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- 18/07/2020 00:00
¿Democracia o partidocracia?
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Agrega La Estrella en Google ↗️Los orígenes del pensamiento político panameño y su desenvolvimiento a lo largo de nuestra historia republicana nos llevan, inevitablemente, a ese otro e importante patrimonio espiritual y cultural que constituye nuestra nacionalidad: nuestra propia idea de Democracia.
El encadenamiento de ese pensamiento político, su desenvolvimiento histórico y nuestra noción de Estado y Democracia se perciben hoy intelectualmente como nuestra “cultura política” colectiva.
Estas actitudes democráticas y republicanas comienzan desde nuestros albores independistas en 1821, en ese entonces, como ideal bolivariano de trágica grandeza, con las nociones decimonónicas de autonomía istmeña (ver “El Estado Federal de Panamá”) del Dr. Justo Arosemena; después con las ideas sociales aportadas por nuestro liberalismo del Siglo XX analizadas por pensadores como Guillermo Andreve, Roque Javier Laurenza y Hernán Porras; hasta el presente con nuestra partidocracia de turno, expresión actual de nuestra democracia populista del Siglo XXI de marcada decadencia ética y moral.
El historiador, al abarcarlas en su conjunto, verá en todos estos doscientos años poscoloniales, la ausencia de una tradición democrática, no solo en nuestra fisonomía social (somos uno de los países más desiguales del mundo), sino en las diversas manifestaciones de nuestra gobernanza política, cual remedo inexperto de este antiguo y clásico concepto organizativo democrático occidental.
Esa primera iniciativa bolivariana, no bien creada al declararnos independientes de España, con su programa de gran solemnidad libertaria, fue en verdad una independencia pagada con oro y sin derramamiento de sangre; más un proyecto elitista oligárquico que una decisión comunitaria cónsona con la voluntad nacional de nuestra alma colectiva. Igual sucedió con nuestra segunda independencia en 1903 con el soborno de tropas colombianas y también sin derramamiento de sangre, tras 82 años unidos a Colombia, tal espiral creciente y convergente, creadora de nuevos elementos y horizontes, pero sin una verdadera participación popular en el desarrollo de nuestra cultura política.
Pero la evidente desproporción entre los agravios y pasiones que causaron ambas iniciativas independistas y el marco organizativo y teórico del Gobierno que se adoptó como solución democrática liberal, es mucho más grave y perenne que lo que supone esa voluntad popular reprimida descrita arriba.
Así, como consecuencia de probar el fruto prohibido de nuestra independencia, estos dos primeros actos de libre albedrio nos dotaron de concupiscencia, pero no de la suficiente responsabilidad individual o la autonomía de empoderamiento necesaria que suele otorgar ese pasaje a la adultez ciudadana.
Aquí encallamos sobre lo que podría considerarse nuestro “pecado original nacional”, porque, tras independizarnos bajo una tutela oligárquica, nacimos como nación, no solo con esa “invertebración” colectiva tan criticada por Ortega y Gasset (ver “España invertebrada”), sino, además, con una incapacidad institucional innata, tanto en dirigentes como en dirigidos, que ha dado a nuestra democracia una mediocridad normativa inaceptable.
Lo que importa en el origen de revoluciones morales, como lo deben ser las de independencias nacionales, es su extensión humanitaria consolidadas en buenos hábitos para futuras generaciones. Ese pecado original panameño desafortunadamente consolidó nuestra partidocracia, donde las oligarquías partidistas asumen todo el poder político, económico y social, sin fortalecer las responsabilidades democráticas de sus ciudadanos.