
¿Cómo minimizar el impacto negativo de la IA? Como con cualquier recurso estratégico: exigiendo a los líderes regulación adecuada, responsabilidad legal (accountability) y mecanismos de disuasión. Así como protegemos los bancos con leyes y seguridad, o los sistemas informáticos con software de ciberseguridad, es deber de los Estados exigir a las empresas tecnológicas medidas que eviten su uso indebido. Por ejemplo, la no regulada tecnología blockchain, la responsable por las criptomonedas, financia actividades ilícitas.
Si como asteroide la IA acabará con la humanidad, poco podemos hacer. Si no lo hace, la pregunta es: ¿cómo aseguramos que sus beneficios no se concentren en una pequeña élite, posiblemente autoritaria? El mundo ya está dividido social y económicamente entre quienes dominan ciertas tecnologías, el espacio o la producción de comida. También la inequidad de recursos nos divide: algunos dominan el petróleo o minerales raros, otros las armas nucleares, otros la energía hidroeléctrica o solar, otros la producción cultural o el turismo. El mundo está hoy más polarizado que nunca, y la IA puede tanto reducir como amplificar esa desigualdad, comenzando con la concentración de esta tecnología en pocas naciones. China mira hacia Taiwán por su dominio en semiconductores; Estados Unidos y otros países ricos compiten por el liderazgo tecnológico global; Irán es foco de preocupación por su papel en el equilibrio petrolero. Ha comenzado una nueva “guerra cálida” tecnológica, donde la IA puede servir para diseñar mejores estrategias militares, optimizar ejércitos e influir negativamente en elecciones democráticas y en los mercado de valores.
Regulada correctamente y con sabiduría, esta tecnología puede generar más beneficios que daños. La IA no acabará con la humanidad; pero los regímenes o actores que la controlen sí podrán generar caos. Esta “caja de Pandora” servirá tanto para bien como para mal con la mayoría de nosotros viviendo en esa zona intermedia. Pese a sus riesgos, la energía nuclear ha sido regulada por medios diplomáticos como militares proporcionado electricidad limpia durante 80 años. La clave para evitar sus peores efectos está en nuestros valores: en exigir a nuestros líderes que comprendan sus riesgos, su potencial de daño y actúen ahora para establecer controles adecuados.