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- 20/06/2009 02:00
Educar es comunicar en la verdad
En primer lugar, hemos de comenzar señalando que el acto educativo es un acto de participación conjunta en el conocimiento y porque dos o más personas conocen es posible establecer una comunicación. Si no hubiera nada que conocer, o si, incluso, todo fuera conocido, nada habría que comunicar, el acto educativo sería imposible y todo hombre permanecería encerrado en sí mismo, vacío de contenido.
El hombre contemporáneo poco comunica, tiende a circunscribirse a un monólogo absurdo, porque una vez que ha decidido establecer solo relaciones superficiales con sus semejantes, ignorar valores morales, dar la espalda a la cultura y aislarse del mundo espiritual, irremediablemente vive disipándose en la superficie de su humanidad exterior, donde habitan las habladurías, la pereza, la estrechez de miras, la vanidad y la banalidad, o abismándose en el fondo turbio del subsuelo de su humanidad inferior, poblado de bajas pasiones, vicios, y placeres efímeros y degradantes, en uno u otro caso se ha desarraigado de las acciones y conocimientos que conducen a las abstracciones luminosas en que el espíritu fecunda el alma, impregnándola de impulsos creativos que resultan en el engrandecimiento del propio ser, así como de toda la humanidad.
Así, pues, volviendo al principio, ¿cuál debe ser el objeto de toda comunicación? No hay más que una respuesta: la transmisión de la verdad, que es nuestra, de cada uno de nosotros, constituyendo lo más íntimo de nuestro interior, que al esparcirse por el mundo acrecienta la resplandecencia interior de toda criatura humana. En el error no existe comunicación real: el error separa, la verdad une; el error mata el pensamiento esclarecedor, la verdad lo alienta y vivifica; el error es obturador de la conciencia, la verdad es su apertura. El error aniquila en el hombre la bondad, porque destruye los tesoros en su fuero interno y porque niega el significado de la libertad: no tiene sentido la libertad del, ni en el, error, solo tiene sentido la libertad de, y en, la verdad.
Actualmente, demasiados hombres carecen de verdad y, por consiguiente, no logran ser personas íntegras; por esto la escuela requiere educadores, maestros conscientes de la alta misión a la cual están destinados: sembrar semillas de honradez y sinceridad en los corazones de los niños, de manera que germinen en la tierra fértil de sus almas, para que den como frutos los ideales del altruismo, la generosidad, la superación personal y la búsqueda del Ser Supremo. Solo cuando son expresión auténtica de la verdad, las palabras logran penetrar los espíritus, lograr vibrar en la íntima profundidad del corazón humano; solo entonces las palabras manifiestan toda su potencia creadora, porque, al ser recuperada la verdad, se vitaliza la espiritualidad.
Por desgracia, hoy hay poca “educación” , no en el sentido usual de la palabra, sino en el más profundo. La mayoría de los hombres no forma una “comunión” , porque carece de comunicación real, es decir, porque no procuran experiencias vivenciales de la verdad. Cada uno es un aislado, un dogmático, un “lúcido” , raciocinante sin razonamientos ni discursos auténticos. Por esto, actualmente el problema de la educación debe plantearse en su sentido más alto: como encuentro universal de la humanidad en la verdad liberadora.
-El autor es pedagogo, escritor y diplomático.socratessiete@gmail.com