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- 25/08/2026 00:00
Dialéctica de las instituciones y el cinismo de los grupos de poder
La existencia y conducta de las instituciones, sean nacionales o internacionales, no sigue siempre los propósitos que venden sus creadores, en muchos casos estas se plantean como universales, cuando no lo son. ¿A qué obedece este hecho? En principio, a lo que mueve a las sociedades: la dialéctica de los intereses de grupos, fundamentalmente de clases sociales o sectores dentro de estas, que ponen a su servicio dichas instituciones con narrativas de beneficios universales. Es decir, cuentan con un supuesto carácter universal que en realidad no poseen. Lo que termina haciendo de esta narrativa un olímpico cinismo.
El 13 de julio pasado, el secretario de Estado Marco Rubio prometió desmantelar el Tribunal Penal Internacional “ladrillo a ladrillo”. Dos semanas después, luego de instrucciones dadas por el asesor de Washington para asuntos de África, El Chad notificó su retirada de este organismo.
Hasta hace poco, el Tribunal Penal Internacional funcionó como un instrumento a la medida de los grupos de poder “occidentales”: condenó exclusivamente a altos dirigentes africanos o figuras de países del sur global ya derrotados.
Solamente comandantes y ex altos jefes de Estado de países africanos fueron procesados y condenados, a saber, de Uganda, República Democrática del Congo, Libia, República Centro africana, Costa de Marfil, Kenia, Mali, Burundi, entre algunos más. Ni uno solo de los genocidas y criminales de países occidentales o asiáticos occidentalizados, ni de nuestra América Latina ... ni pensar en los de EUA o Israel.
Esta selectividad aplicada en los casos tratados generó la entendible desconfianza de los gobiernos de los países africanos respecto de esta institución, supuestamente creada para la administración de justicia internacional y con carácter universal (para todo el mundo sin discriminación). Dicha desconfianza se tradujo en que Burundi se retiró del Tribunal en 2017, Sudáfrica y Gambia habían optado inicialmente por hacer lo mismo antes de retractarse. En 2025 Mali, Burkina Faso y Níger anunciaron su retirada, denunciando al Tribunal como un “instrumento neocolonial”; en junio de este año se retiraron formalmente ante la ONU.
Fíjense que esta estampida no fue instigada por los poderes de EUA u otra potencia “occidental”.; no había razón para ello. No obstante, la tendencia seguirá más recientemente, aunque obedeciendo a una condición histórica-sociológica distinta: los intereses de los “grandes” ahora son tocados.
En efecto, los miembros del Tribunal se interesaron por los crímenes de guerra cometidos por estadounidenses en Afganistán y posteriormente aceptaron el caso presentado por los palestinos contra el ejército del Estado de Israel. Consecuentemente, se conoció públicamente que la apertura de estos casos enfureció a John Bolton, (asesor de Seguridad Nacional durante el primer mandato del presidente Trump) quien amenazó con sancionar al personal del Tribunal si persistían en esa línea de actuación.
Hoy, este cambio de conducta colono imperial frente al Tribunal, encuentra continuidad en el secretario de estado del gobierno estadounidense, revelando que se trata de enfrentar a una institución que otrora le era herramienta útil al interés de los grupos que dominan con estilos autoritarios y con terrorismo de estado y que ya no le resulta útil. La narrativa ahora se convierte en justificaciones de su inutilidad (exclusivamente para ellos) que se convierten en desplantes de cinismo puro y duro.
Otro caso donde encontramos estos desmanes de cinismo los encontramos en el grupo económico-político que lidera el Estado panameño, donde a pesar de que ya es inocultable el desplazamiento a voluntad de tropas gringas en antiguas bases militares canaleras y en el Darién, las autoridades insisten en vender la idea de la defensa “conjunta” del Canal de Panamá, creando un organismo bélico, a pesar de que constitucionalmente proscribimos la institucionalidad militar. Es evidente que dada la asimetría de los institutos armados involucrados, el de nuestro país (Senafront, SENAN, etc.) queda siendo un perfecto grupo de ataque-defensa cipayo y harto domesticado por el coloso militar norteño.
Es decir, crear un equipo bélico para “defensa” de un territorio y actividad declarada como neutral (por tratados firmados y reconocidos por la comunidad internacional) como es nuestro Canal interoceánico y su área de operaciones, que obligan a la neutralidad de todo el país, no es otra cosa que una narrativa, más que irónica, cínica.
A final de los años 1970, los poderes estadunidenses vieron útil la figura de la neutralidad, por eso lo aprobaron en un tratado internacional con Panamá. Hoy, esa figura ellos dicen respetarla, pero actúan irrespetándola porque ya la institucionalidad de la neutralidad no obedece a sus intereses de control expansionista de su “patio trasero”. Aquí, este expansionismo pasa por encima de las soberanías de Estados como el nuestro, donde ha encontrado gobernantes complacientes con dicho expansionismo. Por cierto, la diferencia del gobierno actual con la demás post invasión de 1989 es que estos de hoy son descaradamente indulgentes mientras que los que se han turnado las riendas estatales en las últimas tres décadas han sido hipócritamente complacientes.