• 18/03/2010 01:00

Entre respeto e intimidación

El clamor de cientos de miles de italianos que este fin de semana gritaron en Roma “Si a las reglas, no a los trucos”, bien podría ser u...

El clamor de cientos de miles de italianos que este fin de semana gritaron en Roma “Si a las reglas, no a los trucos”, bien podría ser una consigna de los panameños. Desde que el presidente Ricardo Martinelli asaltó el poder político, el país ha estado sometido irresponsablemente a un alto nivel de conflicto. Cual maestro de la falsificación y la chapucería política, Martinelli comercia con el voto que le dio la ciudadanía, como si se tratara de una mercancía. Quiere convertir al Estado en una empresa personal que opere dentro de su concepción patrimonialista, borrando la línea entre el dominio público y el privado.

Todo lo que proviene de Martinelli es dudoso. En los últimos tiempos ha retomado la práctica de aparecerse en la calle tratando de imitar el lenguaje popular para que el ciudadano común crea que es uno de ellos. Nadie puede vender lo que no tiene. La vida y las acciones humanas están hechas de detalles, matices y gestos. Martinelli ha gobernado a empellones. No ha consultado con nadie. Trata de convertir en marionetas a la población, para que se doblegue ante sus intereses y caprichos.

La última demostración de ilusionismo presidencial es el llamado a una consulta ciudadana encarrilada hacia un referendo. Con ese fin ha renovado el marketing político de la campaña electoral como un paraguas con el cual cubrir y preservar su proyecto político totalitario. Se quiere presentar como si tuviera alas de paloma, cuando lo que hay detrás son las garras de un halcón, que busca eliminar la competencia política, establecer con Cambio Democrático un partido único para garantizar —ya anticipó la continuidad en el próximo gobierno— sus zarpazos en el nuevo escenario del Canal ampliado y la multiplicación de la riqueza nacional.

De la mano del bombardeo propagandístico, se ha puesto en marcha el reparto discrecional y degradante de recursos del Estado, para mantener a sectores de la población sumidos en su miseria y manipular, en una feria de prebendas y demagogia, las intensiones del voto en un posible referendo.

Se puede ser un impostor y disfrazar la realidad a extremos de convertirla en una fábula. Pero otra cosa es tener las cualidades para atacar en sus entrañas los graves problemas nacionales. Por más que repitan lo con trario sus propagandistas, Martinelli carece de esa capacidad. Le resulta imposible sacar a la sociedad de su enfermedad de valores, porque él mismo es un adicto al dinero y al poder, con lo cual acentúa las actuales anomalías políticas y sociales.

Hay dos maneras de usar el poder. Puede emplearse de forma perversa para someter a otros o utilizarlo para racionalizar la participación política junto con instancias de fiscalización y control. El país asiste a una experiencia de abuso del poder presidencial, que daña las instituciones, deslegitima al gobierno y genera incertidumbre y desilusión en la ciudadanía. Desde que asumió Martinelli el país tiene menos institucionalidad, menos transparencia, menos democracia. Su poder se sustenta en la fuerza y en la amenaza. Desconoce la diferencia entre ejercer la autoridad que se funda en el respeto y no en la intimidación.

Martinelli ha demostrado un uso exclusivo del poder como coacción para gobernar. Intenta torcer las normas del comportamiento civilizado y la vida en democracia. La autoridad, en cambio, se basa en la capacidad de encauzar el comportamiento de otros, sin necesidad de recurrir a la fuerza. Se funda en el consenso y la legitimidad.

*Periodista.d_olaciregui@hotmail.com

Lo Nuevo